Opinión

Nunca a la primera

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 02 de mayo de 2014
Entre las satisfacciones más hondas para el cronista provenientes de su intenso y ya, hélas, prolongado cultivo periodístico estaba la de haber contribuido a difundir una característica o nota para él muy grabada en los mores y costumbres de sus compatriotas. “En España, siempre falta alguien”, así más o menos se intitulaba un artículo de vieja data, en el que comentaba un hecho habitual en los comportamientos sociales de los españoles. En los homenajes colectivos, en las conmemoraciones institucionales, en los recuerdos o evocaciones de hechos de autoría compartida, indeficientemente se constatan ausencias u olvidos muy significativos, no atribuibles siempre al simple error, sino a la desmaña y carencia de una pietas inexcusable y obligada en cualquier acontecimiento de dicha índole.

Y, cuando al cabo de los años, pretendía, en la misma línea, encetar otro artículo acerca del esfuerzo sobrehumano requerido en nuestro país para llevar a cabo la empresa más modesta, una fruitiva charla con un joven y dotado abogado, hijo de uno de sus grandes amigos en la Córdoba que volvió a ser esplendorosa en los días abrillantados de la Transición, recayó sobre el mismo extremo, estimulando su propósito de darlo sin demasiada tardanza a la luz. Pues, sin duda, toda la razón asistía a su fogoso interlocutor en acometer sin demora una verdadera cruzada cívica por intentar subsanar esta grave manquedad de la convivencia nacional. La desazón anímica, el encalabrinamiento del humor, la pérdida irreparable de tiempo son algunas de las secuelas inevitables de esta tara de la vida española, que ralentiza su progreso en todos los órdenes, al fomentar las facetas de un pintoresquismo o singularidad españoles, acaso atractivos en los días del romanticismo ochocentista, pero hoy por entero perjudiciales para la imagen externa de nuestro país, principio insoslayable para la valoración positiva de su “marca”, tan ansiosa y obsesivamente buscada desde las supremas instancias gubernamentales.

En la dimensión del hombre de la calle no hay frustración que pueda equipararse con la impotencia frente al “Vuelva Vd. mañana” larriano, ante la excusa trivial o prepotente de la labor infructuosa y reiteradamente mal diseñada, hilvanada o pespunteada a la espera de un remate en fecha siempre desconocida, sin asunción de responsabilidad individual o colectiva. Pocas instituciones del sur de Europa superarán a las españolas en el escamoteamiento o la grisalla a la hora de fijar plazos y fechas rígidos, no aproximativos y de márgenes azarosos y lábiles, nocivos per se para el bosquejo de empresas y obras necesitadas de un mínimo de sistemática y programación racional. Se provoca con ello un desánimo cívico generalizado y la “complicidad”, por abstención, del público con la desmaña de los cuadros dirigentes de organismos no sólo oficiales, sino también –y no insólitamente- privados, en los que se da por descontado dicha “complicidad” ciudadana, de raíz, según algunos esculcadores del alma nacional, islámica, en la que, bien sabido es, el fatalismo aparece como un componente mayor…

Desde luego, no semejará la alusión a la herencia de nuestro largo pasado musulmán el mejor espolique para acicatear en las jóvenes generaciones españolas, embarcadas en “la mundialización” y, particularmente, en la aventura europea, la exigencia de una competencia laboral que las imbuya del sentido del deber y del afán del cumplimiento exacto de reglas y actividades. Para alcanzar tal nivel de profesionalidad y talante moral acaso sea más pertinente recordarles que la nota configuradora de su personalidad histórica pasa hoy por una solidaridad que ha de comenzar, inexorablemente, por intentar recuperar el tiempo perdido y, sobre todo, por no acrecentar el gaspillage de un ayer tantas veces infecundo por no “atinar” a la primera con la realización de trabajos y el cumplimiento de objetivos, sin posibilidad de otras opciones y oportunidades, escasamente brindadas por la historia y siempre con un alto coste de energías e ilusiones.

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