RESEÑA
Lunes 30 de junio de 2014
Benjamin Black (John Banville): La rubia de ojos negros. Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014.336 páginas, 19,50 €. Libro electrónico: 9,99 €
Quizá a nadie mejor que al flamante ganador del Premio Príncipe de Asturias 2014, recién fallado, le cuadre la expresión “monta tanto, tanto monta”. Porque el escritor irlandés derrocha la misma brillantez bien firme como John Banville o lo haga como Benjamin Black. El jurado del prestigioso galardón, que se suma a otros como el Premio Austriaco de Literatura Europea o el Leteo, se lo ha otorgado a su primera personalidad creadora, la de John Banville, pero la de Benjamin Black no le va a la zaga en merecimientos. Como Banville ha escrito una serie de novelas como, entre otras, El mar, El intocable o Eclipse -publicadas por Anagrama-, donde la reflexión y el impulso lírico, vertidos en una prosa de delicado orfebre, se dan la mano en unas tramas para degustar con calma.
Como Benjamin Black se ha convertido en uno de los más admirados y seguidos autores de novela negra, que cuenta con un sinfín de lectores que esperan con ansiedad su próxima entrega para reencontrarse con el investigador ideado por Black, el doctor Quirke, forense dublinés, protagonista de títulos como El lémur, El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, o En busca de April, publicadas todas en nuestro país por Alfaguara.
En su última novela, La rubia de ojos negros, no será, sin embargo, el doctor Quirke, quien tenga que resolver el enigma ni buscar al culpable del preceptivo asesinato en las narraciones de este género. El detective será aquí nada más y nada menos que Philip Marlowe, el mítico investigador creado por Raymond Chandler, nombre mayor de la novela negra. Los herederos de Chandler le plantearon a Benjamin Black el desafío de resucitar literariamente a Marlowe e idear una intriga a la altura del gran escritor norteamericano. Sin duda, Benjamin Black sale más que airoso del reto.
En La rubia de ojos negros entran en juego como en una partida de ajedrez todos los elementos que consiguen atrapar al lector de principio a fin: una misteriosa desaparición, con muy posible resultado de muerte, un detective con sus dosis adecuadas de cinismo y melancolía, un universo lleno de secretos y, naturalmente, una mujer fatal. La femme fatale, tan manipuladora como bella, es aquí Clare Cavendish, que una veraniega y tediosa tarde, irrumpe en la oficina de Marlowe y le encarga que investigue la sorpresiva desaparición de su antiguo amante, Nico Peterson, un ínfimo representante de actores que apenas logra salir adelante. Estamos en la década de los cincuenta en las calles californianas de Bay City, y Marlowe entra en contacto con una de sus más adineradas familias, fabricante de perfumes, a la que pertenece su seductora clienta, que será la heredera de una enorme fortuna. Una familia que, bajo su dorado barniz, esconde un pasado que, como suele ocurrir, no se puede enterrar, sino que sale a la superficie para interferir en el presente.
La bifronte personalidad de Banville / Black adopta ahora una tercera, la de Raymond Chandler, para servirnos un cóctel explosivo en el que verdades y mentiras, engaños y traiciones, nos sumergen en un mundo tan turbio como fascinante. Porque, como escribe Black, “la mente tiene puertas que insiste en ignorar y en mantener firmemente cerradas hasta que llega un día en que ya no es posible contener lo que hay afuera y las bisagras ceden y las puertas se abren y las cosas más asombrosas salen a la luz a trompicones”.
Por Carmen R. Santos