Alejandro San Francisco | Lunes 30 de junio de 2014
La transición española ha sido, probablemente, una de las experiencias políticas más exitosas de la historia reciente del mundo. Después de medio siglo en el cual había enfrentado la caída de la monarquía, el fracaso de un régimen republicano, los costos humanos y materiales de la guerra civil y finalmente un gobierno dictatorial de casi cuatro décadas, las autoridades y el pueblo español fueron capaces de avanzar por un camino inédito.
Felizmente para los españoles, la tarea emprendida resultó ampliamente exitosa, y así lo han podido disfrutar las nuevas generaciones. Desde 1975, año de la muerte de Franco, hasta el presente, España ha gozado de su etapa más larga de continuidad democrática, así como de la época con mejores condiciones económicas y sociales de su historia; adicionalmente se incorporó a Europa como un socio relevante y ha llevado a cabo un amplio trabajo diplomático y comercial en América Latina. Es casi seguro que muchos jóvenes ni siquiera imaginan cómo era la vida de sus padres y abuelos apenas unas décadas atrás.
Nada de eso se hizo solo. Requirió el concurso valioso de gobiernos y oposiciones, el compromiso decidido de los actores políticos y sociales, la madurez de un pueblo que dejaba de lado las fórmulas maximalistas y las posturas intransigentes. Todo esto, que tuvo varias manifestaciones importantes, se expresó en un documento fundamental que sirvió para darle carácter institucional a todo el proceso: fue la Constitución de 1978, símbolo de la unidad y de la nueva etapa histórica que había comenzado.
Como suele ocurrir, también hubo hechos que pusieron en jaque los logros alcanzados. Seguramente el más importante de todos fue el recordado 23F, cuando la Cámara de Diputados recibió la visita de Tejeros y otros personajes que rechazaban el proceso político y con disparos al aire provocaron que todos los civiles presentes se fueran rápidamente al suelo. Todos menos dos: el presidente Adolfo Suárez y el comunista Santiago Carrillo (el otro era el General Gutiérrez Mellado). Suárez y Carrillo habían concordado la incorporación de los comunistas al sistema democrático –con incomprensiones y costos para ambos– y volvían a encontrarse en un momento sicológico de la transición, mostrando que no querían la vuelta atrás y poniendo sus pechos a la vista de las pistolas. Esa noche irrumpió otro actor fundamental: el Rey Juan Carlos. Escuetamente condenó con claridad el asalto al Congreso y exigió respeto a la Carta Fundamental y marcó un giro en la situación. En los hechos preanunció el fracaso del golpe y con ello se hizo imposible la “regresión autoritaria” de la que hablan los expertos, completando con ello la transición.
¿Por qué recordar hoy ese 23 de febrero de 1981? Sencillamente porque España vive nuevamente un momento sicológico de su desarrollo como país, que coincide con lo que podríamos denominar el fin de la transición, ya no como proceso político, sino como etapa histórica, con sus hombres, con sus temas, problemas, oportunidades, éxitos y fracasos. Parte de esto está asociado a las tres figuras fundamentales que hemos mencionado. El 18 de septiembre de 2012 murió Carrillo, el líder comunista; hace apenas un par de meses, el 23 de marzo, se marchó para siempre Adolfo Suárez. Este lunes 2 de junio, el Rey Juan Carlos anunció su abdicación, a favor de su hijo Felipe. La muerte de los dos primeros y el fin de la jefatura de Estado del primer Rey de la transición marcan en conjunto el fin de una época. ¿Mera coincidencia histórica? Me parece que la cuestión es mucho más profunda, pues estos sucesos coetáneos lo son también con nuevos problemas que en la transición ni siquiera se imaginaron.
Mencionemos algunos. En primer lugar, la crisis económica que afecta a España desde hace un lustro, y que puso un freno importante al desarrollo del país, amplió dramáticamente el paro, significó reducciones en diversos servicios y ha provocado también una desafección hacia la política y hacia quienes han facilitado la crisis. En segundo lugar, en los últimos años han surgido voces importantes al interior de la sociedad española que plantean la necesidad de revisar la Constitución, incluso han sugerido o declarado posturas independentistas en comunidades como Cataluña, retrotrayendo discusiones dolorosas y cuyos resultados son imprevisibles. En tercer lugar, en las elecciones europeas del 25 de mayo pasado, los dos partidos sobre los cuales se ha edificado la gobernabilidad española en las últimas décadas han sufrido un duro revés, y apenas están cerca del 50% de los votos, su peor resultado en años, y ciertamente una nota de alerta para la democracia española. Una especie de 23F civil y democrático contra los partidos grandes, que nos hace esperar para ver quiénes quedarán de pie en la foto y cómo se resolverá la compleja situación.
En este nuevo escenario, en cuanto hemos sabido, no contaremos con la figura del Rey Juan Carlos. Adicionalmente ya se han escuchado algunas voces que ponen en entredicho la monarquía misma, clamando por la adopción de un régimen republicano o promoviendo un referéndum para que el pueblo decida si prefiere monarquía o república. Otro problema más para sumar a la lista, otra variante que se añade a la crisis económica, las corrientes separatistas y las dificultades de gobernabilidad que se avecinan por la crisis de los partidos mayoritarios.
Es que la transición ha terminado –como problema histórico, no como proceso político– y por eso requiere un nuevo diagnóstico, propuestas originales, agresivas intelectualmente, con estándares éticos más altos en el servicio público, más ágiles en un momento de comunicación instantánea y empoderamiento ciudadano. La nueva requiere inteligencia, valentía y talento político, y dejar atrás el pesimismo, la monserga y la incomprensión del tiempo presente.
Cada tiempo tiene sus desafíos, cada época cuenta con sus héroes, cada etapa reclama soluciones prontas y oportunas a sus problemas. Cada vez serán más personas que no hayan visto jamás en vivo una imagen de Carrillo o de Suárez, que no hayan tenido a Juan Carlos como su Rey, y todos ellos quizá les parecerán figuras de una historia tan lejana como incomprensible. Esta será una nueva prueba para España, y hay que saber enfrentarla con grandeza, recuperando lo más valioso del legado de la transición, y a la vez construyendo instituciones con sentido de futuro. Ahí estará el éxito de la generación de la post transición.