Opinión

El Día-D

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 30 de junio de 2014
Este pasado 6 de junio se han conmemorado los 70 años del desembarco de Normandía, que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial en el frente occidental. A las ceremonias han asistido, entre otros, el Presidente de la República Francesa, François Hollande, que ejercía de anfitrión; el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama; la Reina de Inglaterra, Isabel II; el Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin; la Canciller alemana, Angela Merkel; el Primer Ministro de Canadá, Stephen Harper,; el de Australia, Tony Abbott; la Reina de Dinamarca, Margarita II; Philippe, Rey de los Belgas; y los Reyes de Noruega, Harald V, y de Holanda, Willem-Alexander.

Y en esta ceremonia un año más han estado los veteranos, los verdaderamente importantes. Un británico de 89 años ha saltado en paracaídas y al aterrizar le preguntaron qué tal había ido. Este tipo –que peleó a los 19 contra los nazis- afirmó que había sido mejor porque nadie le disparaba. Le vi la cara y pensé en esos miles de europeos, americanos, canadienses, africanos y asiáticos que combatieron contra el mal y lo derrotaron. Cuando vi a este hombre que casi lo ha vivido todo, recordé la historia de Bajo Kaludjerovic, partisano yugoslavo sobre quien escribí aquí en 2009. Existen los héroes, pero normalmente no son como los de las películas, sino como esa gente con la que uno se cruza en el metro.

A los nazis los derrotó el formidable, titánico, inhumano esfuerzo del pueblo ruso con sus veinte millones de muertos a las espaldas. Hay cálculos que llegan a veintisiete. En cada país debería existir un lugar que evocase los nombres de Leningrado –con Shostakovich componiendo la Séptima Sinfonía y el director Eliasberg lamentando que su orquesta no podría tocarla por la desnutrición- Stalingrado, Kurstk, Brest, Sebastopol.

El Reich cayó porque contra él se alzaron miles de franceses, belgas, holandeses, noruegos, griegos, albaneses, yugoslavos, polacos, checos… Es cierto que en algunos países hubo colaboracionistas, pero también hubo europeos decentes que salvaron la memoria de nuestro continente y se unieron a las resistencias. Ahí están esos alemanes que, como Joachim Fest, dijeron “no”. Mirad a la Iglesia Confesante, que hizo de su compromiso antinazi la forma de vivir el Evangelio. Mirad los dedos triturados de Jean Moulin, Director del Consejo Nacional de la Resistencia, torturado por Klaus Barbie y muerto mientras iba camino de Berlín con la cabeza destrozada. A los nazis y a sus aliados los derrotó el pueblo de la noche. Los vencieron las mujeres de Corrèze, que evocó Malraux, y el pueblo de Oradour-Sur-Glane. Escuchad el rumor de los partisanos que volaron trenes, destruyeron líneas de comunicación, distrajeron tropas y ayudaron a los paracaidistas. Desde Polonia y el Báltico hasta Grecia, fueron muchos –más de veinte mil- los judíos que resistieron con las armas en la mano la muerte que se cernía sobre ellos. Jamás olvidéis la rebelión del Sonderkommando y la defensa de los gitanos en sus barracones de Auschwitz cuando los nazis fueron a buscarlos.

A Hitler y a sus aliados los vencieron mujeres como Irena Sendler, la enfermera polaca que salvó más de dos mil quinientos niños judíos del ghetto de Varsovia, y militares como Jan Karski, diplomático y militar polaco de Lódz, católico, que vio el horror del Holocausto y volvió para contárselo al gobierno polaco en el exilio, al británico y al estadounidense. Los nazis cayeron porque hubo gente como los daneses de la resistencia que sacaron a los judíos de Dinamarca y, por eso, ostentan –como colectivo- el título de Justos entre las Naciones. Es el único caso.

Europa se salvó porque miles de estadounidenses pelearon contra unos enemigos que encarnaban la tiranía y el fanatismo desde el Océano Pacífico hasta Berlín. Las mejores generaciones de los Estados Unidos han salvado Europa en dos ocasiones y tampoco eso debería olvidarse en este continente que hace del olvido la peor de sus enfermedades. En esa madrugada del 6 de junio de 1944, comenzó una ofensiva que ya no se detendría hasta la capital del Reich y la derrota total de sus ejércitos. En estas playas que hemos visto en las fotos y que los turistas visitan cada año, lucharon soldados británicos y canadienses. Sobre esta tierra volaron pilotos australianos y neozelandeses, gente que nunca había venido a Europa antes y que llegó para combatir contra un enemigo que amenazaba a todos. La guerra en el frente occidental la libraron también marroquíes, argelinos, senegaleses… y españoles. Aquellos blindados que -al anochecer del 24 de agosto de 1944, a eso de las 21:22 horas- llegaron a la plaza del Ayuntamiento de París, llevaban escritos los nombres que les dieron aquellos españoles que llevaban en pie de guerra contra los nazis desde 1936: Guernica, Belchite, Guadalajara, Brunete, Madrid, Jarama, Ebro, Teruel, Don Quijote. A esos republicanos los habían encuadrado en la IX Compañía -la famosa Nueve- del Regimiento del Chad. La Historia tiene estas ironías. A los españoles los encuadraron en una unidad de africanos.

Es un tiempo propicio para recordar el sacrificio de estos miles de jóvenes europeos, americanos, africanos y asiáticos en la lucha contra el III Reich y sus aliados. La libertad, la democracia, la igualdad, esos valores que se fundan en la dignidad intrínseca de todo ser humano deben defenderse constantemente. En Europa, en los últimos años, estamos viendo cosas realmente inquietantes. Los discursos del odio, impregnados de xenofobia, racismo islamofobia, antisemitismo, vuelven a gozar de cierto predicamento. Se vuelve a estigmatizar a colectivos como el pueblo gitano. Ahí está Jobbik en Hungría. El fantasma de Vichy y la colaboración no termina de marcharse y reaparece en el discurso de la extrema derecha francesa.
Pero nada está escrito. Lo importante no es lo que declaren los herederos de los nazis sino lo que hagamos los millones que creemos en otra Europa y que recordamos, en días como el 6 de junio, que Hitler y sus aliados ya fueron derrotados una vez. Este paracaidista que vuelve a saltar a sus 89 años sobre Normandía nos recuerda cómo eran aquellos jóvenes y lo que hicieron.

Ojalá Europa no traicione su memoria.