Viernes 23 de mayo de 2014
Cuando queda cada vez menos tiempo para que comience en Brasil la celebración del Mundial de Fútbol no cesan sino que se incrementan los conflictos en el país. Las numerosas huelgas que se han venido sucediendo en los últimos meses se han reeditado y recrudecido en estos días, amenazando con que se llegue a un considerable caos. Sin duda, una imagen no precisamente atractiva ni favorable que atraiga visitantes con vistas al magno acontecimiento deportivo. Esta semana conductores y cobradores de autobuses han hecho huelga en las dos mayores concentraciones urbanas brasileñas, Río de Janeiro y San Paulo, a la que se han sumado las realizadas por los empleados de más de una treintena de museos, que no atienden a los turistas, y por los profesores.
A las huelgas en diversos sectores -algunos de especial trascendencia para la normalidad de la vida ciudadana como el del transporte-, se añade quizá lo todavía más preocupante, cifrado en los paros de los distintos cuerpos policiales que se han repetido cada vez con mayor frecuencia. Recientemente, Salvador de Bahía se vio sumido en una ola de violencia, que ocasionó cerca de cuarenta muertos y una orgía de robos y saqueos, a causa de la huelga de agentes locales que duró varios días. Ahora la Policía Civil ha protagonizado un paro de veinticuatro horas en trece de los veintisiete estados de Brasil, y la Policía Federal y la Rodoviária, encargada de las carreteras, han promovido marchas de protesta en Brasilia, la capital de la nación.
No es casual que la conflictividad, que parece en Brasil en el pan de cada día, se haya intensificado con la cercanía del Mundial, pues buena parte de los brasileños está en contra de que se desarrolle allí, sobre todo, dada la manera en la que se está gestionando. La situación llega a que, según las encuestas, prácticamente la mitad de la población no apoyará a su selección nacional, manifestando incluso algunos su deseo explícito de que pierda cuanto antes. Esto, que resulta a primera vista llamativo, se explica por el empecinamiento de las autoridades brasileñas en vender el Mundial como la panacea contra los muchos problemas que aquejan al país, con una economía a la baja, y en quererlo convertir en una cortina de humo.
La estrategia, sin embargo, ha dado escaso resultado y no ha frenado los conflictos, sino al contrario, ni el crecimiento de la desconfianza hacia la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, a pocos meses de las elecciones presidenciales. Los ciudadanos protestan ante la interesada confusión de prioridades, con un Gobierno volcado en el evento deportivo para el que ha derrochado fondos públicos con irresponsable alegría. De hecho, Brasil ha invertido en las instalaciones del Mundial una cifra astronómica que supera a la que gastaron Sudáfrica y Alemania juntas en las mismas circunstancias. Y, mientras, como se queja la población, se descuida la necesaria inversión en ámbitos básicos como la seguridad, la sanidad o la educación. El Gobierno debería tomar buena nota del fracaso de su bálsamo de Fierabrás y no hacer oídos sordos al fuerte descontento que puede explotar aún más durante la celebración del Mundial con imprevisibles consecuencias.
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