Joaquín Vila | Lunes 30 de junio de 2014
“Los que llevaban los uniformes eran iguales porque hacían lo mismo: ejecutar el terror con eficacia”. Así relataba el escritor húngaro Sándor Márai, en su libro de memorias “Tierra. Tierra”, la invasión de su patria, Hungría, primero por los nazis y luego por el Ejército Rojo. Hitler y Stalin, los mayores asesinos de todos los tiempos, los líderes del nazismo y del comunismo a mediados del siglo XX, “eran iguales” y demostraron durante la Segunda Guerra Mundial cómo sus Ejércitos seguían al milímetro el guión de los dos regímenes más repugnantes e inhumanos de la Historia: “ejecutar el terror con eficacia”
Sándor Márai, el gran escritor húngaro, autor de novelas tan bellas, absorbentes, emocionantes como “El último encuentro”, “La mujer justa” o “La herencia de Esther”, cuenta en sus memorias que primero fueron los nazis quienes impusieron la represión, la barbarie y el terror cuando ocuparon Hungría. Luego, los soviéticos en la contraofensiva del Ejército Rojo a las brigadas de Hitler que habían intentado conquistar Rusia, en la sangrienta batalla que aplastó al Ejército alemán, incapaz de derrotar al General Invierno y a las aguerridas tropas bolcheviques. Y tanto unos como otros desenmascararon pronto su monstruoso rostro. Los nazis persiguieron y detuvieron, primero a los judíos y luego a todo aquel ciudadano que renegara del déspota régimen alemán. Su destino: los campos de concentración, el asesinato, la represión. La libertad y los derechos humanos fueron aplastados a cañonazos.
Pero, cuando el Ejército Rojo invadió Hungría y los países del Este, la barbarie se diferenció poco de la de los nazis: hombres torturados y asesinados, mujeres violadas, pueblos enteros calcinados, arrasados. Y así conquistaron todas esas naciones, que quedaron atrapadas durante más de medio siglo por el cruel y repugnante régimen comunista.
Sándor Márai, entonces, regresó a Budapest, descubrió su casa reducida a escombros, los seis mil libros de su valiosa biblioteca desaparecidos. Se horrorizó ante la terrible nueva era que comenzaba. Al igual que hicieron los nazis, se perseguía en nombre de la “Única Idea Salvadora.” Y en su país se impuso el sangriento sistema soviético y el saqueo institucionalizado. Al final, al comprender que su mera presencia, aunque silenciada por la censura, avalaba al régimen dictatorial de su país, decidió exiliarse, el precio a pagar para que “no puedan comprarme como individuo”.
Pues con la ocupación soviética de Hungría y con el establecimiento del régimen comunista, Sándor Márai, que se había convertido en un escritor tan famoso y reconocido como Thomas Mann o Stefan Zweig, comenzó a declinar. Tachado pronto por los comunistas de escritor "decadente y burgués", aquel europeo individualista y cosmopolita, de ideales humanistas, jamás pudo plegarse al absolutismo, a la falta de libertad y en 1948 abandonó Hungría definitivamente para exiliarse.
El desmoronamiento político y moral de su patria bajo el yugo comunista y la vida errante que llevó junto a su esposa judía durante las últimas décadas de su vida, al instalarse primero en Italia y luego en Estados Unidos, contribuyeron al aislamiento profesional y personal de Márai.
La vida, la censura de sus obras, el dolor del gran escritor húngaro a mediados del siglo pasado suponen el mejor ejemplo de la crueldad humana cuando el fanatismo se impone. Y las dos ideologías que mejor representan esa crueldad no son otras que el fascismo y el comunismo.
Y ahora que se conmemora el 70 aniversario del épico Desembarco de Normandía, el principio del fin de Hitler, conviene recordar que el mundo se convierte en un infierno cuando las dictaduras fascistas o los regímenes comunistas toman el poder. Poco antes de la conmemoración en las playas francesas del desembarco de las tropas aliadas, se habían celebrado las elecciones europeas, cuyo resultado resulta estremecedor: El Viejo Continente todavía no está a salvo de ese veneno que se inoculó por todo el mundo durante, y después, de la Segunda Guerra Mundial, hasta que el Papa Juan Pablo II y Reagan derribaron el Muro de Berlín.
La extrema derecha en Francia, en Holanda, en Dinamarca y, de algún modo, en Gran Bretaña ha dejado asomar de nuevo su depredador hocico. Y en España, la extrema izquierda. Unos y otros representan lo más abyecto de la Humanidad: el odio y el exterminio de los que no piensan como ellos. La extrema derecha quiere expulsar a los extranjeros como el racismo de Hitler hizo con los judíos, a los que luego gasearía por millones. La extrema izquierda sueña con volver a levantar el muro de Berlín para imponer el absolutismo y aniquilar las libertades, como en Cuba, en Corea del Norte, en China, en Venezuela...
La Historia demuestra que el mundo nunca ha estado a salvo de los iluminados, de los asesinos que se camuflan tras una ideología por perversa que sea. Y nunca lo estará. Además del riesgo del resurgimiento del comunismo y del fascismo, el mundo se enfrenta a otro fanatismo igual de letal: el terrorismo islamista o cualquier otro tipo de terrorismo. España ha sufrido en sus carnes el etarra. Pero todavía hay partidos que lo justifican.
“Podemos”, sin ir más lejos, de la mano del cacareado, chiflado e histriónico Pablo Iglesias, que ha deslumbrado a más de uno, pese a su demagogia y locura política, ha apoyado sin ningún pudor a ETA y ya ha anunciado que su partido se va a unir a Bildu en las manifestaciones a favor de los presos asesinos. La sorpresa electoral, el hombre que está siendo alardeado por muchos resulta un buen ejemplo del peligro que corren España y Europa con la propagación de este tipo de telepredicadores quienes, pese a su demagogia y a su anacrónica y delirante ideología, logran el apoyo de los desesperados y de los analfabetos políticos. Y en este viaje le acompañan los comunistas de IU, los republicanos radicales y secesionistas de ERC, los proetarras de Bildu y algunos otros grupos extremistas. Entre todos ellos han logrado un buen puñado de votos. Por increíble que parezca, millones de españoles les han votado.
No hay que olvidar que Hitler llegó al poder en 1933 tras ganar las elecciones. Pero su sentimiento democrático se desvaneció cuando, poco después de convertirse en canciller, encarceló y aniquiló a todos los diputados de la Oposición. A partir de ahí, Alemania comenzó los preparativos para invadir el mundo e imponer su crueldad. El resultado: más de cincuenta millones de muertos, entre ellos seis millones de judíos. Stalin no le fue a la zaga. Algunos historiadores calculan que el régimen soviético pudo superar con creces esos millones de asesinatos, entre los que murieron torturados o fusilados en los campos de concentración de Siberia y los que cayeron por los puñales de la represión tanto en la Unión Soviética como en los países satélites que ocupó. Solzhenitsyn afirmó que entre 1917 y 1959 habían sido asesinadas 110 millones de personas. Hitler y Stalin “eran iguales: ejecutaron el terror con eficacia”. Y ahora, Europa, setenta años después, todavía no ha escarmentado.
Sándor Márai, desesperado y hundido en el exilio, se suicidó en 1989 disparándose un tiro en la sien con un revólver. Desconocía, paradojas de la Historia, que poco después caería el muro de Berlín, ese muro que ahora algunos quieren volver a levantar.