Opinión

Reflexiones tras las elecciones europeas

Antonio Domínguez Rey | Lunes 30 de junio de 2014
La realidad política de nuestro país está abiertamente troceada. Como las cabezas que lo rigen. Pretenden borrar el esfuerzo y aventura de más de treinta y cinco años de experiencia democrática. Así, al albur y con beneficio de francovotantes en río revuelto. ¿A quién extraña que surjan opciones leninistas de filtro castrista en pleno siglo XXI occidental con un cómputo de seis millones de parados? A uno por voto perdido si sumamos el retroceso de las dos formaciones políticamente más significadas. Lo que sí sorprende es que tanto el partido de Gobierno como el de la oposición no hayan previsto el resultado con cierta verosimilitud. El consenso inicial de una pérdida de adhesiones solo sintomática les salió caro. Confirma la debilidad gestora de los gobernantes.

Uno y otro partido se reducen mirándose de frente o de soslayo. La situación sigue siendo preocupante. Ningún país serio desperdicia lo acumulado. Y esta gravedad se manifiesta en varios aspectos. Se presentaron a las elecciones europeas con un concepto y nombre de Europa sin contenido. Era solo un pretexto electoral para medir fuerzas y olvidar mutuamente la corrupción que mina su base y superficie. Un fraude manifiesto. Y el engaño se aprovechó al mismo tiempo para observar la densidad y oportunismo de segundas, terceras y cuartas cabezas de partido. Digamos la remoción posible de puestos orgánicos con la mirada fija en un futuro próximo. Otro timo descarado. Los políticos, y no solo de formaciones mayoritarias -hoy bastante menos-, reflejan ansias tan espurias como vacuos sus títulos y ambiciones. Son castas. Y muchos de ellos sirven -se les nota: rezuman- a intereses financieros y mercantiles cuyos magnates se mueven en la sombra. Hasta el deporte se ha convertido, especialmente el fútbol, en plataforma de presión e injerencia política. Hay mediaciones internacionales de alto y fuerte canje adinerado detrás de clubs, cadenas mediáticas, dueños y empresas asociadas a gestores de grupos políticos. Cuanto más adocenada la masa social, más fácil dirigirla, convencerla y explotarla.

Tales actitudes esmerilan el horizonte de una visión profunda de Estado. Por eso algunas comunidades se enrocan y pretenden títulos soberanos que nunca tuvieron y ajustados a sus ambiciones. Dominan el terreno que regentan. Controlan los tres poderes y con tácticas de pequeños déspotas sin que se note demasiado. Europa les sirve también de pretexto como acomodo de encaje por cuenta propia. Y todos de espaldas al verdadero eje de compromiso nacional. Nos dejan huérfanos o en manos de arribistas convencidos de que aquí aún es posible la revolución fracasada en otras latitudes. La añoranza revolucionaria busca crear condiciones idóneas u oportunas para esbozar la sombra de un totalitarismo “democrático” solo viable con una dictadura férrea o parcelando comunidades de países más bien adocenados. Y para eso cuentan con el desconcierto amuermado de las clases medias y el instrumento logístico de las nuevas tecnologías.

Tres evidencias y un corolario resaltan en estos comicios. Una, el arrastre del despilfarro producido durante la legislatura anterior a partir de 2008. La deuda de entonces se convirtió en una trampa para el Gobierno actual. Le sería imposible, como se está viendo, remontar en cuatro años la herencia recibida y aplicar el programa con que ganaron las elecciones presidenciales en diciembre de 2011. El fracaso allanaría la recuperación del poder perdido por los socialistas. Y la consecuencia inmediata de tales previsiones está siendo el retroceso mutuo y paulatino de unos y otros. Con el hundimiento además del líder socialista, quien pretendió en época no lejana borrar del mapa político al hoy presidente del Gobierno.

Otro resultado evidente de estas elecciones es el asentamiento de la corrupción como ejercicio sistemático de poder efectivo. Al extender el halo corrupto a sectores amplios de la sociedad, parte de Andalucía ha hilado una red compacta de intereses creados muy rentables y, al parecer, ineludibles. Y no es fenómeno aislado, pues otras comunidades practican modos semejantes con la droga y el tráfico a veces mafioso de finanzas, servicios, personas, repuestos mecánicos, doble contabilidad, ocio y turismo. Se ha fraguado un sistema financiero también espurio al margen del control gubernamental. Y esto desde casi el comienzo de la democracia. El Estado resulta impotente ante tal fenómeno o mira de soslayo a otra parte.

De esto deriva, y como excusa de rechazo, la presión del nacionalismo moderado e independiente. Uno y otro se convierte en cuña y pinza de la política nacional. La atenazan con una representación que oscila, en conjunto, entre el tres y cuatro por ciento de los españoles, pues no cubren ni la mitad del foro que dicen reunir. Y así resulta imposible levantar cabeza. La amenaza secesionista de Barcelona aumenta el desconcierto y hundimiento de los dos principales partidos nacionales, destinados a encontrarse en más de un artículo constitucional y al margen de sus diferencias. Cuando se una también el País Vasco al plan soberanista, de España solo quedará la sombra, y arrinconada.

El corolario es la quiebra tan comentada del bipartidismo, pero no se ve a ningún tercer partido que asome claramente a la zaga. Son restos más o menos significados de una situación política insólita. ¿Quién creería, ante este resultado electoral, que el partido de Gobierno cuenta con mayoría absoluta?

Lo más grave de la situación es, con todo, la carencia de alternativas, al menos en plazo corto. La tentación inmediata sí se entrevé por los resquicios de la brecha: promover un nacionalismo nacional, valga la redundancia, pues este país siempre ha sido onda refleja de allende los Pirineos y un poco menos, pero también, del noroeste británico. La solución idónea, deseable, apenas se esboza, sin embargo, en el horizonte: potenciar la vida democrática.

Queda el consuelo de que la participación en estas elecciones europeas apenas representa la mitad del voto nacional y de que éste siempre implica otro modo de conciencia. De existir cierto ingenio y audacia, por no decir voluntad social, el desplome podría ser trampolín de una política aún inédita. Para ello necesitamos lo que, al parecer, no tenemos. Otra clase de políticos y una remoción de la sociedad a fondo: justicia, sanidad, cultura, educación, trabajo. Los partidos actuales no sirven ni cumplen la exigencia del reto europeo. Lo repetimos varias veces en estas páginas. Y así, España, a cachos.