Opinión

Mayo 68. Final de partida

José Lasaga | Miércoles 14 de mayo de 2008
No fue una revolución sino una rebelión en el sentido que Octavio Paz da al término. No se inspiró en una ideología marxista sino en un liber-alismo-tarismo difuso y radical a la vez, en donde la subjetividad individual fue reina y señora. El feo rostro de lo social como Estado, padre o maestro-profesor constituyó el enemigo a batir. La imaginación quería decidir sin el dogal de la razón y el deseo, sí, el deseo en estado puro, por tanto inmoderado y despistado, aspiró una vez más a destruir la realidad.

Sólo describiendo el mayo del 68 en términos muy genéricos resulta hoy comprensible. Fue un fenómeno universal ciudadano, fruto maduro del modelo de vida de las grandes ciudades, producto del modo de existencia técnico occidental, diseminado por todo el planeta, de San Francisco y Berkeley a París, de Méjico D.F. a Tokio, de Sidney a Varsovia y Praga. Aunque quizá, no haya mucho que comprender, excepto que ocurrió... como la primavera. Un buen día estaba ahí y los estudiantes salían a la calle se enfrentaban a la policía y pintaban consignas en las paredes. Y como comenzó, se acabó... pero, al parecer, cambiando el mundo desde entonces. Y aunque tampoco sabemos por qué han cambiado tantas cosas, como dicen los sociólogos y los historiadores, sí sabemos cómo han cambiado. Y es un hecho probado que nuestras sociedades se han transformado en función de aquellas pautas sentimentales y culturales que florecieron en el más botánico de los meses del año, el que llega siempre después de abril, el mes más cruel (“mezclando memoria y deseo”. T. S. Eliot).

Mayo del 68 fue, quizá, el final de partida de Yalta, del falso orden diseñado por unos Aliados que habían vencido justamente a los enemigos de la democracia pero que fueron incapaces de diseñar un orden de paz justo. El 68 fue el final de la postguerra (en términos culturales, final favorecido por el “milagro económico”) y el comienzo de otra cosa en la que vivimos hoy y que todavía no tiene nombre adecuado. En tal sentido, mayo del 68 fue, por un lado, el fin de la buena conciencia de “pueblo joven” de los EEUU y su entrada en la Historia -es decir, en el sufrimiento. Fue también el giro intelectual en la conciencia europea de la izquierda -no en todas, claro está- que comenzó a percibir la verdadera condición totalitaria del régimen soviético, preparándose así para mirar con simpatía los movimientos de resistencia contra los partidos comunistas que gobernaban toda la Europa del Este. No deja de haber cierta analogía entre las revueltas estudiantiles de mayo y los movimientos ciudadanos de oposición que surgieron a finales de los ochenta y que marcaron el comienzo del fin del imperio soviético. Finalmente, también del 68 viene otra novedad que se ha incorporado a nuestra vida cotidiana: el terrorismo como práctica política de extraordinarios réditos que los jóvenes izquierdistas desencantados del fracaso del 68 enseñaron a nacionalistas e islámicos.

Final de partida para Europa. Lo que terminó: el ciclo de guerras civiles que comenzó en 1914. Paul Bourget comentó a un amigo en noviembre de 1918: “Es ahora cuando comienza la catástrofe”. Pues bien, mayo del 68: medio siglo después terminaba aquella catástrofe y empezaba otra cosa. Es pronto para decidir si también “catástrofe” o sólo “post-catástrofe” o acaso trivialidad consumista de los “últimos hombres”.

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