Opinión

La política y el regreso de Babel

Alejandro San Francisco | Martes 06 de mayo de 2014
Elvira, una mujer que había estado en un campo de concentración, sostenía tiempo después una conversación, casi un monólogo, con Atila. Entre las cosas que le explicó destaca una sobre el verdadero sentido de Babel: “¿Sabes?, hay quien sostiene que la confusión que se produjo en Babel no se debió a la división de una única lengua en varias, sino a que quienes hablaban la misma lengua no lograban entenderse entre sí… Ése es el verdadero Babel. Lo noté, y mucho, cuando regresé de Polonia”.

La narración está en el capítulo “El Danubio”, del brillante libro de Adan Kovacsics titulado Guerra y Lenguaje (Barcelona, Acantilado, 2008). Constataba que el regreso a la civilización después de la barbarie, al antiguo hogar tras años en los campos de exterminio, a conversar en la misma lengua después de la interrupción de las comunicaciones libres, no había sido tan fácil como se habría esperado. La separación temporal entre los que se quedaron en las ciudades y quienes habitaron los campos de concentración excedía con largueza el sufrimiento acumulado, el hermanamiento con la muerte y el curioso destino de la sobrevivencia. Por lo mismo, volver a casa muchas veces significó ser nuevamente extranjero en la propia patria, un segundo destierro otra vez doloroso, porque se suponía que ya había acabado el infierno.

Me parece que donde mejor se refleja Babel en la sociedad contemporánea es en el mundo político. Los negocios parecen tener un lenguaje común con resultados a la vista, la vida académica o cultural procesa sus discrepancias con cierta lógica de su propia actividad, el deporte, los medios de comunicación o las artes también desarrollan su modo de entenderse incluso en idiomas, orígenes culturales o sociales diversos. En la política la situación resulta embarazosa y difícil, los énfasis en los desacuerdos están siempre a la vista y los líderes de opinión se enfrentan en ocasiones sin mostrar siquiera algunos puntos de acuerdo.

La democracia política, entre sus ventajas sobre otros regímenes de gobierno, consiste en la posibilidad de tener visiones alternativas, presentar las propias ideas al debate público, someterlas cada cierto tiempo a procesos electorales y trabajar con ellas desde el gobierno y la oposición. Es el procesamiento racional de la discusión y el intercambio de ideas y convicciones. La libertad de prensa, de opinión, de asociación, el derecho de discrepar y tantas otras manifestaciones de la libertad política son propias de un régimen que se funda, precisamente, en ese principio. Otra cosa es la incapacidad de llegar a acuerdos, en caer en repetidas descalificaciones personales o grupales, en atacar las ideas contrarias como si ellas encarnaran el mal y no fuera posible ver en ellas ni inteligencia, ni patriotismo o sentido de responsabilidad pública.

Cada año se celebra el 1° de mayo el día del Trabajo en diferentes lugares del mundo. A excepción de las dictaduras bien consolidadas, en las sociedades democráticas esa fecha permite ampliar la discusión en temas tan relevantes como las posibilidades laborales y el paro, las leyes a favor del empleo o los recortes económicos, además de temas relacionados como la jubilación y sus condiciones (edad, proyección de ingresos, modelo de pensiones). Sin embargo, llama la atención –si revisamos la prensa de distintos países– cómo parecen no haber puntos de coincidencia entre muchos de los actores políticos y sociales. Mientras algunos hablan de la recuperación económica, los otros enfatizan los costos sociales de los recortes; si unos privilegian la creación de empleo los adversarios sólo parecen ver la precariedad de los mismos; si el paro está asolando la población, dirigentes sindicales repiten la necesidad de proteger la estabilidad de quienes ya tienen trabajo. Lo mismo se repite en otros temas públicos relevantes, como las reformas tributarias, el gasto estatal y los cambios en la educación.

Es verdad que no estamos en épocas pre cataclísmicas de la historia de la Humanidad. Por ejemplo, en esos locas décadas de 1920 y 1930, que a fuerza de maximalismo e incapacidad de comprensión mutua, algunas potencias se entregaron al comunismo, al fascismo y al nacionalsocialismo; a las guerras civiles y la guerra mundial; al fracaso político y la destrucción económica y moral de las sociedades. En parte todo comenzó cuando los fundamentos del orden social y los cimientos del desarrollo se pusieron en tela de juicio, no hubo capacidad de concordar un marco común para el desarrollo y décadas o siglos de cultura fueron abandonados a su suerte.

En pleno siglo XXI no debería haber riesgos de volver atrás y destruir lo mucho que hemos avanzado como civilización. Pero el éxito del camino que tenemos por delante no está asegurado, y los países pueden progresar así como retroceder en su desarrollo. El crecimiento económico y el progreso social, la prosperidad y mejores condiciones de vida no están asegurados para siempre. Desde el punto de vista económico e institucional hay suficientes evidencias para saber qué cosas permiten el progreso y cuáles conducen al fracaso de los países, como han ilustrado con sabiduría y abundantes ejemplos Daron Acemoglu y James Robinson en Por qué fracasan los países (Madrid, Deusto Ediciones, 2012).

Sin embargo, el problema es mucho más complejo cuando se involucra la política y el debate público incorpora otros elementos. Se pueden extraer al menos tres conclusiones relevantes al respecto.

Primero, que es necesario un debate público de altura, lo cual significa la capacidad de mejorar nuestra argumentación, incorporar ideas de calidad a la discusión, ojalá acompañadas con datos históricos o cifras relevantes. Es preciso que las ideas releguen a las consignas al baúl de los recuerdos y que nuestros puntos de referencia sean más valiosos y con perspectivas de futuro. Segundo, también es conveniente rechazar las tentativas populistas y el deseo de popularidad a cualquier precio. Estar en política exige responsabilidad y criterio, escuchar a la ciudadanía, pero también tomar decisiones que a veces pueden ser menos cómodas y sin embargo más convenientes para la sociedad. Finalmente, es necesario un ejercicio permanente de amistad cívica, de procurar entender a las personas y argumentos contrarios, con la certeza de que pueden estar guiados por ideas distintas pero con igual interés por el bien común de la sociedad. En política el adversario es una persona a la que podemos derrotar electoralmente o cuyas ideas podemos enfrentar con convicción, pero no es un enemigo al cual hay que exterminar, destruir moralmente o aniquilar en el debate público.

Desterrar a Babel de la vida pública debe ser un objetivo de todos los que tienen algún grado de influencia social o política, de lo contrario los resultados pueden ser destructivos para esa sociedad que procuramos desarrollar en justicia y libertad.