Lunes 30 de junio de 2014
La soberanía popular y la democracia residen en el Parlamento. Los españoles votaron a sus representantes, eligieron a los diputados que tienen la tarea de gobernar y legislar. Y son esos representantes quienes tienen la misión y la obligación de defender la Constitución y de defender y cumplir las leyes aprobadas.
Este miércoles, una abrumadora mayoría de la soberanía popular, el 87,68 por ciento, ha votado a favor de la Ley de Abdicación; esto es, de la proclamación de Felipe VI como Rey de España, de la Monarquía Parlamentaria que impulsó Don Juan Carlos, de la Constitución que elaboraron los diputados electos y que apoyó la gran mayoría de los españoles.
Y ésa, y no otra, es la esencia de la democracia. Ni las encuestas, ni las algaradas callejeras, ni las proclamas independentistas tienen el más mínimo valor político. Y los extremistas de Podemos, de IU, de ERC y de otros radicales que se llenan la boca con eslóganes a favor de la libertad, representan un mínimo porcentaje de la soberanía popular. No son demócratas quienes no aceptan la soberanía popular, el resultado de las urnas representado en el Parlamento.
¿Qué harán ahora con sus banderas republicanas? ¿Cómo pueden atacar el resultado de una votación democrática? Pues lo más que probable es que hagan oídos sordos y prosigan con sus algaradas y sus ataques al sistema constitucional, sus ataques a la soberanía popular, sus ataques, en fin, a la democracia. Pues, en realidad, son totalitarios y, por tanto, antidemócratas.
Pero, lo reconozcan o no, han sido aplastados por esa democracia que ellos dicen defender. Y, lo que más les duele, la Monarquía ha derrotado rotundamente a la República. El Parlamento ha demostrado que los españoles están con Felipe VI y no con Pablo Iglesias o Cayo Lara. Pero no hay que soñar: nunca lo reconocerán. Y no cejarán en sus revueltas populares con el fin de alterar la estabilidad y de derrotar a la democracia con sus algaradas. No lo conseguirán. Serán siempre unos marginados, un gueto minoritario y antidemocrático. Y tarde o temprano desaparecerán del mapa político y se comerán sus pancartas. Pues los españoles quieren democracia, libertad, estabilidad. En el siglo XXI, las revoluciones son tan anacrónicas y esperpénticas como Pablo Iglesias, Cayo Lara o Junqueras.