Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 05 de mayo de 2014
El PSOE está de los nervios y ya se sabe que los nervios son siempre malos consejeros. Se explica así, seguramente, el desastroso enfoque que están dando a la campaña de las elecciones europeas que obliga a preguntarse si es que andan tan mal de fondos que no han podido contratar a algún experto en sociología electoral que les diga cómo hay que hacer las cosas y, sobre todo, cómo no es aconsejable de ningún modo hacerlas. Por su tono radical y descalificador y por su fondo apocalíptico y catastrofista da toda la impresión de que se proponen llevar votos al molino de IU o de esas otras opciones situadas aún más a la izquierda. El PSOE se convirtió en un partido de gobierno, en una alternativa posible, cuando fue capaz de arrojar maximalismos por la borda y logró que le apoyaran una parte del voto urbano, de las amplias clases medias y de los sectores profesionales, esto es, cuando se movió hacia el centro y se ganó la etiqueta de centro-izquierda. Esos mismos sectores que, después del gran engaño zapateril, le volvieron la espalda en 2011.
Obsesionados y desfondados ante la perspectiva de un nuevo triunfo del PP en las elecciones para el Parlamento Europeo -según señalan casi todas las encuestas cuando ya quedan menos de veinte días- no se les ocurre otra estrategia que la de negar el pan y la sal al Gobierno y su partido sin reconocerle ningún mérito, aunque, ya de paso, desmañadamente, socavan la imagen de España. Parece que les gustaría que España siguiera en el hoyo de la recesión, que hubiera tenido que ser rescatada y que las noticias de que nuestra economía empieza a respirar normalmente les produjeran no ya una vulgar urticaria sino auténticos cólicos multiorgánicos. Les da igual –quizás porque, simplemente, les molesta porque lo suyo es el “cuanto peor, mejor”- que baje la prima de riesgo, que regresen las inversiones extranjeras, que el consumo presente síntomas de recuperación, que la Bolsa suba, que las agencias de rating mejoren la calificación de España, que el FMI y la Comisión Europea, como otras instancias internacionales, valoren positivamente la política que lleva a cabo el Gobierno Rajoy. Como los malos periodistas, su emperrada actitud no es otra que aquella expresada en la repugnante máxima: “Que la realidad no me estropee mi escandaloso titular”.
Otra explicación de esos patentes nervios socialistas puede derivarse del hecho de que, después de haber criticado acerbamente al PP porque no nombraba cabeza de lista (¿Recuerdan aquella tontería de “nadie quiere dar la cara por Rajoy”?) se han encontrado con que el candidato del PP, Miguel Arias Cañete, es una especie de gigante al que la señora Valenciano tiene que mirar desde, pero que desde muy abajo, con lo incómodo que es eso. El palmarés europeo de Arias es bien conocido, cuando estuvo allí y cuando ha estado aquí, como ministro; del de la señora Valenciano, que también anduvo por allí en algún momento, nadie sabe nada. Y todo eso les pone, evidentemente, muy nerviosos.
Pero, bien pensado, nada de esto es nuevo. Es imposible olvidar cómo en vísperas de las elecciones de 2008 negaban la inminencia de la crisis cuando lo anunciaba, por ejemplo, la OCDE, como tuve ocasión de presenciar personalmente en un seminario celebrado en París a mediados de febrero de aquel año, poco antes de las elecciones. Aquellos economistas anunciaban una crisis grave y profunda y España era uno de los países que, por su situación económica, se iba a ver más afectado. Zapatero se había gastado lo que tenía y lo que no tenía, como esos mozos que dilapidan la herencia de papá en un abrir y cerrar de ojos. Había que “ampliar derechos” y, de paso, echar por tierra todo lo positivo que se había hecho desde la Transición. Ya había dicho una ministra de aquella época que el dinero público no es de nadie, así que a disparar con la pólvora del rey que era la de todos los españoles. Y mentían como bellacos diciendo que eso de la crisis nada tenía que ver con nosotros. Y sabían que mentían a los incautos españoles.
Aquella actitud, mezcla de una pavorosa incompetencia y de un sectarismo carente de la más elemental ética política, es la que lleva ahora a la candidata del PSOE a decir que lo único que se ha recuperado aquí es la desigualdad y otras lindezas por el estilo. Y llevando el engaño al más vergonzoso extremo, la señora Valenciano afirma no sé qué del catecismo, cuando todos los españoles saben que el único catecismo que se nos quiso imponer durante la etapa de Zapatero fue el del más radical y anticuado laicismo. Algo que demuestra lo viejas que se les han puesto la neuronas que les queden a estos socialistas. Se empeñan en abandonar el centro, lo que es malo para la izquierda española y sus votantes, pero para el PP, no deja de ser una buena noticia, porque se quedan solos en el amplio centro.
La tragedia del socialismo español es un eco retardado de la del europeo que, sin embargo, intenta librarse de la incoherencia en que se ha debatido durante mucho tiempo. Los socialdemócratas alemanes (por cierto, ¿hay socialdemócratas en España o no hay más que rancios socialistas frentepopulistas?) están en coalición con la odiada y vituperada (por la izquierda) canciller Merkel que, en su programa común de gobierno les ha hecho algunas concesiones, como la introducción del salario mínimo, pero que se basa, como no podía ser de otra manera, en la idea de la estabilidad presupuestaria, que algunos tratan de desprestigiar colocando encima la ominosa etiqueta de la “austeridad”. Los socialistas franceses intentan entrar en razón con el Plan Valls, que se organiza en torno a los mismos parámetros. Los socialistas españoles se sitúan en la línea de esa cuarentena de diputados socialistas franceses que han votado en contra de las propuestas de su primer ministro. Van bien orientados.
Tanto si la futura Comisión Europea, que se formará en el otoño, la preside Jean Claude Juncker, candidato del Partido Popular Europeo, como parece más probable, como si la preside Martin Schulz, el candidato de los Socialistas Europeos, no va a haber grandes diferencias con la política aplicada hasta ahora, salvo, claro está, las derivadas de una mejora general del clima económico de Europa. La Comisión Europea siempre es una coalición del centro derecha y del centro izquierda y son impensables excesos de ningún tipo. La gobernanza económica de Europa, como sabe todo el mundo, se basa en eso que se suele llamar “la troika”, esto la Comisión, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, que se rigen por unas reglas comunes, sin perjuicio de las competencias propias de cada una de esas instituciones. Contra todo eso están los socialistas españoles, pero sin presentar una alternativa creíble…y pagable.
En el Parlamento Europeo la situación puede ser más compleja pues la proliferación en muchos países europeos de partidos extremistas de uno y otro color, antieuropeístas y antinmigración que pretenden abiertamente desmontar la Unión Europea, en una imposible carrera renacionalizadora, puede fragmentar aquella Cámara. En esa parte de aquel gran hemiciclo, puede convertirse en un mosaico de minorías radicales, que difícilmente se pondrán de acuerdo entre ellas y es prácticamente descartable que puedan influir decisivamente en las políticas europeas. Quitarán escaños, desde luego, a las grandes opciones, pero serán incapaces de conformar, por pura aritmética, ninguna mayoría alternativa. Se prevé una elevada abstención y, en buena lógica, los que se abstengan perderán todo derecho a protestar luego. Los que no se abstengan, votarán a quién quieran y hay que contar con que, siempre, hay un porcentaje al que le encanta tirar su voto, apostando por esas opciones extremistas que, además y por fortuna, suelen ser muy minoritarias.
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