Martín-Miguel Rubio Esteban | Lunes 30 de junio de 2014
En realidad los borbones siempre fueron los legítimos herederos de los reyes españoles de la Casa de Austria. La hija mayor de Felipe III, Ana María, se casó con Luis XIII, y fueron los padres de Luis XIV, además de ser personajes importantes en la novelería del genial mulato Alejandro Dumas. Posteriormente Luis XIV se casó con su prima hermana española, María Teresa, la hija mayor de su tío carnal Felipe IV, y quienes a través de Monseñor son los abuelos del Duque de Anjou, rey de España como Felipe V. Es decir, un nieto de Felipe IV será el primer rey Borbón, y el salvador de la existencia misma de España, como se verá.
Por otro lado, la soberbia alemana había sublevado la altivez castellana; lo que hacía imposible que los españoles aceptasen como pretendiente a la Corona un austria descendiente del emperador Leopoldo. La dignidad de España y la legitimidad de la sangre ( nuestro primer Borbón era un medio austria ) hicieron que el cardenal Portocarrero, arzobispo de Toledo; el conde de Monterrey y otros grandes de España patriotas quisieron salvar a la patria. Se reunieron para evitar el malvado desmembramiento de la Monarquía española que deseaba la arrogancia teutónica, y persuadieron a Carlos II de que prefiriera como heredero un nieto de Luis XIV, sobrino suyo además, a un príncipe alejado de ellos y lleno de ordinaria altanería boche.
A pesar de estar moribundo, Carlos II le escribió de su puño y letra al Papa Inocencio XII, y le expresó su angustia sobre la sucesión, y los dos partidos contrapuestos que comenzaban a formarse en España. El papa escribió al rey “que las leyes de España, las de la propia familia y el bien de la cristiandad exigían de él que diera preferencia a la casa de Francia”. La carta del papa era del 16 de julio de 1700. Trató este caso de conciencia de un soberano como un asunto de Estado, mientras el rey de España hacía de este gran asunto de Estado un caso de conciencia. El 2 de octubre de 1700 el rey de España hizo un testamento en el que cedía todos sus estados al duque de Anjou.
Tras la muerte del rey Carlos II no sólo estalla una Guerra Civil en España, sino una guerra que se extiende a toda Europa, que tendríamos derecho a llamarla Iª Guerra Mundial en cuanto que también participaron las colonias americanas, además de casi todo el continente europeo ( Francia, España, Austria, Italia, Holanda, Inglaterra, Bélgica, Baviera, Suecia, Rusia, Portugal, Dinamarca, etc., etc. ). Su objetivo y botín era el viejo Imperio Español, realidad portentosa nada baladí. El emperador Leopoldo comenzó primero esta guerra en Italia, en la primavera del año 1701. Pero la resistencia de los habitantes de Cremona frente al príncipe Eugenio, generalísimo de los alemanes, fortaleció la causa borbónica. La bravura de franceses y, sobre todo, de irlandeses reventó el sitio Cremona, y liberó la ciudad de las hordas teutónicas. En seguida, Pedro, rey de Portugal, reconoce al archiduque Carlos como rey de España. Y el consejo imperial, en nombre del archiduque, desmiembra a favor de Pedro II una monarquía de la que no era dueño todavía ni de una ciudad: le cedía el germano al luso, por uno de esos tratados que jamás se han ejecutado, Vigo, Bayona, Alcántara, Badajoz, gran parte de la Extremadura, todos los países situados al occidente del río de La Plata en América, en una palabra, repartía lo que no tenía para adquirir lo que no tenía en España. Pero esta traición a España indispuso el ánimo de los españoles ( salvo el de los catalanes ) contra alemanes, ingleses, daneses, suecos y holandeses principalmente. Incluso el rey de Portugal y el príncipe Darmstadt, representante del archiduque Carlos, imploraron hasta el auxilio del rey de Marruecos, Muley Ismael, un tirano bárbaro y sanguinario. Le pidieron caballos, trigo y tropas.
Churchill, conde y luego duque de Marlborough, se convirtió en el Generalísimo de los aliados contra Francia y la codiciada España, y el viejo duque de Villars el jefe militar supremo de las fuerzas francoespañolas. Villars, hombre de una sinceridad, patriotismo y honestidad totales, era por sus altas cualidades y virtudes odiado por la corte de Versalles. Por eso nos cuenta la anécdota Voltaire de que despidiéndose de Luis XIV, para tomar el mando de las tropas, le dijo al rey: “Sire, voy a combatir con los enemigos de Vuestra Majestad, y os dejo en medio de los míos”. Villars llevó las fuerzas de Francia y Baviera a las puertas de la misma Viena, pero los celos y odios de la Corte lo separaron como comandante en jefe del ejército, y la suerte de los borbones cambió. Fue entonces cuando el partido borbón sin Villars sufrió ante el genio estratégico del duque de Marlborough la terrible derrota de Bleinheim en el que perdieron la vida cincuenta mil franceses. La sorpresa y la consternación se apoderaron de la corte de Versalles, acostumbrada a la prosperidad. La noticia de la derrota de Bleinheim llegó en medio del regocijo por el nacimiento de un biznieto de Luis XIV. Nadie se atrevía a comunicar al rey tan cruel verdad; fue necesario que madame de Maintenon se encargara de decirle que ya no era invencible. El rey, después de proferir los mayores denuestos contra una nobleza sembradora de cizaña, hizo volver a Villars de su retiro de Cevennes para mandar los restos del ejército del Este. Villar se encontró con el ejército de nuevo cerca de Tréveris. Y los ánimos volvieron a los soldados.
La Guerra de Sucesión para el Imperio Español trajo desastres, algunos definitivos, y otros coyunturales. La incompetencia de los generales franceses que dirigían el frente del Norte nos causó la pérdida definitiva de Flandes (batalla de Ramillies), por quien tanta sangre española se había vertido durante doscientos años. Tras la conquista de Gibraltar en 1704 ( este año se cumple en agosto el tercer centenario+un decenio de esta infamia ), los ingleses conquistaron el Reino de Valencia y Cataluña. Los catalanes aprovecharon entonces para asesinar a los castellanos en masa y violar sistemáticamente a todas las castellanas. Sólo la nobleza del gran general inglés, el conde de Peterborough, impidió que se cumpliera totalmente la programada masacre y la violación. Los propios ingleses tuvieron que ejecutar a veinte catalanes barceloneses para frenar en seco esta barbarie. A propósito de Cataluña, el destino quiso que Carlos II hiciera heredero de su Imperio a un borbón, porque si hubiera optado por el Archiduque Carlos es seguro que la Guerra hubiera hecho de Cataluña un territorio francés ( quizás lo mismo que Navarra ), pues que la Historia de Cataluña revela que los catalanes sólo han tenido la opción histórica de ser españoles o ser franceses. Del mismo modo que España hubiera quedado desmembrada, con Extremadura y parte de Galicia en manos de Portugal, y gran parte de Andalucía y Canarias en manos de los ingleses.
Pero el nieto de Luis XIV se sostenía por el afecto de la nación castellana, que tiene a orgullo ser fiel, y que persistió hasta el final en su elección. La constancia de los castellanos y los errores de los enemigos conservaron la corona a Felipe V. El pueblo amaba a Felipe porque lo había elegido, y a su mujer, hija del duque de Saboya, por la solicitud que ponía en agradarle, su intrepidez superior a la de su sexo y su constancia activa en la desgracia. Ella misma iba de ciudad en ciudad a animar los corazones, a excitar las actividades y recibir las donaciones que le llevaban las gentes. De esta manera, proporcionó a su marido más de 200.000 escudos en tres semanas. Ninguno de los españoles que habían jurado ser fieles traicionó a Felipe. Portugueses, austríacos e ingleses fueron hostigados y vencidos en todas partes de España. España salvó a su rey y con ello a ella misma.