Martín-Miguel Rubio Esteban | Lunes 30 de junio de 2014
Querido Don Jesús Martín, Alcalde de Valdepeñas, compañeros y amigos todos: Creo que la Concejalía de Educación, con tanta pasión y denuedo pilotada por Don Fausto Marín, me ha elegido a mí, dentro de los compañeros premiados con el Lorenzo Luzuriaga, galardón imposible de mejorar dado quién lleva su nombre, sin duda con más merecimientos que éste que os va a dirigir la palabra tres minutos, para hablar en nombre de estos, que es el grupo de los maestros y profesores aún en activo, el grupo de los que aún instruimos a los niños y adolescentes, los que aún colaboramos en el milagro de la enseñanza, y dedicamos algún tiempo fuera de nuestro horario a algunas actividades extraescolares como el teatro, del que esta ciudad tiene ya clásicos inmortales como Don Francisco Nieva, epónimo de nuestro Instituto. Diríase que la actividad extraescolar o complementaria va implícita en el significado mismo de vocación que tienen las palabras “maestro” o “profesor”. Cuando el gran pedagogo y maestro de pedagogos Lorenzo Luzuriaga se esforzaba durante su exilio en América en buscar trabajo a todos sus antiguos alumnos arrojados de España después de una Guerra Civil, que esperamos haya sido la última, con el que poder vivir honradamente, también estaba cumpliendo una función magisterial, la de seguir amando y preocupándose por sus alumnos, actividad complementaria a las clases de carácter vitalicio en los grandes maestros como don Lorenzo, que tienen como referente, sin duda, al divino Maestro, al Maestro por antonomasia. “Non relinquam vos orphanos, venio ad vos”.
Acaso los hombres que más compasión me inspiran no son los pobres de pecunia, de salud o de gracia, ni los tristes resentidos, ni los huérfanos de amor, sino aquellos que nunca han sentido el yugo blando y eficaz del maestro o profesor. Porque el maestro o profesor, cuando lo es de verdad, algo más que la propia existencia, que la riqueza y la hermosura, nos da la lección de saber andar con responsabilidad por la vida. La vida, que debemos a nuestros padres, puede ser el fruto de unos minutos de fugitiva pasión. Pero lo que nos da el maestro o profesor es el término consciente de una entrega, sin plazos y sin réditos, cuya generosidad no se puede medir con ninguno de los decretos sobre pesos y medidas que acordase la Revolución Francesa. El padre pone siempre, en su infinito amor al hijo, un mínimo de la exigencia de que al menos, una parte de su ternura le sea devuelta en la misma moneda de amor. Nunca sabemos los padres hasta qué punto queremos a nuestros hijos, no sólo para darnos a ellos, sino también para que ellos se den a nosotros, para que ellos nos quieran: y hay, ciertamente, mucho de sublime en esta apasionada y santamente egoísta existencia. Mas el buen maestro y profesor, premiados un año más con el nombre de ese titán de la pedagogía española que fuera Lorenzo Luzuriaga, superior a Pestalozzi, según la genial maestra republicana María Sánchez Arbós, nada piden a cambio de todo lo que dan. Cuanto ha aprendido en las largas noches de esfuerzo, todo lo da en un instante, a quien se lo pida, sin preguntar quién es, sin conocerle, sin pedirle nada a cambio de su don. Yo he sido bendecido con tener la suerte de haber tenido dos grandes maestros a los que ya muertos todavía imploro como dioses Manes familiares. El padre Don Teófilo Ibarreche, claretiano, titánico y tierno como sólo lo pueden ser los vascos, que guió mi infancia y adolescencia en el Colegio, y el zamorano Agustín García Calvo que vertió tanta sabiduría en este pobre recipiente que no lo merecía y que gran parte de ella la ha malbaratado.
El gran maestro o profesor, quizás enseña pocas cosas o las enseña envueltas en una prudencia tal que no quedan adheridas a la mente del discípulo, sino que, después de posarse en él como el leve contacto de un polen, parecen otra vez volar. Este maestro o profesor, el verdadero, no aspira a que nadie piense como él. Es más: lo que quisiera es que se transformase su pensamiento, como en la retorta de un alquimista, en otro pensamiento, al pasar por la mente del discípulo. Su mayor cuidado es conservar la personalidad de los alumnos que tiene a su cuidado, o cuando no existe, crearla. Y la personalidad no se concibe sin originalidad, aun cuando pueda y deba nutrirse de la experiencia de los que le precedieron; mas sólo por una raíz, de puro sutil, inadvertida.
Estos buenos maestros y profesores que han sido galardonados durante estos años, incluido el actual, como mis compañeros Ildefonso, Yolanda y Marisa, y otros no premiados por el mismo motivo, pero que podían haberlo sido también, como Nieves, César, Pedro, Encarni, Cristina o Ana Rosa Lomas, sí tienen, sin embargo, un rasgo común con los padres de nuestros discípulos, que es el amor. Cuanto más nos parezcamos a los padres y a las madres cuando enseñamos, aun con detrimento incluso de la sabiduría académica, mejor fruto daremos. Goethe decía - ¡ y con qué profunda verdad! – que sólo aprendemos de aquél a quien amamos. Y no hay amor menos ciego y más inteligente que el de los niños y adolescentes, que aman a quien de verdad les quiere, aunque les riña, les regañe agriamente, les castigue o les increpe con ceño fruncido. El maestro o profesor verdadero cuando ha enseñado con amor – es decir, con eficacia – y no como quien repite una cantata, experimenta esa sensación de vacío, dolorosa y dulce a la vez. A ningún gran profesor le gusta repetir sus cursos ni sus obras de teatro. Lo que ha dado a los otros ya le parece que no es suyo. Del mismo modo que cuando el hijo no nace muerto, en realidad ya no es de sus padres. Para volver a ser, en verdad, padre, hay que volver a engendrar. Para recrear, hay que reaprender, y no sólo en la fermentada, que brota de los labios purísimos de los alumnos nuevos. De ese tipo de profesores son los que hoy el Excmo. Ayuntamiento de Valdepeñas premia y homenajea. Muchas gracias al AMPA “Cecilio Muñoz Fillol”, por su generosidad al proponernos, muchas gracias al Sr. Concejal de Educación, que me brindó expresar mi amor por la profesión con la que me gano el pan. Y muchas gracias a quienes llamaron estos Premios “Lorenzo Luzuriaga”. Muchas gracias a todos.