Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 30 de junio de 2014
La derrota, la semana pasada, en unas elecciones primarias en Virginia de Eric Cantor, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes (lo que aquí llamaríamos portavoz del grupo parlamentario mayoritario) por un desconocido contendiente, apoyado por el famoso Tea Party, ha suscitado un enorme revuelo en la vida política norteamericana. Como se sabe, por el procedimiento de las primarias abiertas a cuantos ciudadanos lo deseen, este grupo político situado en casi todas las cuestiones en lo que en Europa denominaríamos extrema derecha, se ha “infiltrado” en el Partido Republicano y tiene a algunos de sus miembros desde al menos 2011 en el Congreso, donde ha impuesto un programa populista, ferozmente opuesto a la inmigración y responsable del cierre (shutdown) que paralizó la Administración de los Estados Unidos a principios de este año y forzó la expulsión de varios miles de funcionarios porque no había dinero para pagarles.
El triunfador sobre Eric Cantor es un profesor de economía, David Brat, que se ha gastado “solo” 200.000 dólares, al parecer muy poco según los barómetros americanos, y Cantor, que tenía unas buenas reservas de dinero no las empleó o las gastó en tontos anuncios sin ninguna garra porque pensaba que su victoria en las primarias no corría ningún peligro. Por lo visto, Brat ha contado con el apoyo de una presentadora de radio o de televisión que le ha invitado repetidamente a su talk show, lo que aquí llamaríamos una tertulia, que ha sido determinante en su inesperada victoria sobre eso que se suele denominar “un peso pesado” de la política washingtoniana.Y, además, esas presencias no le costaban dinero. No sería demasiado difícil encontrar paralelismos con la presente situación española, con solo constatar la alegría con que los moderadores de las tertulias (tantas veces tan poco moderados) sacan imágenes de los políticos más marginales, cuando no los invitan personalmente, contribuyendo así a su notoriedad que es siempre el primer paso para un triunfo electoral. Por otra parte, la sorpresa en las primarias ya la experimentó el PSOE cuando Borrell le ganó a Almunia, contra todas las previsiones del aparato socialista. Un aparato que acabó imponiendo su criterio, forzando la retirada de Borrell.
No acabarían ahí las semejanzas entre la situación europea y española y el Tea Party. Aclaremos, antes de nada, que esa última palabra no significa “partido” sino más bien “fiesta” o “reunión” y hace referencia a un famoso acto en Boston con el que se inició la guerra de la independencia de los Estados Unidos. Este grupo tiene como pretensión volver a los orígenes de la nación americana y dirige todo su odio contra la burocracia federal de Washington (lo que ellos llaman el big government), en línea con la concepción jeffersionana que soñaba con una sociedad rural de terratenientes (y esclavos) y con los llamados “derechos de los estados”, de corte netamente antifederalista. Se oponen, indiscriminadamente, al establishment de Washington, a los insiders y a los lobbys que defienden intereses particulares o sectoriales. Son para ellos, lo mismo que por aquí algunos llaman “la casta” y hacen suya una ideología que se podría sintetizar en el “no nos representan”, que tanto se ha oído en estos últimos tiempos y que todo lo cifra en las supuesta “legitimidad de la calle”. Explotan el descontento de los que, aquí o allí, se han visto perjudicados por la crisis, pero no proponen ninguna alternativa realista o factible.
Para The New York Times el Tea Party son “las fuerzas del nihilismo político” y señala que una de las armas electorales del tal Brat era una fotografía en la que su rival Eric Cantor aparecía por razones de su cargo, junto a Obama que, para ellos, era como estar con el diablo. Los más veteranos y más moderados del Partido Republicano están lógicamente preocupados pues se sienten descolocados ante unas bases muy sensibles al populismo barato y demagógico del Tea Party. La derrota de Cantor les ha alterado porque en los últimos meses parecía que el Tea Party estaba en retroceso. Ahora ven que no es así y temen por el futuro del infestado Partido Republicano y por una innecesaria y paralizante radicalización de la política norteamericana.
El sistema de primarias en los Estados Unidos, como mecanismo interno de los partidos para preseleccionar a los candidatos a la presidencia y a otros muchos puestos públicos, es un fenómeno propio del siglo XX, que se fue implantando paulatinamente según los deseos de los diferentes estados de la Unión, y que solo se generaliza en los últimos treinta años del pasado siglo. En un país con unos partidos muy diferentes de los europeos, sin las estructuras tan amplias y extensas como las que poseen los de nuestro continente, sin complejos “aparatos” directivos y que prácticamente solo funcionan como “máquinas electorales”, recurrir a los electores o simpatizantes (allí no hay militantes en el sentido europeo) parecía una opción deseable y que garantizaba un plus de democracia. Dejar atrás la selección (nominate) por parte de caciques locales (bosses) casi totalmente desconocidos que tomaban sus decisiones en “habitaciones cerradas y cargadas de humo”, como escribe un autor, se veía como un progreso indudable.
Pero a medida que el sistema se fue generalizando, se comenzaron a ver algunos aspectos del mismo mucho menos deseables. Las largas campañas americanas exigen de cualquier pre-candidato unas disponibilidades económicas enormes, provenientes de grupos o asociaciones que apuestan por un determinado pretendiente, más que generosamente, con el propósito de obtener futuras ventajas. Como escribe Stephen Graubard (The Presidents. 2004), “el dinero se convierte en el combustible esencial, cada vez más importante…porque los gastos de publicidad en la televisión más los derivados de los viajes aéreos, de la contratación de consultores o asesores y de los expertos en encuestas y elecciones obligan a los que aspiran a la presidencia a conseguir sumas sin precedentes, literalmente inconcebibles en la edad de la pre-TV y del pre-jumbo”. Lo que se dice en esta cita de la presidencia, con las diferencias del caso según el nivel del puesto al que se aspira, se puede afirmar de muchos otros cargos elegidos. No es inusual ver en la prensa americana que tal persona, conocida mucho o poco, y que había expresado su voluntad de competir por un determinado puesto, anuncia a las pocas semanas o meses que se retira porque no ha logrado las indispensables cantidades de dólares. Eso es democracia…para ricos.
Todas las posibilidades de un pre-candidato dependen así de su éxito o su fracaso en las primarias, que cuestan mucho aunque, paradójicamente, en ellas votan muy pocos ciudadanos. El mismo autor citado más arriba escribe, con toda la ironía, que sería “irreverente y ofensivo estimar que el sistema potencialmente crea una nueva mediocridad en la Casa Blanca” ya que se ha consultado a los ciudadanos y se ha derrotado a los odiados oligarcas. Nadie va a negar, porque nadie se atreve, las virtudes de la elección popular (popular choice), a la que es conveniente añadir, desde luego, una agradable presencia en televisión, pues no en vano estamos en una democracia mediática…y muy cara. Quienes hacen estos elogios del sistema de primarias pasan por alto la absolutamente necesaria capacidad de obtener fondos (funds raising) que es la clave de todo el proceso y que excluye a los menos hábiles, menos capaces o menos comprometidos o descarados para esa delicada tarea.
El citado Graubard subraya el espectacular aumento del costo de las campañas, hasta el punto de que los candidatos dedican más tiempo a buscar fondos que a explicar su programa y afirma que “la influencia de los intereses especiales, en vez de disminuir, de hecho crece en importancia”. Y termina señalando que “no es obvio en absoluto que el sistema [anterior a las primarias] que permitió a los delegados de las convenciones [algo parecido a nuestros congresos] designar a hombres tan diferentes como Wilson, Roosevelt, Eisenhower y Kennedy fuera claramente inferior al sistema de primarias que llevó a la Casa Blanca a hombres como Carter, Reagan, Clinton y los dos Bush”.