Reyes de Gregorio | Miércoles 14 de mayo de 2008
Cuando cruzas el Río de la Plata, desde Buenos Aires hacia Montevideo, te sorprende el color café con leche de sus aguas cubriendo el horizonte. Parece como que navegas salpicando espuma en una ilimitada taza de desayuno. No sé que tendrán esas aguas pero seguro que muchos nutrientes para almas creadoras. Dejo en la orilla argentina a Alfonsina Storni para encontrar en el margen de Uruguay a Delmira Agustini. Dos de mis poetas favoritas me dan la mano durante la travesía. Las dos tuvieron una vida corta y apasionada y un trágico final.
Alfonsina fue maestra y actriz en Rosario, una ciudad de provincias, y se relacionó desde muy joven con revistas literarias, en las que publicó sus primeros poemas. Enfrentada a la pacata sociedad de su tiempo, tuvo la valentía de tener un hijo sin estar casada y sin desvelar nunca quién era el padre. Enseguida logró reconocimiento como poeta y entre sus amigos estuvieron Amado Nervo, Gabriela Mistral y García Lorca con el que compartió tertulia en el famosísimo Café Tortoni de Buenos Aires. Siempre padeció cierta debilidad nerviosa que incluso la mantuvo alejada de su trabajo como maestra. Con apenas cuarenta años se le diagnosticó un cáncer de mama que le dejó grandes cicatrices en el cuerpo y en el alma. En octubre de 1938 después de escribir una carta a su hijo y un Poema de despedida para el periódico La Nación, Alfonsina desaparece lentamente en las aguas de Mar del Plata. Su suicidio inspiró la canción Alfonsina y el mar, mundialmente conocida en la voz de Mercedes Sosa. Me estremezco cuando leo: Tú me quieres alba/ Me quieres de espuma/ Me quieres de nácar/ Que sea azucena/ Sobre todas, casta/ De perfume tenue/ Corola cerrada...
Delmira Agustini, por su parte, fue una niña precoz que ya escribía versos con diez años. Recibió una esmerada educación con clases de música, francés, pintura, algo inusual en una sociedad tan dominada por los hombres. El propio Rubén Darío quedo fascinado por la sensualidad y la carga erótica de sus versos. A los veintidós años conoció a Enrique Job Reyes, con quién se casaría tras cinco años de noviazgo, a pesar de la oposición de su madre. El matrimonio duró sólo veintiún días. Delmira volvió a casa de sus padres espantada de tanta tosquedad. Enseguida inició los trámites para el divorcio, que llegaría seis meses después. Durante este proceso siguieron manteniendo, sorprendentemente, una relación de amantes. Una de las tardes en las que se reunía clandestinamente con su ex marido explotó la tragedia. Reyes le disparó dos balazos. Ella murió al instante, él se suicido segundos más tarde. Tiemblo al leer sus versos: Acariciar un recuerdo; / Vasos de los elixires, / Los filtros y los venenos; / Manos que me disteis gloria/ ¡Manos que me disteis miedo!/ Con finos dedos tomasteis/ La ardiente flor de mi cuerpo...
El Río de la Plata une dos ríos el Paraná y el Uruguay, dos fronteras, y une también a dos mujeres que lograron abrir las puertas a la mejor poesía femenina del siglo XX.
TEMAS RELACIONADOS: