Editorial

La retirada de Susana Díaz

Lunes 30 de junio de 2014
Tras los pésimos resultados obtenidos por el PSOE en las recientes elecciones al Parlamento Europeo -clara muestra del rechazo de los electores al rumbo errático que ha ido tomando la formación-, que provocaron la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba, el Partido Socialista está viviendo unos momentos de infarto. Parecía que la celebración de unas primarias para elegir al nuevo secretario general iba a calmar los ánimos. Pero, lejos de ser así, la tormenta no amaina. Primero fue la decisión de Carme Chacón de no concurrir al cargo, y ahora el anuncio de Susana Díaz en la misma línea. Un anuncio que ha pillado por sorpresa y ha despertado una enorme atención mediática, pues todo parecía apuntar a que la actual presidenta de la Junta de Andalucía, que contaba con el apoyo de buena parte de los “barones” del partido, tenía todas las papeletas para ser la próxima inquilina de Ferraz.

Aunque la retirada de la señora Díaz abre nuevas incógnitas sobre el futuro del PSOE -¿habrá más renuncias de candidatos en un remedo, afortunadamente no sangriento, de “Diez negritos”-, y no presagia nada especialmente bueno, en vista de la cierta indefinición que sobre asuntos capitales como la unidad de España mantienen los dos nombres que siguen en la carrera, hay que respetar y valorar su gesto de manera positiva. Su postura resulta sensata, pues quizá, más allá de las razones aducidas por ella, como su compromiso con Andalucía, se haya dado cuenta de que, según su perfil, le resultaría enormemente complicado salir airosa de cuando menos un doble frente cifrado en, por un lado, poner orden en la formación, y, por otro, sacar al PSOE del marasmo y parar la sangría de votos.

Susana Díaz ha estado ligada desde siempre al PSOE andaluz, donde ha ido escalando posiciones con indudable habilidad. Pero otra cosa es el partido a nivel nacional. No es baladí sino muy significativo que Susana Díaz insistiera en la necesaria unidad del partido en las primarias, lo que prácticamente venía a decir que su triunfo estuviera en buena medida casi asegurado, lo que le permitiría, una vez instalada en Ferraz, encontrar un partido pacificado en el que tomar decisiones sin bregar con las presiones de unos y otros. No olvidemos que Susana Díaz llegó a la presidencia del Ejecutivo andaluz, pese a la pantomima de elecciones escenificada, por decisión de su mentor y expresidente andaluz José Antonio Griñán, que dejó todo bien atado y con un partido incondicional a su sucesora.

Asimismo, esa estrechísima ligazón de Susana Díaz con el PSOE andaluz, sin haber desarrollado ninguna profesión ni actividad al margen de él, no es precisamente una característica bien considerada por parte de los ciudadanos. Lo que posiblemente añadiría dificultad a la ya de por sí ingente tarea de levantar el partido y recuperar la confianza de los electores. Una tarea que, en cualquier caso, y sea quien sea finalmente el que la acometa, resulta imprescindible, pues España necesita un PSOE centrado y cohesionado.