Editorial

Santos y el ELN, maniobra electoral

Lunes 30 de junio de 2014
Ha sorprendido que al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, acabe de anunciar su intención de dar comienzo a un proceso de diálogo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), segunda guerrilla colombiana en volumen de efectivos, tras las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Más aún cuando Santos lleva dos años de negociación con las FARC en La Habana, sin que hasta este momento hubieran entrado en consideración el resto de los grupos guerrilleros que hostigan desde distintos frentes a la democracia colombiana. Las razones de esta anomalía se encuentran en la difícil situación en la que Santos se halla ante la inminente segunda vuelta electoral que le permitirá seguir otros cuatro años en el cargo o le expulsará definitivamente de la Casa Nariño. La primera vuelta destrozó todos los pronósticos de los sondeos demoscópicos que le daban como seguro vencedor, siendo rebasado por la mínima por el candidato avalado por Uribe, Óscar Iván Zuluaga.
Ante este sonoro revés, Santos ha tratado de revertir la situación en esta segunda vuelta, atrayéndose por todos los medios el voto de la izquierda. A esta operación electoralista se debe también, sin ir más lejos, la nueva actitud hacia el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, antiguo guerrillero del M-19, organización armada asaltante del Palacio de Justicia de Bogotá, que abandonó las armas para insertarse en el juego democrático y ocupar ahora, por vía de las urnas, la Alcaldía que está justo enfrente del Palacio de Justicia. Santos destituyó a Petro del cargo que había obtenido mediante las papeletas de los votantes. Pero luego lo restituyó en su puesto en un giro inesperado, y ha tratado de ofrecer una imagen fraternal entre ambos ante las cámaras y los flashes de la prensa. Captar el voto de la izquierda, sin representante en esta segunda vuelta, exige quiebros de vodevil de esta índole.

Las FARC han contribuido a esta estrategia de Santos haciendo proclamas favorables a asuntos que hasta ahora consideraban inaceptables. Si el actual presidente pierde la elección, se esfumarán los ventajosos acuerdos que vienen cosechando en su beneficio en La Habana. Los sondeos internos que se manejan hoy en Casa Nariño no deben ser todavía claramente favorables a Santos, cuando este ha lanzado el anuncio de su propósito de entablar negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional, incluso antes de establecer con los guerrilleros las condiciones mismas en las que iniciar el diálogo. Todo ello no revela más que una desesperada necesidad de conseguir todo el voto de izquierdas posible para conjurar el riesgo de que Zuluaga le vuelva a ganar en la ronda definitiva. Hay algo muy preocupante en esta dinámica. Algo tan grave como que la negociación con narcoterroristas con crímenes de lesa humanidad no debería estar sujeta al vaivén de maniobras electoralistas.

El presidente Correa de Ecuador se ha apresurado a aplaudir la iniciativa y se ofrece como anfitrión de los diálogos. La ONU y la Casa Blanca valoran positivamente la propuesta: el objetivo de la paz se sobrepone a otras consideraciones sobre la justicia y la reparación de las víctimas. Si el Ecuador de Correa hubiese sido atacado por el ELN, o si esta organización guerrillera tuviese las manos manchadas de sangre con torturas y asesinatos de norteamericanos, otra sería la respuesta de sus Gobiernos. Santos no se equivoca con la finalidad de la paz, pero sí con el procedimiento. Alcanzar acuerdos con sanguinarios terroristas solo se puede realizar con éxito a partir del consenso con las demás fuerzas democráticas nacionales. Y no a sus espaldas. Ahí radica un déficit democrático que ha puesto a Santos electoralmente contra las cuerdas y le obliga ahora a una sorprendente huida hacia delante que no augura un desenlace feliz.