Lunes 30 de junio de 2014
El 28 de junio de 1914, en el Puente Latino de Sarajevo –que se llamó Puente Princip durante el periodo de Yugoslavia- el joven Gavrilo Princip mató al heredero del Imperio Austrohúngaro Francisco Fernando y a su esposa mientras visitaban la ciudad. Las autoridades austriacas se habían anexionado Bosnia en 1908 y el príncipe visitaba la vieja ciudad balcánica el Día de San Vito, la efeméride de la derrota serbia en 1389 frente a los turcos en la batalla de Kosovo Polje. La carrera imperialista y armamentística que los grandes imperios habían comenzado a finales del siglo XIX –recordarán el famoso discurso de Lord Salisbury en el Albert Hall de Londres acerca de las “naciones moribundas”- tenía en los Balcanes uno de sus escenarios. Berlín, Viena y Moscú se miraban con recelo. El viejo imperio de los Zares –derrotado en la guerra ruso-japonesa de 1904- pugnaba por mantener su posición en el concierto de las naciones. El Imperio alemán temía una recuperación rusa. Este temor era compartido por el Imperio de los Habsburgo, que recelaban de la joven Serbia y su alianza con Moscú.
Los eslavos del Imperio Austrohúngaro se debatían entre el descontento y la lealtad a un emperador que había reconocido en 1867 como una entidad autónoma al Reino de Hungría pero que seguía sin reconocerles a ellos nada similar. La propuesta del Primer Ministro Belcredi de compensar el peso húngaro con un reconocimiento similar a los eslavos a través de una Bohemia-Moravia autónoma –como recuerda Fejtö- fracasó y se saldó con la dimisión del Ministro ese mismo año de 1867. Mientras Francisco José –que evocará años más tarde el gran Joseph Roth en La Cripta de los Capuchinos- encabezaba su proclamas con la fórmula “A mis pueblos”, Serbia lideraba la aspiración de los eslavos del sur –los yugoslavos- a un Estado propio que se sacudiese el yugo de la dominación que sentían extranjera. Los checos, los eslovacos, los polacos o los croatas vivían, a su vez, sus propios debates entre el nacionalismo y el centralismo imperial. Bosnia era, pues, uno de los puntos de fricción de varios conflictos políticos nacionales e internacionales. Allí, los serbobosnios (ortodoxos), los croatas de Bosnia (católicos) y los bosnios musulmanes vivían el conflicto entre el Imperio, que se había anexionado el territorio, y la nueva Serbia nacida de la lucha contra los turcos.
Así, la guerra no estalló solo porque Gavrilo Princip matase al heredero del Imperio. Los Imperios alemán y Austrohúngaro llevaban mucho tiempo de rivalidad con el Imperio Británico, el Francés y el Ruso. Sería ingenuo no valorar esto a la hora de juzgar el magnicidio cuya centenario se conmemora hoy. Era un tiempo de nacionalismos, belicismo y autoritarismo. Las desconfianzas, la diplomacia de los tratados secretos, las aspiraciones imperialistas y la ceguera política fueron jalonando el camino a un conflicto que cambió la faz de buena parte del planeta y cuyas consecuencias seguimos viviendo hoy. Tomen la Revuelta Árabe que encabezó Lawrence y las aspiraciones de los árabes, o las complejísimas identidades del Líbano o de Siria –ambos territorios del Imperio Otomano- o el Genocidio Armenio, perpetrado durante la Primera Guerra Mundial aunque anticipado, a su vez, por matanzas anteriores. Es como si la Cuestión de Oriente se resistiese a ser resuelta por completo. Ahí está el conflicto de Ucrania, que tuvo un punto de inflexión en la Revolución Rusa y la guerra civil que la siguió. Ahí sigue el debate sobre la ampliación de la Unión Europea.
Y ahí sigue la cuestión balcánica. Las conmemoraciones del asesinato –pródigas en votos por la paz y la reconciliación- han tenido un sesgo político inaceptable para los serbios de Serbia y de Bosnia. El imaginario simbólico y la narrativa “oficializada” –perdónenme la expresión, pero creo que es más precisa que llamarla “oficial” como si nadie hubiese influido en el proceso- presenta una descripción del dominio austrohúngaro en Bosnia que satisface a los croatas y los bosnios de la Federación Croato-Musulmana y culpabiliza a los serbios como si ellos hubiesen sido los responsables del estallido de la guerra con su nacionalismo, su violencia y este crimen que dejó como víctimas al príncipe austriaco y a su joven esposa. La carrera armamentística, la rivalidad alemana y austrohúngara con Rusia y Serbia, el militarismo, la falta de altura política a la hora de resolver los problemas del Imperio… Eso empalidece frente a la caricatura del nacionalista serbio armado que asesina a un príncipe justo y amante de sus pueblos.
Las cosas no son, por supuesto, tan sencillas. Hace algunos meses recordaba en esta misma columna un detalle sobre el que un amigo llamó mi atención. Durante su cautiverio, Princip recibió atención médica durante un tiempo y el médico que lo atendió dejó notas escritas sobre sus conversaciones con él. Según cuenta, Princip hablaba sobre todo de dos asuntos: la lucha contra los Habsburgo y la creación de un Estado para todos los eslavos del Sur, es decir, Yugoslavia. No hablaba de la Gran Serbia ni de que los serbios fuesen a dominar sobre los demás, sino de la independencia de todos ellos del poder de Viena y Budapest. No, Serbia no fue la causante de los males del Imperio ni el magnicidio se consumó para construir la Gran Serbia de la que tanto oímos hablar en las guerras de los 90. Cuando uno escucha a los líderes bosnios musulmanes describir hoy el periodo de dominación austrohúngara sobre Bosnia –con sus ferrocarriles, sus redes de comunicaciones, su “progreso”- es inevitable concluir que uno debe dejar de prestar tanta atención a los políticos y leer más a los historiadores.
Sabemos lo que vino después. En semanas las potencias se habían dividido en dos bandos que combatirían hasta noviembre de 1918. Serbia fue invadida y –contra todo pronóstico- rechazó la primera ofensiva austriaca. El 7 de octubre de 1915 los ejércitos imperiales de Austria y Alemania lanzaron su primer ataque sobre Belgrado. En la confluencia de los ríos Sava y Danubio, donde hoy pasean parejas cogidas de la mano y juegan los niños, el mayor Gavrilovic se dirigió así sus tropas antes de lanzar un contraataque que debía detener el avance enemigo: “¡Soldados! Exactamente a las tres en punto el enemigo será aplastado por vuestra fiera carga, destruido por vuestras granadas y bayonetas. El honor de Belgrado, nuestra capital, no debe ser mancillado. ¡Soldados! ¡Héroes! El alto mando ha borrado nuestro regimiento de sus archivos. Nuestro regimiento se ha sacrificado por el honor de Belgrado y de la patria. Por lo tanto, ya no necesitáis preocuparos por vuestras vidas: ya no existen. Así que ¡adelante!, ¡hacia la gloria! ¡Por el rey y por la patria! ¡Viva el rey! ¡Viva Belgrado!” La carga no bastó para detener el ataque pero la férrea defensa serbia obligó a los austriacos y alemanes a reconocer el heroísmo de los defensores. Cuando cayó la ciudad, el general alemán Von Mackensen ordenó erigir un monumento en el campo de batalla que se conserva aún hoy y reza así: “Aquí yacen héroes serbios”.
La agenda política puede acabar con unas conmemoraciones que deberían tener un propósito constructivo. Los serbios de Bosnia y Serbia se han sentido excluidos de unos eventos que revisan la Historia con un sesgo político. La ausencia de Milorad Dodik, Presidente de la Republika Srpska, la entidad serbia de Bosnia-Herzegovina, simboliza esa exclusión. Por supuesto que el conocimiento avanza, pero el trabajo de los historiadores no debería verse enturbiado por la agenda de los políticos. A veces, me parece que sucede con Serbia lo mismo que sucede con Rusia, aparecen y desaparecen de la Historia de Europa según la coyuntura política o sufren ese doble rasero que les obliga a ser mejores que el resto como si tuviesen que estar disculpándose constantemente y como si las culpas de los hechos pasados se transmitiesen generación tras generación pero solo a ellos, no al resto de los pueblos de Europa.
En el parque de Kalemegdam, la formidable fortaleza turca que se alza en el centro de Belgrado, hay un monumento de gratitud a Francia, que combatió junto a Serbia en la guerra. Su inscripción es sencilla y conmovedora: “Amamos a Francia como ella nos ha amado”. Entre 1914 y 1918, nuestro continente se traicionó a sí mismo y a todo lo que la civilización occidental representa. El “tiempo de ayer” -por utilizar la expresión del inmortal Stephan Zweig- y la alta cultura europea se precipitaron en una espiral de locura y horror que no se detuvo con la guerra sino que condujo al auge de los totalitarismos y a otra guerra, mejor dicho, a otras guerras porque los conflictos tampoco terminaron con la Segunda Guerra Mundial.
La historia debe recordarse. Sin memoria es imposible vivir pero hay que proyectarla hacia el futuro para que nos impulse. Hoy se conmemora un magnicidio que conmovió a Europa entera y al mundo tal como era conocido. Las víctimas se cifran entre quince y diecisiete millones de muertos y de veintidós a veintitrés millones de heridos entre civiles y militares. El conflicto se venía fraguando desde hacía años –ahí están el incidente de Fachoda o las Guerras Balcánicas- y no tuvo una única causa. Es absurdo presentar a Princip y a los serbios como los responsables. Estas simplificaciones de culpar a un pueblo de una conflagración mundial sólo sirven para agravar los conflictos en lugar de resolverlos. La memoria de la guerra debería estar por encima de la agenda política de algunos gobiernos y de algunos políticos. Los serbios –aunque hoy sea una incorrección política decirlo- no fueron los culpables de la guerra.