Lunes 30 de junio de 2014
La incontestable victoria de Abdelfatah al Sisi en la presidenciales egipcias pretende ser un punto y aparte al experimento fallido de los Hermanos Musulmanes en el poder. Apenas un año duró la presidencia de Mohamed Mursi, el primero elegido democráticamente tras la era Mubarak. Sin embargo, el entusiasmo inicial que suscitó su llegada fue enfriándose con rapidez.
La economía seguía sin despegar, la corrupción -demasiado enraizada en las estructuras del país- continuaba erosionando la credibilidad de las instituciones y el riesgo de islamización de la vida pública y privada se hacía cada vez más patente.
Razones lo suficientemente poderosas como para que el pueblo egipcio se echase a la calle a decir que no estaba dispuesto a cambiar una tiranía por otra. Ello explicaría el apoyo popular que obtuvo el golpe de estado dado por un ejército de indudable y tradicional vocación pretorianista. Al Sisi encarna un orden ansiado por la práctica totalidad de la sociedad egipcia. La Liga Arabe no lo ve mal -cada vez se recela más de los islamistas-, y tampoco Occidente. Así las cosas, al Sisi tiene todo en su mano para devolver a Egipto una estabilidad que nunca ha acabado de tener.