Opinión

La oportunidad perdida, o no, del republicanismo

Ignacio Fernández Candela | Lunes 30 de junio de 2014
La gran injusticia, de quienes esperan cuarenta años para descubrir que son representantes de un anacronismo inexcusable por mucho que lo pretexten, ha de estar escociendo después de que la soberanía popular haya reivindicado la legitimidad democrática aceptando la abdicación del Rey Don Juan Carlos. Un prolegómeno que dará paso al reinado de Felipe VI, ergo oportunidad perdida frotándose las manos tantos a la espera de un deceso real que permitiera, mediante la algarada popular, instaurar una tercera república, válganos Dios, al estilo de la segunda.

Cuesta imaginar la terrible infelicidad de los que enarbolaban las banderas de lo repúblico sin la aquiescencia de los propios sectarismos radicales llamados a conformar una gran molicie de descontento político, dispuestos a derrocar un "régimen impuesto", en libertad quieran o no quieran entenderlo, que tuvo su continuidad constitucionalista durante cuarenta años. Probablemente se haya perdido fuelle en la reivindicación porque basta una somera reflexión para admitir que, pese a los problemas latentes de corrupción, España es una democracia pese a quien pese.

Durante el debate sobre la abdicación en el Congreso los grandes alardes de la resistencia popular contra el "absolutismo monárquico" quedaron reducidos a la mínima expresión en la calle, con un centenar de nostálgicos de la violencia y la represión que gustosamente revivirían el espíritu aniquilador de las checas. No son malas estas manifestaciones; al contrario, es beneficioso saber quién es quién y por qué hacen lo que hacen. Así estar advertidos de la intención.

El eje de todas estas disidencias estriba en el interés común de codicias dispares unidas por un mismo factor de ambición desintegradora. En algunos casos más estridentes, la república es reivindicada por cuantos tienen mucho que ganar manipulando a la ciudadanía para poder conseguir intereses alejados del beneficio de la mayoría popular. Basta una superficial observación de los elementos divergentes para colegir que sólo se importan ellos mismos y se agrupan para alcanzar dispares objetivos bajo consignas totalitarias y excluyentes.

Algunos dirigentes del extremismo deben de estar todavía rumiando la jugada maestra de la abdicación acaso pensando que aún existía tiempo de preparativos esperando el declive de salud de un monarca que abandonaría el mundo sin ceder la Corona en vida. La estrategia por la paz y el progreso del país ha pillado a muchos con el pie cambiado y seguramente piensan que es un engaño multitudinario a los ciudadanos cuando, en realidad, es un desengaño de una minoría siempre en estado latente de sedición. España no admite tramposos de la política y es capaz de penalizar con la desconfianza a los representantes que la decepcionan, pero tampoco es víctima de la estulticia dejándose llevar por el estruendo de la berrea callejera exigiendo un cambio de régimen.

La sabiduría republicana refrendada antaño por Unamuno, Antonio Machado, Gregorio Marañón u Ortega y Gasset, es una referencia inexistente en los actuales ideólogos de la revolución que pretenden un frente populismo ahorrándose la inteligencia de los teorizadores. Un escaso cinco por ciento de disidencia es un mal consejo para seguir desgastando las gargantas y ocasionando molestias a los ciudadanos que están hartos de populistas demagogias. Hoy en día la política no está en la calle sino en el interés de poder llegar a fin de mes con pacíficas convivencias. Bastante es el periódico batallar para que ningún sectarismo dañino irrumpa en nuestras difíciles subsistencias económicas y sociales.

Existen buenos monárquicos como óptimos republicanos y otros ciudadanos que sólo comulgan con el bienestar que pueda brindar cualesquiera regímenes procuren bienestar más allá de la consigna política. Pero el respeto institucional, basado en la voluntad popular legitimada en sus representantes, ha de prevalecer siempre.

Mientras los más se afanan por resistir los embates propiciados por los dislates y disparates políticos, estos minoritarios espíritus de la derrota jamás se darán por vencidos con todas las que tienen para ganar. Siempre se las apañarán para obtener ventaja porque son capaces de dar ese paso dictatorial que la mayoría aborrece. Viven en otra dimensión a medida de las argucias legales e ilegales para conseguir los propósitos. Padecemos un virus de intransigencia que ha de combatirse con algo más que el sentido común: las leyes están para respetarlas aunque algunos tibios pretendan ignorarlo y otros aprovecharse de ello.

Sin embargo no todo es lo que parece. Lo que se cuece en el PSOE podría ser el pretexto de una crisis interna para reavivar postulados radicalistas que permitirían alianzas futuribles con una extrema izquierda de la que jamás ha recelado. Así sucedió el 11-M con el execrable Pacto del Tinell que posibilitó oscuras maniobras que ahora padecemos como un cáncer secesionista con visos de metástasis.

Muchos dirían ante la biografía política y personal de Rubalcaba que no es de fiar ni cuando parece aceptar responsabilidad de Estado. No deberían engañar las apariencias de normalidad institucional. Es demasiado suculenta la expectativa de un Pacto del Tinell reeditado que permita tomar posiciones de favor para un próximo gobierno de coalición netamente izquierdista; aunque con ello el país termine por hundirse con las ambiciones diversificadas de tanto sectarismo a la búsqueda de ese ansiado cambio de régimen mediante conchabamientos no publicitados, con el fin último de que el Partido Popular no dirija una segunda o tercera legislatura. Porque si Zapatero habló tres años antes del 11-M con la organización terrorista ETA y hoy es respaldada desde las instituciones democráticas, ¿qué impide a un PSOE oscurantista, al estilo de los ocho años del zapaterismo, negociar con el radicalismo izquierdista para hacerse con el poder? Millones de ciudadanos piensan que el juego limpio nunca existió. Olvidamos con mucha facilidad lo sucedido en el pasado reciente y ello puede costar un futuro muy problemático. Persiste mucho maestro del engaño y todavía ignoramos, de tontos que parecemos, cuándo algunos meterán la cuchillada por la espalda con planificaciones muy lejos de la alternancia política.

La cabra siempre tira para el monte y con los antecedentes de traición que han convertido el presente en pura incertidumbre, quizá deberíamos analizar las posibilidades de que el panorama político dé un cambio de raíz para conseguir aquello por lo que han porfiado no pocos estrategas en las sombras.

Así que deberíamos deducir que no es problema para el republicanismo la oportunidad perdida del momento. El oportunismo seguirá vigente como una perpetua estratagema del desgaste que esperará agazapada mejores tiempos donde eclosionar. Con la misma visceralidad a la que se aspira siempre e imponer el cambio de régimen que hoy aparenta negarse con la consolidación de un pacto institucional entre el PP y el PSOE que en el futuro puede que veamos convertirse en papel mojado; tal y como definió antaño la vicepresidenta socialista, María Teresa Fernández de la Vega, al Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que firmó Zapatero en tanto negociaba otros presupuestos ocultos con una hoy triunfalista ETA.

No es aventurado decir que el plan de ingeniería política, iniciado hace una década, sigue de modo inexorable su paciente e indefectible curso. Lo mejor para sus orquestadores es que las víctimas del engaño no parecen querer darse cuenta .