Francisco Delgado-Iribarren | Lunes 30 de junio de 2014
Cuenta el historiador total Ricardo de la Cierva que cuando nació el Rey Don Felipe VI su padre dudaba entre llamarle Felipe o Fernando. “Fernando no”, advirtió Franco, “que aún está reciente Fernando VII”. Y se quedó Felipe. Hasta tal punto dictaba el dictador que dictó el nombre de quien había de suceder a su sucesor.
A la Historia de España hay que aproximarse con sentido de la perspectiva y eso lo hizo bien Franco, que no olvidaba a quien siglo y medio antes había entregado la Corona al francés Napoleón. Fernando VII, que transitó de El Deseado a El Felón, derogó la Constitución de Cádiz, persiguió a los liberales y con su torpeza en la sucesión propició las guerras carlistas. Por esas razones, y aunque hizo otras bien, es el Rey de España con peor prensa en nuestro país.
En cambio, los Felipes no salen mal parados en conjunto. Felipe I El Hermoso engendró a Carlos I, lo cual ya es legado; Felipe II El Prudente es, seguramente, el Rey más glorioso de la Historia de España; Felipe III El Piadoso alcanzó la máxima expansión territorial del imperio y Felipe IV El Grande, por esta misma razón, era conocido como el Rey Planeta. Al Hechizado le llamaron Carlos, no Felipe, y la transición de los Habsburgo a los Borbón se pudo culminar gracias a que Felipe V El Animoso ganó una enrevesada guerra. Entre todos los Felipes han reinado unos 155 años (155, como el artículo de la Constitución que algunos dicen que hay que utilizar ya con Cataluña), siendo los reinados del V, del IV y del II, por ese orden, de los más largos.
A mi juicio, la sucesión más interesante desde una perspectiva histórica no es la que va de Juan Carlos I (¿El Demócrata, El Grande, El Campechano?) a Felipe VI, sino la que va de Felipe V a Felipe VI. Aquí la Historia hace una horquilla de tres siglos: 1714-2014. Es decir, los que van de la derrota de Barcelona en la guerra de sucesión al referéndum independentista ilegal convocado por el gobierno autonómico catalán. Si Carlos Marx acertó en algo, acertó en que la historia se repite, primero como tragedia, más tarde como farsa. Todos los analistas políticos solventes, así como los políticos analistas, verbigracia, Durao Barroso, presidente de la Comisión, coinciden en señalar que uno de los retos y claves del reinado de Felipe VI es preservar la unidad de España y, por lo tanto, frenar el proyecto independentista de un sector de la sociedad catalana. Si el Rey sale con éxito de este desafío, seguramente consolidará un largo y pacífico reinado. Si fracasa, se antoja turbulento.
Felipe V El Animoso, el primer Rey De Borbón y el que más ha reinado de la Historia de España, no lo tuvo más fácil. Es verdad que ni Cataluña ni ninguna región española buscaba en esa guerra la independencia, pero sí que las regiones del Este no le reconocían, proclamando como Rey de España a Carlos III de Austria, el archiduque. La cuestión “autonómica”, que terminó con la derogación de muchos fueros, la pérdida de instituciones y la promulgación de los famosos decretos de nueva planta, estaba ya presente en esa guerra. Por eso Felipe VI quiere superar a su predecesor y desde el minuto uno hace hincapié en los “derechos de las autonomías” y en la unidad en la diversidad de España. Felipe V jugaba con más desventajas: empezó a reinar con 17 añitos, y no con 47 como “El Preparado”, era francés de nacimiento y tenía en contra y en armas a potencias internacionales nada despreciables como Inglaterra, Holanda, Portugal y la propia Austria. Para salir vivito y gobernando de semejante berenjenal contó con el apoyo fundamental de su esposa, la adolescente María Luisa Gabriela de Saboya. Por estos paralelismos históricos, me da la impresión de que la Reina Doña Letizia está llamada a desempeñar un papel determinante en la solidez de este reinado.
Y no sólo la Reina, sino todos los españoles. Escribe Ricardo de la Cierva en su Historia total de España: “La victoria final de Felipe V y María Gabriela se ganó en los campos de batalla de España, pero dependió sobre todo de la adhesión popular, un factor moral”. Esta “adhesión inquebrantable y absoluta de la antigua Corona de Castilla” a la que alude el historiador es la que llevó al duque de Vendôme, vencedor en las batallas decisivas de Villaviciosa y Brihuega, a expresar: “Jamás vi tal lealtad del pueblo con su rey”. 300 años más tarde, la lealtad de los españoles, no sólo de los castellanos, sino también de los valencianos, catalanes, aragoneses, baleares, murcianos, andaluces, canarios, extremeños, gallegos, asturianos, cántabros, riojanos, navarros, vascos y madrileños, va a volver a ser clave en el éxito de Felipe VI y en la preservación de la unidad de España.
Antes de pisar nuestra patria, Felipe V recibió de su abuelo Luis XIV de Francia una serie de consejos en el salón de los espejos del palacio de Versalles, donde había nacido. Según De la Cierva: “Debía ser ante todo buen español pero no olvidar su origen francés; tendría que respetar las instituciones españolas, viajar continuamente por sus reinos, sentir y demostrar un gran respeto por la Iglesia, cuyo poder e influencia en España eran decisivos; y acometer una profunda política de reformas para convertir a la retrasada España en un país moderno”. En mi opinión estos luminosos consejos del Rey Sol, adaptados a los tiempos y al ámbito de poder e influencia del nuevo Rey constitucional, son plenamente válidos y vigentes.
Creo que Felipe VI tendrá un éxito total si guarda las virtudes que brillaron en cada uno de sus antecesores homónimos. Es decir, si continúa siendo Hermoso (goza de conocida fama de tal), Prudente, Piadoso, Grande y Animoso. Por amor a España, este humilde columnista, monárquico leal, le desea, Su Majestad, el mayor de los éxitos.