Opinión

China entre terremotos

Eugenio Bregolat | Miércoles 14 de mayo de 2008
El seísmo en la provincia de Sichuan ha sido el más devastador registrado en China desde el de Tangshan, provincia de Hebei, en julio de 1976. Aquél costó más de un cuarto de millón de vidas. En el pensamiento político chino tradicional las grandes catástrofes naturales se cargaban al emperador, el “Hijo del Cielo”, responsable de mantener el equilibrio cósmico. Si no era capaz de hacerlo, perdía el “mandato del cielo” y sobrevenía un cambio de dinastía. El terremoto de 1976 fue precedido por la muerte de Zhou Enlai y seguido por la de Mao Zedong, en enero y septiembre del mismo año. Los cambios que introdujo el sucesor de éste último, Deng Xiaoping, a partir de 1978, supusieron una verdadera revolución económica. Y ésta, inevitablemente, conlleva enormes cambios sociales y políticos, algunos aparentes ya, otros aún en estado de gestación. El país es otro, como denota el tratamiento de ambos seísmos.

Si en 1976 los desastres naturales, o los accidentes, eran secreto de estado, de modo que se tardaron años en conocer la verdadera cifra de muertos ocasionada por aquél terremoto, hoy el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao han aparecido de inmediato en televisión, y éste último se ha desplazado al escenario de la catástrofe. Se ha aceptado la ayuda internacional, la de la Cruz Roja en primer lugar, cosa antes excluida. Otra novedad similar ha sido la rueda de prensa conjunta entre autoridades chinas y representantes de la Organización Mundial de la Salud, pocos días atrás en Pekín, para informar de la epidemia viral que ha matado este año a una treintena de niños en China. Actitud radicalmente distinta a la del ocultamiento inicial de la epidemia de SARS, en 2003, o la epidemia de sida en Henan, aproximadamente por las mismas fechas, ocasionada por transfusiones de sangre contaminada.

Estos cambios en la política del Gobierno obedecen a que China es hoy un país muchos más abierto e informado que algunos años atrás. Con más de 600 millones de teléfonos móviles y cerca de 200 millones de internautas, resulta ya imposible ocultar lo que pasa.

Los medios de comunicación, por su parte, conquistan cotas de libertad cada vez mayores. Si en 1978 había en China un centenar de diarios y publicaciones periódicas, hoy hay más de 5.000, a los que se suman más de 300 emisoras de televisión y casi 3.000 de radio. Si en 1978 sólo funcionarios públicos o miembros del Partido manejaban los medios de comunicación, hoy la gran mayoría de éstos se autofinancian. Están sometidos a la censura oficial, cierto, pero escribir con los límites que impone la censura es una cosa y que los censores sean los únicos que escriben en el periódico es otra muy distinta. Para autofinanciarse los medios necesitan lectores (oyentes, televidentes) y publicidad; para lograrlos deben decir cosas “interesantes”, y éstas son las que no dicen los demás, o, muy a menudo, las que no gustan al poder. Así, los medios de comunicación chinos tantean constantemente los límites de la censura y van conquistando nuevas cotas de libertad.

El paradigma de los nuevos medios chinos es la revista “Caijing”, de información económica, que consiguió con sus denuncias llevar a la cárcel a manipuladores de la bolsa de Shanghai, o fue la primera en informar sobre la epidemia de SARS.

No sólo los medios, desde abajo, evolucionan, movidos por el cambio económico y las demandas de una sociedad en trance de cambio acelerado, sino que, desde arriba, el poder está entendiendo que un margen de libertad de prensa puede ser útil para la salud pública, para luchar contra la corrupción, para el buen funcionamiento de la economía, etc.

China es hoy un vasto laboratorio económico, social y político. Están ocurriendo muchas cosas, algunas sólo incoadas, mal conocidas en Occidente. Claro que China no es una democracia, pero es un país mucho más rico, educado, informado, abierto y plural que en 1976. Si se compara con los países europeos, el vaso puede parecer medio vacío, pero si se compara con la China de treinta años atrás está medio lleno. La reforma económica es un terremoto mucho mayor que los seísmos que, desgraciadamente, han asolado el país. Los efectos sociales y políticos, empezando por la participación de la ciudadanía en la vida pública y la reducción del poder del Estado, son imparables. Las diferencias en el tratamiento del terremoto de 1976 y el de esta semana son bien elocuentes.

TEMAS RELACIONADOS: