Opinión

La abdicación en la historia

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 30 de junio de 2014
En el obsesivo tema –para los historiadores- de los precedentes, el panorama se ofrece en la ocasión presente con notas halagadoras o al menos esperanzadas. La abdicación del César Carlos en el príncipe Felipe no pudo ser más positiva para la monarquía española, en algunas de sus dimensiones capitales. Con el hijo del Emperador, el liderazgo hispano se reforzó hasta hacerse invencible e insuperable. Tiempo adelante, el abandono voluntario del trono por el instaurador de la monarquía borbónica despertó -dadas calidades morales de su primogénito- grandes expectativas, que se vieron, sin embargo, pronto truncadas por su temprano e inesperado fallecimiento en el mismo año de 1724 en el que comenzara su episódico mandato. Bien es cierto que la tercera abdicación registrada en los siglos modernos y contemporáneos de la evolución de nuestro pueblo, la forzada de Carlos IV en su hijo Fernando VII, en el doble lance de Aranjuez-Bayona, no tardaría en descubrirse como desastrada. Décadas posteriores, la resonante abdicación del gran soberano italiano Amadeo I constituyó, innegablemente, una ostensible frustración para el asentimiento de una monarquía auténticamente liberal. La inviabilidad del régimen republicano que le siguiera vino a ser, paradójicamente, un estímulo para una restauración en clave dinástica, pero alejada de la isabelina, errática y delicuescente.

A mayor abundamiento respecto a las abdicaciones verificadas en el exilio de los titulares de la corona, a manera, por ejemplo, de la de Isabel II en París (1874) o la de Alfonso XIII en Roma, tampoco se ofrecen en el gran cuadro de la historia española como desacertadas. Alfonso XII fue, probablemente, el mejor rey que ha tenido el país en las dos últimas centurias perfectamente homologable con los monarcas constitucionales de ejercicio más impecable y brillante; y en cuanto a D. Juan, el D. Juan III para los monárquicos más férvidos y de mayor pedigrí, tampoco cabe albergar demasiadas acerca de la asunción casi modélica de sus responsabilidades en tiempos de acentuadas turbulencias.

La historia, pues, semeja dar su respaldo favorable a la abdicación que suscita en estas horas tanta discusión como inquietud. Sin ningún género de dudas, la frase estereotipada que hace de la juventud actual la más competente en los anales del rico pasado de un viejo y creativo pueblo es, en términos globales, por entero falsa. No obstante, conforme es lógico, entre los muchos ejemplos que refrendan la parcial validez de dicho tópico, se encuentra el de los envidiables conocimientos y excelente preparación que en los diversos ámbitos de la sociedad, la cultura y la economía españolas usufructúa el que será de aquí a unas semanas Felipe VI. Naturalmente, el duro y difícil oficio de reinar, según dijera alguien que conoció hasta sus menores secretos, Luis XIV, no depende, ni siquiera en medida destacable de la competencia técnica e intelectual, si bien ésta es indispensable, sobre todo en un tiempo como el nuestro tan sometido al cambio y a la continua evolución, que exige inexorablemente una cosmovisión muy bien implementada en los que llevan la púrpura del poder en sus máximas dimensiones. Si la monarquía fuera una empresa ningún gabinete de “caza talentos” vacilaría, a la vista de su curriculum, en contratar de inmediato los servicios del Príncipe de Asturias. Si a ellos unimos los dones de talante que convergen en su figura, sería difícil hallar un candidato que encarnase con mayor prestancia y fuerza el anhelo de un reinado repleto de bienandanzas y logros para una de las naciones más viejas e ilustres que han comparecido hasta el momento en el libro de la historia.

Ésta se escribe hoy con caracteres más resaltados que nunca con el protagonismo de la mujer. Así lo corrobora con caracteres que cabe ya calificar de indelebles la actuación de la madre del inminente rey, la reina Dª Sofía, invariablemente a la cabeza de la popularidad delos miembros de la Casa Real. Ojalá suceda así con su sucesora, la ovetense Dª Letizia Ortiz. Comentaristas todo tipo incluyen, empero, aquí una interrogante más o menos subrayada según los criterios y ópticas aplicados a la actividad desarrollada hasta el momento por la todavía Princesa de Asturias. Mas sin enigmas ni cuestionamientos, el futuro perdería su naturaleza más íntima…