CRÓNICA POLÍTICA
Lunes 30 de junio de 2014
El Congreso de los Diputados ha acogido el acto de proclamación de Felipe VI, que se ha celebrado sin incidentes y en tiempo tras varios días de nervios y preparativos en una Cámara que ha sabido y podido acoger finalmente a los invitados previstos, todos protegidos por un abundante dispositivo de seguridad. EL IMPARCIAL ha pasado la jornada en las tripas del Parlamento.
Las horas previas a la proclamación de Felipe VI transcurrieron atropelladas pero bajo una consigna clara: la seguridad. El perímetro, especialmente nutrido de agentes en los entornos del Congreso de los Diputados y la Plaza de Oriente, ha ocupado la práctica totalidad del centro de Madrid si por tal se entiende presencia policial o controles de identificación o mochilas. La capital, sobre todo los lugares de paso del coche que conducía a los Reyes desde la Carrera de San Jerónimo al Palacio, estaba asegurada por tierra y también por aire, con distintos helicópteros que no bajaron la guardia ni siquiera en la madrugada previa. Y banderas, muchas banderas nacionales en postes de luz y balcones, además de las 100.000 que se entregaron a los ciudadanos que salieron a saludar el revelo en la Corona. El Parlamento llevaba días preparándose para la cita, con reforma incluida. Había de acoger a diputados, pero también a senadores, a presidentes autonómicos, a autoridades de los tres poderes en definitiva. O a Pau Gasol, uno de los centros de atención en la tribuna del Hemiciclo. También a los periodistas, alrededor de 300 sólo en esta sede de los también alrededor de 1.500 acreditados para todo el ceremonial.
En las tripas del Congreso
Si la norma general en las sesiones ordinarias de esta Cámara es que la mayoría llega a última hora, la fecha ha merecido la excepción y desde las nueve de la mañana, hora y media antes del comienzo de los actos, comenzaban a llegar invitados. Uno de los más madrugadores, Alfonso Alonso, portavoz del Grupo Popular. Desde su llegada y durante los siguientes sesenta minutos, entrada permanente de cargos. Unos han optado por entrar directamente al edificio principal o palacio y otros, por aguardar en el patio junto a compañeros o a la prensa. Algunos no han aprovechado para el cigarrillo que acostumbran a fumar en el lugar por la masiva presencia de cámaras. La bancada del Congreso también se ha completado con prontitud y un murmullo incesante la ha ambientado mientras los protagonistas viajaban desde Zarzuela, trayecto que se ha podido seguir a través de dos grandes pantallas en lo alto de la sala. Ahí estaba Gasol, sentado como buenamente podía dado el estrecho margen que regalaba su asiento y sus no tan escuetas piernas. Pero había imágenes más interesantes, desafortunadamente sin poder escuchar su sonido, como la de los ‘barones’ Ignacio González (Comunidad de Madrid), Iñigo Urkullu (País Vasco), Artur Mas (Cataluña) y Alberto Núñez Feijóo (Galicia), hablando de pie y relajados durante la espera. Junto a ellos, algo más serios y sentados, los expresidentes Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. La llegada a la Carrera de San Jerónimo de la comitiva real ha convertido el murmullo en silencio dentro de las paredes del Congreso. Y la entrada de la Reina Doña Sofía y de Doña Elena, el silencio en aplauso. Sonriente y emocionada la primera y sin poder contener las lágrimas la segunda ante la proclamación de su hermano. La Corona de tiempos de Carlos III y que conserva Patrimonio Nacional ha presidido el estrado hasta la entrada de los ocupantes del mismo: los presidentes del Gobierno, el Congreso, el Senado, miembros de la Mesa de estos, los presidentes del Tribunal Supremo y del Constitucional y, tras ellos, con ovación, Don Felipe, Doña Letizia y sus hijas, Doña Sofía y Doña Leonor.
El discurso del Rey
El primero en intervenir, en tono solemne, alto y marcando cada palabra, ha sido Jesús Posada, presidente de las Cortes, que ha reconocido depositar “grandes esperanzas” en la “misión” que tiene por delante el nuevo Rey, al que ha deseado un “fructífero” recorrido antes de instarle al juramento. Felipe VI, ante los presentes y ante los españoles, se ha convertido en jefe de Estado. Y en posesión de tal estatus se ha dirigido a los presentes y a los españoles por primera vez desde que el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó en la medianoche del miércoles al jueves la abdicación de Juan Carlos I. El discurso, de cuatro páginas, ha sido leído con calma y con algo de nervios, que han aflorado cuando Don Felipe ha mencionado por ejemplo a su madre, a la que ha agradecido “una vida de trabajo impecable al servicio de los españoles” y su “dignidad y sentido de la responsabilidad”. Cómo no, agradecimiento a su padre, cabeza de una “generación de ciudadanos que abrió camino a la democracia, al entendimiento entre los españoles y a su convivencia en libertad”. “Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras que comienza el reinado de un rey constitucional”, ha continuado. De hecho, un importante tramo de la ponencia ha estado dedicado a su compromiso con el cumplimiento de sus funciones y al respeto de la Carta Magna, que ha llamado cumplir a todos, con distintos guiños a quien piensa diferente: “En España han convivido históricamente tradiciones y culturas diversas con las que de continuo se han enriquecido todos sus pueblos”. Y ha deseado acuerdos y ha dicho estar abierto a cambios dentro de estos consensos no sólo entre políticos, también entre los españoles: “He sido consciente desde siempre de que la Monarquía Parlamentaria debe estar abierta y comprometida con la sociedad a la que sirve; ha de ser fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos, y debe compartir y sentir como propios sus éxitos y fracasos”. Felipe VI confía plenamente en que “la Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando servicio fundamental a España” y sostiene que él la encarnará “renovada para un nuevo tiempo”. Además, se ha acordado de las víctimas del terrorismo y ha manifestado su “cercanía y solidaridad” con “todos aquellos ciudadanos a los que el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas”. En relación con la corrupción y el derivado descontento, y no sin inspirar en la mente de los presentes a Iñaki Urdangarin, marido de una ausente Doña Cristina, el Monarca ha abogado por "preservar" el "prestigio" de la Institución que ocupa mediante una "conducta íntegra, honesta y transparente". Porque, ha argumentado, "sólo de esa manera se hará acreedora de la autoridad moral necesaria" para el ejercicio de sus funciones. "Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos guíen nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia".
La Puerta de los Leones da comienzo a su tiempo
“Señorías, tenemos un gran País, somos una gran Nación, creamos y confiemos en ella”, ha sentenciado el Rey, que ha abrochado su discurso con una cita de Cervantes en boca de Don Quijote (“no es un hombre más que otro si no hace más que otro”) y dando las gracias en castellano, catalán, euskera y gallego. Posada ha levantado la sesión y acto seguido los ocupantes del estrado han abandonado el Hemiciclo entre aplausos y con un tímido “¡viva el Rey!” del que se desconoce la procedencia, pero que sí ha sido respondido con contundencia por el resto con un “¡viva!”. En la Puerta de los Leones aguardaban a este el himno, un desfile militar y un coche descapotado para saludar a los madrileños y a los venidos desde muy diferentes lugares junto a la Reina, la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía. Acaba un tiempo y comienza otro después de un periodo de transición de 17 días cargados de contenido. Felipe VI será el testigo más elevado de lo que venga en adelante.