Enrique Arnaldo | Lunes 30 de junio de 2014
Una de las virtudes más repetidas en algunos personajes es la falta de confianza, de manera que acostumbran a cambiar sus criterios y convicciones donde vayan o según donde escriban. Ya lo predijo Groucho Marx con su contundente reflexión sobre los principios. Si no les gustan, tengo otros.
Reproduzco el fundamento jurídico tercero de la Sentencia del Tribunal Constitucional 76/1994, de 14 de marzo, de la que fue ponente Carlos Viver Pi-Sunyer: “Sin necesidad de entrar ahora en consideraciones que no vienen al caso acerca del contenido y alcance jurídicos del principio de soberanía, si resulta necesario poner de manifiesto de entrada que el derecho a participar directamente en los asuntos públicos, como todos los derechos que la Constitución establece, no puede sino ejercerse en la forma jurídicamente prevista en cada caso. Lo contrario, lejos de satisfacer las exigencias de la soberanía popular, supondría la imposibilidad misma de la existencia del ordenamiento, a cuya obediencia todos –ciudadanos y poderes públicos- vienen constitucionalmente obligados (art. 9.1 CE)”.
Años después aceptó presidir el denominado Consejo Nacional de la Transición instituido por la Generalidad de Cataluña como think thank para fundamentar jurídicamente el denominado “derecho a decidir”, circunquiloquio que debe traducirse por “derecho a la secesión”. Y donde dijo “digo” fabrica un “diego” consistente en apartarse de la Constitución que en 1994 aseguraba era un límite infranqueable para el ejercicio de los derechos. Como hace decir Jacques Offenbach a Hoffmann: “Es un artista. Por eso su alma es tan singular”.
El mayor ataque al Derecho, al Estado de Derecho, es el creacionismo jurídico consistente en dar la vuelta al calcetín a la norma para hacerla decir cosa distinta y hasta contraria a la que dice y ello al servicio de un interés parciario. Con ello pretenden blanquear ante una ciudadanía manipulada y boquiabierta ese objetivo final para hacerla creer que es legal lo ilegal, para hacerla creer que tiene cabida lo que es contrario a la ley. Esta labor de ingeniería jurídica constructivista es servida por un conjunto de juristas capaces de abominar de los principios que en otro tiempo defendieron ... porque tienen en la cartera otros que en un momento dado les gustan o les convienen más. Y se fuman un puro.
Mientras tanto no nos queda más que la melancolía y vuelvo a los cuentos de Hoffmann, recientemente representada en el Teatro Real: “El amor nos hace grandes y aún más grandes nos hace el llanto”.