Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 30 de junio de 2014
Quienes visiten el Parlamento británico, al recorrer el Pleno de los Comunes, podrán reparar en una pequeña caja, con tapa de cristal, que se encuentra en el lateral de la bancada de los diputados que sostienen al Gobierno de su Majestad. La misma contiene, separada en función de su procedencia, arena de las cinco playas del desembarco de Normandía (Omaha, Utah, Juno, Gold y Sword). La presencia de esa cajita en el que, por su simbología, es el espacio democrático más importante del mundo nos recuerda la importancia de una jornada –de la que ahora se cumplen setenta años- que marcó el final de la más horrible pesadilla del género humano.
Las vicisitudes de ese día son sobradamente conocidas. Asombra todavía hoy la magnitud de la operación así como sus variadas implicaciones: desde la milimetrada logística y su prodigiosa ingeniería hasta las ingeniosas operaciones de inteligencia para confundir a los defensores. Fue, sin duda, una de las mayores empresas colectivas de la Historia humana y ya sólo por ello merece ser evocada.
Hoy se tiene la sensación general de que el desembarco tenía que salir bien necesariamente, lo que de manera inconsciente provoca que no apreciemos correctamente la magnitud del desafío y, por tanto, del logro alcanzado. Retrocedamos setenta años y poniéndonos en la piel de sus protagonistas seremos más conscientes del drama vivido. El recuerdo del fracasado desembarco de Dieppe de 1942 donde la mitad de los efectivos canadienses fueron muertos o hechos prisioneros, la incertidumbre provocada por una cambiante meteorología que podía dar al traste con todo lo planeado, el peso abrumador de la responsabilidad que rezuma el mensaje escrito por Eisenhower horas antes del comienzo de la operación para el supuesto de un eventual desastre, etc… Nada fue fácil y ese mismo día muchas cosas no salieron bien: inutilidad de los bombardeos navales previos, desembarcos en zonas muy defendidas por efecto de las corrientes y de errores de cálculo, imposibilidad de los tanques de alcanzar las playas al hundirse frente a lo inicialmente previsto, falta del apoyo planeado de los miembros de las divisiones aerotransportadas al ser lanzados en zonas muy alejadas… Asimismo, frente a lo que pudiera pensarse, el éxito de la jornada no aseguraba la consecución del objetivo, como demostraría la dificultad y dureza de las primeras semanas de la lucha en Normandía (aspecto brillantemente descrito por el gran divulgador británico Anthony Beevor), pues hasta casi dos meses más tarde, tras la toma de Cherburgo y la ruptura del frente en Avranches, no se conjuró el peligro de ser arrojados al mar.
Contemplar las fotografías de los rostros de los jóvenes a bordo de las lanchas de desembarco (LCA) aún nos sobrecoge. Ante ello surge una pregunta: ¿cómo muchachos de Kentucky, de Arkansas, de Nevada habían llegado hasta allí y estaban ahora dispuestos a sacrificar sus vidas a miles de kilómetros de sus casas? Ciertamente, además de los estadounidenses el peso de Overlord recayó en Gran Bretaña, y, junto a ello, ha de contarse a canadienses y franceses como protagonistas de la jornada. Pero, justamente el día D ha sido descrito como el rescate del Viejo Mundo por el Nuevo. No puede negarse que Estados Unidos tenía intereses evidentes en llegar a Berlín e inaugurar una nueva hegemonía, pero, por muy tópico que pueda sonar, aquellos niños-hombres no realizaban tales cálculos. Luchaban por una causa que asumían como justa así como por esa misteriosa solidaridad que surge entre los “happy few” evocados en el “Enrique V” de Shakespeare. Los propios liberados lo han sentido siempre de ese modo. Así, en el Noroeste del Hexágono existen unos acres cedidos a perpetuidad a los Estados Unidos por decisión del Estado francés. Son los cementerios que albergan los restos de quienes quedaron allí para siempre, a poca distancia. La visita a los mismos (también a los británicos e incluso a los alemanes allí radicados) debiera ser obligada para todo europeo.
El 27 de septiembre de 1941, apenas tres meses antes de que Estados Unidos entrara en guerra, en la botadura del primer barco clase Liberty, el SS Patrick Henry, el Presidente Roosevelt rememoró las palabras pronunciadas por el patriota virginiano en su lucha contra Jorge III de Inglaterra casi dos siglos antes, “dadme la libertad o dadme la muerte”, señalando que tales barcos habrían de llevar la libertad a Europa. La tarde del 5 de junio de 1944, muchos de esos barcos zarparon de puertos ingleses transportando a miles de hombres con tal cometido. Y bien que lo lograron.