Lunes 30 de junio de 2014
En los tres años que dura el conflicto sirio, más de dos millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, convirtiéndose así en refugiados. Gran parte de ellos no podrán volver a su hogar, bien porque ya no existe, bien por temor a las represalias del régimen de al Assad. Otras 100.000 personas han perdido la vida de forma violenta, a lo que hay que añadir la ingente cantidad de heridos y desaparecidos. Datos todos que conforman un panorama aterrador sin que, hasta la fecha, nadie haga nada al respecto.
Salvo Rusia, claro está -y en menor medida, Irán y China- nadie apoya tamaña barbarie. El apoyo que Putin brinda al régimen de al Assad no tiene fisura alguna, y todo hace indicar que así seguirá. Moscú ha vetado sistemáticamente todas las resoluciones condenatorias de Naciones Unidas contra Siria, argumentando que se trata de un “problema doméstico”. El “problema” de los refugiados, en cambio, traspasa fronteras. De hecho, son otros países como Líbano, Turquía o Jordania quienes han de hacer frente a cientos de miles de personas que huyen de Siria con lo puesto.
Sería interesante que algún país miembro del Consejo de Seguridad de la ONU propusiera una resolución de apoyo a los refugiados por la guerra de Siria, y ver si Rusia es capaz de vetarla también. En todo caso, el drama de los refugiados sirios no se arregla con meras declaraciones; es más, en el actual estado de cosas, la solución se antoja poco menos que imposible.