Opinión

Lo elemental

Juan José Solozábal | Jueves 15 de mayo de 2008
No es hombre de matices, ni complejidades. Es claro como pocos: de una pieza. Ha dado su palabra, la cumplirá. Perderemos el tiempo diciéndole que no son gigantes, sino molinos. Opondremos a sus ideas, modestos argumentos, esgrimidos desde el sentido común, desde el nivel chato de la realidad. No servirá señalar que no se trata de nada personal, todo lo contrario, que de verdad admiramos su fidelidad a los principios, su capacidad para afrontar, sólo y erguido, el desastre, su capacidad para la inmolación y el sacrificio.

Lo que si nos gustaría decirle al lehendakari es que no se engañe, creyéndose que nos engaña, presentando como bases para el acuerdo que ofrecerá al Presidente Rodríguez Zapatero una simple reformulación de lo que en su día se entendió por absolutamente incompatible con nuestro marco jurídico constitucional. Y que en la reacción presumible del Presidente no hay obstinación, sino congruencia con unas reglas de juego que, como es fácil entender, a quien comprende que la democracia del Estado de derecho es algo más que la vinculación de la autoridad a la legitimidad popular, obligan de modo inevitable.

No nos cabe duda que la democracia y el Estado de derecho nos librarán finalmente de Ibarretxe. ¿Pero no podríamos pedir al lehendakari, además de consecuencia, que alguien legítimamente podría calificar de empecinamiento, algo de prudencia? De verdad, cree el lehendakari, que puede en serio, pedirnos que excepcionemos el orden constitucional que nos hemos dado, para que quepan sus aspiraciones soberanistas, y además por el procedimiento que él establezca. Y que puede hacer tal planteamiento en una situación en la que el apoyo popular a las fuerzas que respaldan su gobierno no se encuentra en un momento, precisamente, de incremento, sino mas bien de descenso y mengua. Y cree de verdad el lehendakari, que, a pesar de su indudable contribución a los éxitos de su propio partido, puede forzar las posibilidades del PNV, sometiéndolo a una enorme tensión, desplazando a quienes apuestan dentro de el por una orientación posibilista y autonomista, e identifican correctamente las aspiraciones de la sociedad vasca con la consecución de la paz y no con aventuras soberanistas.

La elementariedad de las posiciones del lehendakari no concuerda seguramente con la ductilidad que hay que exigir a un político moderno, de quien ha de esperarse capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones. En suma, flexibilidad, que no ha faltado en los líderes del Nacionalismo Vasco desde la Segunda República. La actitud del lehendakari me recuerda, en cambio, a Sabino Arana. Pero los tiempos de entonces eran agónicos y no prósperos para el nacionalismo, como los actuales. Y hasta Sabino Arana fue capaz de rectificar en su famosa evolución final, que denominó, con perdón, “españolista”.

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