Jueves 08 de mayo de 2014
La encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de abril, cuyos resultados acaban de darse a conocer, perfila cambios de tendencia donde se constata una vez más el rechazo a cualquier radicalismo frentista en la ciudadanía española y su clara propensión a un reformismo político sin bandazos estridentes. Destaca cómo el descenso de los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, frena su caída y protagonizan un incipiente repunte del bipartidismo, al que se le auguró una defunción demasiado prematura. Las duras medidas impopulares que el PP ha debido afrontar, junto a la lentitud en diversas reformas o errores en otras, hacían previsible y lógico un severo desgaste a mitad de legislatura. Aquí la otra gran sorpresa estriba en que el barómetro del CIS señala una ventaja de hasta 5,7 puntos del partido gubernamental sobre el primer partido de la oposición: el PSOE.
Para explicar esta ventaja es por completo insuficiente recurrir a la memoria ciudadana de la nefasta gestión económica de los Ejecutivos de Rodríguez Zapatero que empujaron al país al borde de la bancarrota. Tras los años transcurridos fiscalizando la acción del Gobierno, no cosechar el desgaste del PP, indica que el PSOE no está haciendo bien su labor como oposición cayendo en sucesivos e importantes errores. Uno de ellos se encuentra en la obstinación de Alfredo Pérez Rubalcaba en creer que posee una “mayoría social” superior a la “mayoría parlamentaria” de Mariano Rajoy, dando por hecho que las legítimas movilizaciones callejeras surgidas en el caldo de cultivo de la crisis encarnan una opinión mayoritaria de la ciudadanía, adhiriéndose indiscriminadamente a ellas. Un espejismo que aleja al PSOE del mayoritario voto centrista y le hace competir, y perder votos, más con Izquierda Unida (IU) que con el PP.
Más grave aún es la indefinición, titubeos, y en su caso, doble lenguaje del PSOE frente a los nacionalismos secesionistas, problema de fondo que le incapacita todavía más para recoger el desgaste natural del actual Gobierno. La continua aproximación del Partido Socialista de Euskadi (PSE) a posiciones soberanistas, y más aún el galimatías del Partido Socialista de Cataluña (PSC) en un equilibrio imposible y autodestructivo frente a la secesión, impide recuperar votos -más bien, lleva a perderlos- a un partido socialista cuyas bases han sido culturalmente españolas e históricamente antinacionalistas e internacionalistas, posiciones que la organización de hoy no sabe defender. Seguir sin restaurar el espíritu de consenso de la Transición demonizando al partido mayoritario y recurriendo a la desgastada cantinela del imaginario “franquismo” del centroderecha español, son cuestiones que también ayudan a que el PSOE no levante cabeza lastrado más por unas peregrinas estrategias que por la foto de quien lo lidere.
Aunque el PP tenga una mayoría absoluta parlamentaria y los datos macroeconómicos comiencen a darle la razón, tendría que poner mucho más énfasis en crear unas condiciones que propicien el consenso desde el cual llevar a cabo reformas sin exclusiones que el electorado le demanda, comenzando por una mayor democratización interna y una acción más enérgica contra la corrupción política que se ha revelado trasversal salpicando a partidos de todos los colores. Si no se hace, el CSI señala cómo organizaciones de nuevo cuño crecen día a día. El dato de Rosa Díez como líder mejor valorada es sumamente significativo. Y nada amenazador para el sistema. Si los partidos nacionalistas que ejercían la función de bisagra para completar mayorías parlamentarias se han negado a integrarse en los Gobiernos de la nación y han preferido el soberanismo, otros partidos bisagra, en absoluto secesionista, ocuparán su lugar, afianzando nuestra democracia al impulsar las reformas y dejando los votos del nacionalismo como una reliquia inservible.
El barómetro del CIS, asimismo, no registra partidos antisistema, xenófobos o antidemocráticos emergentes, como sí ocurre en otros países europeos. España vive una profunda crisis económica y política, pero la ciudadanía española no está en crisis porque reacciona con admirable madurez y sensatez a tan difícil situación.
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