Opinión

Una conmemoración entenebrecida: Julián Marías

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 10 de mayo de 2014
“El orteguismo fue un poco, salvando las distancias, lo que el futurismo al fascismo: pertrechó la débil ideología falangista de un pequeño agarre ideológico e intelectual. Véanse los casos de Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo, y, sobre todo, del desventurado Julián Marías”. En tan densa a la vez que escueta frase se contiene el mayor agravio que pudiese recibir la límpida memoria de uno de los habitantes del siglo XX español que más acendró con su vida y obra la enjundia y lustre de su identidad. Es muy probable que el autor del mencionado juicio, el gran poeta catalán J. Agustín Goytisolo, la escribiera con “dolorido sentir” y hasta con melancolía cervantina –aquella que justamente Marías describió y apreció con tintura insuperable-, lamentando con fuerza la que consideraba una manquedad de la sugestiva personalidad del más conocido de los discípulos del egregio pensador madrileño.

Empero, tal interpretación es de todo punto inaceptable pues descansa en falsedad documental ostensible. La amistad que, en efecto, adunara al escritor vallisoletano del que ahora se conmemora el primer centenario de su nacimiento con el denominado grupo del “falangismo liberal”, no se basó en ningún instante en comunión de ideales políticos de sesgo o proclividades totalitarios, sino en la edad madura de todos, en la firme creencia de que solo un régimen de libertades devolvería a su patria a su habitat natural geográfico e histórico; y siempre también, en su compartida estima por los valores simbólicos y reales mantenidos por los integrantes de las generaciones del 98 y del 14, sus mentores y guías intelectuales. En su defensa –ardida, cuando fuese necesario- se encontraría indefectiblemente con la presencia entusiasta y estimulante de Julián Marías. Dicha amistad fue tal vez el primer ejemplo de superación visible del drama excruciante de la guerra civil, entre cuyas víctimas estuvo lejos de ser el último, al ver truncadas su idea de España y su propia trayectoria profesional, en un estadio decisivo de su desarrollo. Mientras un sector de los vencedores obstaculizaba sin freno el itinerario universitario de Marías, otro no ahorraba gestos ni energías para que su fecunda y descollante trayectoria no encontrara en la España del primer franquismo ningún torcedor irreparable. Cuando este último rectoró la vida docente española en el lustro decisivo de 1951-56, el autor de Ensayos de convivencia vio ampliado y facilitado su camino en la vida cultural de la nación, en la que acabase por entonces de aquistar una presencia y una autoridad y prestigio que le pusieron finalmente a salvo de contingencias y avatares de signo reaccionario, que no dejaron de aparecer hasta la coyuntura abierta por el Concilio Vaticano II; a partir de la cual, finalmente, el más fiel y sobresaliente discípulo de Ortega se convirtió en uno de los principales maîtres à penser de la opinión pública durante el tardo-franquismo.

Así, pues, respecto de la ignara atribución a la biografía intelectual de uno de los más impolutos caracteres, humana y doctrinalmente, del liberalismo español y europeo del siglo XX, reproducida al comienzo de estas líneas, ni el menor adarme de totalitarismo ennegreció jamás su noble figura. Gracias a ello, la restaurada democracia española pudo contar, con toda legitimidad y legalidad, con un timonel ideológico de insuperable pedigrí, que insufló de competencia y confianza las velas de su primera y, por ende, más difícil navegación. Cuando gratuita si no alevosamente se cuestiona en, intelectualmente, tribunas de tres al cuarto, pero de enorme proyección mediática, el periodo sin duda más abrillantado de nuestra historia reciente, cualquier sombra ética que se arroje a la obra del pensador del que ahora se conmemora su centenario sólo redundará en entorpecimiento a hacer realidad la convivencia libre y plural entre los españoles, empresa a la que drenó el caudal admirable de su cultura, patriotismo y solidaridad.