Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 30 de junio de 2014
Los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, tanto en España como en el conjunto de la Unión Europea, reflejan el panorama que venían anticipando, desde hace meses, las encuestas pre-electorales, lo que conduce a una primera conclusión: la campaña electoral –una de las más penosas y planas que se han contemplado en muchos años- no ha servido prácticamente para nada. Los partidos gobernantes, tanto los que han quedado en primer lugar como los que han sido desplazados, han sufrido el castigo que ya estaba previsto, consecuencia de las duras medidas, tan impopulares como necesarias, que han aplicado para salir de la crisis e iniciar la recuperación. En España ha ganado el PP, pero con una fuerte sangría de votos y escaños que, aunque impide cualquier atisbo de euforia, permite al Gobierno de Rajoy mantener el rumbo y proseguir la dura tarea de poner a este país en condiciones de recuperar el dinamismo y la confianza, indispensables para devolver a los españoles la prosperidad, en forma de puestos de trabajo, crecimiento y mayor cohesión política y social.
Rajoy, por otra parte, se puede considerar vencedor directo en estas elecciones, no solo porque su partido salva la cara en medio de la conmoción general que han supuesto estos comicios, sino porque su presencia en la campaña ha sido decisiva. A partir de unos comienzos realmente poco brillantes de todos los candidatos, su intensa implicación en la campaña devolvió al PP su confianza en la ajustada victoria que le auguraban las encuestas y trasladó a la opinión pública los mensajes que explicaban tanto el sentido de estas elecciones como los objetivos que el Gobierno pretende llevar a cabo en esta segunda mitad de su mandato.
El PP sigue siendo el único partido que cubre el sector del centro-derecha: No tiene a nadie a su derecha porque, afortunadamente, no hay en España, por ese lado del espectro político, ningún partido antieuropeo como sucede en otros países. Tal es el caso del Frente Nacional de Francia o del UKIP del Reino Unido. Evidentemente, los 4 millones de votos que el PP ha obtenido el domingo quedan muy lejos de la decena larga de millones que logró en las generales de 2011 e incluso de los 6.670.000 que consiguió en la europeas de 2009. No sería prudente quitar importancia a los datos del domingo, pero creo que debe tenerse en cuenta que había un sector de votantes del PP que estaba decidido a aprovechar estas elecciones –en la idea de que tenían escasa repercusión en la gobernación de España- para mostrar su crítica contra el Gobierno y que, muy probablemente, se han refugiado en la abstención o han ejercitado un voto de protesta apostando por alguno de los partidos menores que han obtenido representación o por los que ni siquiera la han logrado. Pero no es aventurado suponer que la mayor parte de ese voto volverá, con realismo, en las próximas generales a dar su confianza a la única formación que representa sus ideas y sus intereses. El PP se tendrá que empeñar para que eso sea así, pues recursos y argumentos no le faltan.
Más complicado es el panorama que presenta la izquierda que queda muy dividida y en la que aparece una de las pocas auténticas sorpresas de los resultados. Nos referimos al millón largo de votos que ha obtenido la nueva formación Podemos (la que toma como inspiración de su política el chavismo venezolano y una inocultable simpatía por el castrismo cubano) que le han dado cinco eurodiputados. Solo uno menos de los que ha conseguido Izquierda Unida, que solo la adelanta en unos 300.000 votos. Se puede considerar toda una hazaña electoral pero, sinceramente, de escasa relevancia política. Ese tipo de actitudes, basadas en rancias ideologías que han fracasado ya en todas partes, no parecen tener mucho futuro en esta Europa, baqueteada y hasta deprimida, pero suficientemente vacunada contra experimentos bolivarianos o similares.
Esta fragmentación del voto de izquierda procede claramente de la torpeza estratégica del PSOE que no ha sabido aprovechar el previsible desgaste del PP como partido de Gobierno, en medio de la tormenta económica. Contra toda lógica electoral, el PSOE ha abandonado el centro-izquierda y –como ya hemos señalado aquí en otras ocasiones- se ha quedo enganchado en el radicalismo zapateril, lo que le condena inevitablemente a ser desbordado por esas pequeñas formaciones que manejan el radicalismo con mucha más soltura y que, como dice un proverbio del pueblo, “le comen el pan y le c…en el morral”. Parece que va a haber movimientos en el partido pero si, como adelantan algunos comentaristas, cayeran en la tentación de radicalizarse aún más (volvamos a la sabiduría popular) harían un pan como unas tortas porque en ese terreno las pequeñas formaciones, que ya le han noqueado, tendrían todas las de ganar.
En todo caso, parece muy pronto para afirmar, como hacen algunos medios, que “el bipartidismo se desmorona”. Esperemos a las generales, dentro de año y medio, porque ni siquiera las previas municipales y autonómicas nos van a dar todas las claves. Por lo pronto, en el ámbito de la UE -a pesar del quirigay que se montará sin duda en el Parlamento Europeo, pero con escasa incidencia en las decisiones importantes- el bipartidismo seguirá siendo una realidad como ya lo era. Algunos hablan de gran coalición entre populares y socialistas como si fuera una novedad cuando ya viene siendo lo habitual. ¿Alguien ignora que en la Comisión Europea los comisarios son, esencialmente, de esas dos grandes formaciones? ¿Cómo se explicaría si no la presencia -por ejemplo, porque no es el único- del socialista Almunia en una Comisión que presiden, con Barroso, los populares europeos? Y ya hace bastantes años que la presidencia del Parlamento Europeo la ejerce dos años y medio un popular y los otros dos años y medio un socialista, con independencia de quien haya ganado las elecciones.
Volviendo a España, tampoco es novedad que en Cataluña –donde la participación ha sido superior a la media nacional- los independentistas de ERC hayan superado a CiU. Estaba anunciado reiteradamente por todas las encuestas y es la consecuencia inevitable de las irresponsabilidades de ese aprendiz de brujo que es el señor Mas. Él solito se ha metido en ese laberinto del que ahora no sabe salir, a caballo de ese tigre del que no solo es que no sepa cómo apearse sino que le va devorando poco a poco por su inconsciencia y su torpeza. Cuando se hacen las cosas mal -y CiU lo viene haciendo mal desde hace muchos años encaramado en sus ensoñaciones secesionistas- es inevitable que se termine mal. Eso es lo que tienen que agradecer a Mas y su cuates Cataluña, España y Europa.
Finalmente, estas elecciones demuestran que todavía no existe “el pueblo europeo”, aunque esté fuera de toda duda que todos los que habitamos este continente, desde el Báltico y el mar Negro hasta el Atlántico y el Mediterráneo, compartimos en lo esencial intereses y valores. Por algo quienes no están todavía en la UE, como Ucrania o algunos de los países balcánicos, están llamando a la puerta insistentemente. Y como no hay pueblo europeo, sino Estados que pactan entre sí, no tiene todavía sentido plantearse una Constitución europea y nos gobernamos por tratados. Y por eso también unas elecciones como las que acaban de celebrarse se han planteado en todas partes en clave nacional. Nos queda mucho por hacer, pero nuestro destino en una Europa más unida y más conectada con sus ciudadanos. La alternativa es la insignificancia, en este mundo globalizado, pero también el aislamiento y la pobreza. Todo esto, claro está, no lo entienden los antieuropeos. Por eso es preocupante que hayan logrado instalarse en el Parlamento Europeo.