Alejandro San Francisco | Lunes 30 de junio de 2014
El 28 de junio de 1914, hace exactamente un siglo, el mundo empezó a cambiar para siempre. Un asesinato crucial, tremendo y cuyas consecuencias seguramente nadie previó en su momento. Una muerte que sólo era el anticipo de millones de muertes que acompañarían la historia de Europa durante los siguientes cuatro años. El fin de un príncipe heredero que marcaría en realidad el término del propio Imperio Austro-Húngaro. Y la culminación de toda una civilización.
Era domingo por la mañana. Para mayor curiosidad, los príncipes Francisco Fernando y Sofía cumplían su décimo cuarto aniversario de matrimonio, una unión difícil, que tuvo la oposición de la familia del heredero porque la novia no tenía la alcurnia correspondiente. El resultado fue un matrimonio morganático, aunque por amor, y que culminaría casi como un cuento (a la vez de amor y trágico), que se extendió hasta la muerte. Ambos se encontraban de visita en Sarajevo, hasta donde habían llegado en tren.
El atentado fue preparado por una organización de jóvenes anarquistas llamada La Joven Bosnia, que contaba con el respaldo de los terroristas de La Mano Negra. Estos grupos, nacionalistas y contrarios al dominio del Imperio, en medio de un ambiente que durante años había encontrado divisiones, muertes y un futuro inseguro.
Como suele ocurrir en la historia, en este caso se combinaron situaciones previstas con otras sorpresivas, la planificación real y terrorista fue ayudada o contradicha por errores y omisiones. Como dice Christopher Clark en su excelente Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014), "las medidas oficiales en materia de seguridad brillaban por su ausencia". Así lo refleja el hecho de que el heredero y su mujer -ambos muy despreocupados por su seguridad- viajaran en coche descapotable a pesar de las advertencias de un posible ataque terrorista. Eso fue percibido por las organizaciones que perpetrarían el atentado, advertidas de la visita real y de las eventuales posibilidades de éxito.
Primero estalló una bomba detonada por el serbiobosnio Nedeljiko Cabrinovic, quien no tuvo éxito (aunque causó heridos y temor), y rápidamente tomó el cianuro que llevaba para la eventualidad, pero apenas tuvo algunas quemaduras que no lo llevaron a la muerte. El Príncipe señaló que se trataba de un loco, y agradeció las muestras de afecto, "las sonoras ovaciones con que la población nos ha recibido a mí y a mi esposa, más cuando veo en la expresión de la gente el alivio por el fracaso del intento de asesinato". Hubo algunas personas que debían seguir con el atentado, pero fueron derrotados por el miedo, sin que la historia terminara todavía. Había llegado la hora de Gavrilo Princip, el hombre destinado a cambiar la historia.
Todo se dio porque la comitiva, en vez de interrumpir definitivamente el desplazamiento de Francisco Fernando y Sofía, decidió seguir con apenas alguna variación en el programa original. Para peor de males, el coche equivocó el camino de regreso, y se introdujo en la calle Francisco José, donde se encontraba precisamente Princip, más decidido y certero que sus compañeros, quien disparó en un par de ocasiones a corta distancia del Príncipe heredero y su mujer.
"¡Sofía, cariño!, ¡Sofía, cariño! ¡No mueras! ¡Mantente viva por nuestros hijos!", alcanzó a decirle Francisco Fernando a su amada. Cuando le preguntaron si él se encontraba mal, respondió simplemente: "¡Oh, no!", en las que fueron sus últimas palabras. Pocos minutos después ambos morían como resultado del atentado, mientras el asesino intentaba suicidarse, primero con veneno y luego con un disparo, pero el primero no hizo efecto y el segundo no se produjo, porque alguien le detuvo el brazo. Entonces Princip fue detenido, al igual que sus cómplices. Curiosamente, sólo Ilic fue ahorcado, mientras Princip, Cabrinovic y Grabezm fueron condenados a veinte años de trabajos forzados (se salvaron de la muerte por ser menores de edad) y fallecieron en la cárcel de tuberculosis.
Princip, quien sería considerado un héroe nacional, declaró ante el tribunal: "Tratar de sugerir que alguien más allá de nosotros ha instigado este asesinato es alejarse de la verdad. La idea se nos ocurrió a nosotros y fuimos nosotros quienes la llevamos a cabo. Amamos a nuestro pueblo. No tengo nada que decir". La referencia aparece en el capítulo correspondiente del libro de Pedro González-Trevijano, Magnicidios en la historia (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), obra de gran valor histórico y que contextualiza adecuadamente el drama en el que se sumiría Europa en los meses siguientes.
Cuando la Embajada de Austria en Belgrado informó sobre el dramático acontecimiento, incorporó rápidamente el significado político y diplomático del asunto: "Yo todavía no me atrevería a acusar directamente del asesinato al Gobierno de Belgrado, pero indudablemente son responsables de forma indirecta, y los cabecillas deben buscarse no solo entre las masas incultas, sino en el Departamento de Propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores (de Serbia), y entre los profesores universitarios y los directores de periódicos serbios que durante años han estado sembrando el odio y que ahora han cosechado un asesinato". Si las causas había que buscarlas en Serbia, el camino quedaba abierto para la venganza.
Las semanas posteriores fueron vertiginosas, con advertencias y amenazas, intentos de preservar la paz y preparación abierta o velada para una guerra inminente. Como suele ocurrir, las interpretaciones dan para todo. En numerosos lugares se dice que el asesinato del Príncipe Francisco Fernando causó la Primera Guerra Mundial. Es evidente que un tema tan complejo tiene necesariamente una explicación pluricausal.
Sin embargo, es bastante claro que el asesinato de Sarajevo al menos precipitó los acontecimientos que, tal vez, ocurrirían en cualquier caso aunque fuera más tarde y por otros motivos. Austria preparó en las semanas siguientes al magnicidio un ultimátum que tenía algunos aspectos que no serían en modo alguno aceptados por Belgrado. Así ocurría con los puntos 5 y 6 del documento que constaba de diez partes. El punto 5 exigía que el gobierno de Belgrado aceptara la colaboración de organismos de Austria-Hungría en Serbia "para la erradicación del movimiento subversivo dirigido contra la integridad del Imperio"; el punto 6, con la misma orientación, señalaba que organismos delegados por Austria-Hungría tomarían parte en la investigación del crimen. Ambas exigencias vulneraban la soberanía serbia.
El resultado fue el previsto: Serbia no aceptó el ultimátum. Apenas unos días después comenzaría la guerra largamente pospuesta, a la que se sumarían otros gobiernos y sus respectivas potencias, que ahora encontraban una "razón" para sumir a Europa en un baño de sangre. La historia nunca volvería a ser la misma.