Crítica de ópera
Lunes 30 de junio de 2014
Este miércoles se ha estrenado en el Teatro Real la ópera de Verdi que menos se prodiga en los escenarios, I vespri siciliani, con un elenco de lujo que ha hecho las delicias del público, y con el prestigioso maestro estadounidense James Conlon al frente de la Orquesta y el Coro Titulares del coliseo madrileño y el Coro de la Comunidad de Madrid.
Triunfar en París con una ópera francesa suponía para Verdi no sólo un simple sueño; se trataba, sobre todo, de un reto que, antes o después, estaba dispuesto a afrontar. Desde su juventud, había intentado conseguir un contrato con la Ópera de París y, con el tiempo, la capital francesa, centro del mundo cultural del siglo XIX, se fue convirtiendo en su segundo hogar, gracias a la red ferroviaria que había favorecido los viajes desde su querida patria. Adoraba la ciudad que le permitía vagar sin ser reconocido y fue allí donde se reencontró con Giuseppina Strepponi, la que sería su compañera durante el resto de su vida. Por otra parte, su comprometido carácter le impedía cualquier tipo de acomodamiento – “El artista debe escrutar el futuro”, alegaba Verdi - y, de hecho, cuando empezó a trabajar en I vespri sicilaini, el genial compositor italiano se encontraba en un momento clave de su trayectoria, después de La Traviata y antes de la primera versión de Simon Boccanegra. La oportunidad le llegó, por fin, en 1852, y con unas condiciones inmejorables. No sólo por la elevada suma que se le ofrecía, sino, más importante aún, porque contaría con un reparto estelar, una orquesta y un coro de primera línea, así como con una rica producción. No iba a faltarle, por tanto, nada de lo que exigía la tradición de la grand opéra. Por supuesto, el proceso de creación no resultó fácil. Verdi comprendió enseguida que la verdadera esencia de su anhelado reto consistía en aunar las dos grandes tradiciones operísticas del momento: la intensidad melodramática propia de la italiana con la espectacularidad de la francesa. A pesar de lograrlo, su estreno en París no constituyó el éxito esperado y, poco tiempo después, la obra desapareció de los escenarios parisinos. Fue la versión italiana la que, después de su paso por la Scala, obtuvo un mayor éxito, y la misma sigue siendo, en la actualidad, la más conocida. El maestro Conlon - que ya estuvo en el Real con motivo de la celebración del 70 cumpleaños de Plácido Domingo – ha tenido la oportunidad de dirigir tanto la versión francesa como la italiana y, días atrás, aseguraba en Madrid que no sabría decantarse por una de las dos, ya que ambas tienen “ventajas”. Sólo admitió que la italiana, es decir la que Mortier escogió para el escenario de la Plaza de Oriente, tiene un defecto que no le gusta nada: la traducción no es buena. En todo caso, cualquier versión de esta compleja ópera en cinco actos, que relata los sucesos reales acaecidos en 1282 conocidos como las vísperas sicilianas, que llevaron a la sublevación de los sicilianos contra los invasores franceses, nos recuerda que Verdi es siempre Verdi. Porque en la obra no faltan esplendidas melodías, magníficos coros, soberbios conjuntos y una tensión dramática muy propia de Verdi, quien introduce el drama histórico que exige la ópera francesa sin renunciar a esos temas tan suyos: las relaciones paterno filiales o el sentimiento patriótico. Pero, quizá, lo que mejor sirva para resumir el verdadero peso de esta obra sea otra opinión de James Conlon, el experimentado maestro estadounidense aclamado esta noche por su impecable batuta, en el sentido de que si se tratara de la única ópera del compositor italiano, la misma estaría considerada como una obra de arte, pero “al comparar Verdi con Verdi, adquiere un lugar distinto en la jerarquía”. Algo en lo que siempre se coincide, es en la inmensa complejidad de la obra y, sobre todo, en la dificultad que entraña para las dos principales voces protagonistas, la del tenor y la de la soprano. Aunque la profundidad de los cuatro roles principales exija, de manera especial, que se cuente con un elenco de la más alta calidad. En las dos funciones que aún quedan por subirse al escenario lírico madrileño, a la vista de lo sucedido anoche, eso parece quedar más que garantizado. A pesar de que, justo antes de empezar la función, se anunciara que el tenor italiano Pietro Pretti, se encontraba atravesando un proceso gripal. Por fortuna, el “susto” quedó, finalmente, en nada, porque el propio tenor, a medida que él mismo se veía en buena condición vocal, fue creciendo en intensidad a la hora de interpretar a Arrigo y fue, al término de la velada, quien más aclamaciones de bravo cosechó de un público cada vez más convencido de que, en ocasiones, no se echa de menos la escena. Es más, algún espectador seguro que aún tenía muy fresco el recuerdo de Los Cuentos de Hoffmann y había respirado con alivio sabiendo que esta noche nadie iba a trastocar partituras ni a colocar a los cantantes en posturas imposibles. Solos, frente al atril y pendientes de las señales de Conlon. Y, de hecho, los entusiastas aplausos del público no llegaron únicamente al finalizar la obra. Las interrupciones durante la misma para aplaudir al joven tenor italiano y a sus compañeros de reparto, fueron anoche muy numerosas. Las recibió la soprano norteamericana Julianna di Giacomo, por su papel de la apasionada princesa Elena, así como el barítono italiano Franco Vasallo, por su complejo rol de Guido di Monforte, el padre tirano y principal rival de su hijo, Arrigo; y, muy especialmente, el sólido bajo Ferruccio Furinetto, excelente en su papel de Giovanni di Procida, el revolucionario dispuesto a todo por salvar a su patria del yugo opresor, una muestra más de que Verdi, aunque se pusiera el reto de hacer una gran ópera “a la francesa”, nunca renunció a lo que el maestro Riccardo Muti llamaba la innegable “italianitá de Verdi, que estriba en la pasión, el amor, el silencio, la desilusión, tal vez también la insolencia, la agresividad o la intolerancia”.