Los Lunes de El Imparcial

Woody Guthrie: Una casa de tierra

NOVELA

Lunes 30 de junio de 2014
Woody Guthrie: Una casa de tierra. Edición e introducción de Douglas Brinkeley y John Depp. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2014. 272 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 14,99 €

Muchos han disfrutado con la música y las letras de Bob Dylan o de Bruce Springsteen, por poner dos populares ejemplos. Con sus canciones, que hablan de carreteras polvorientas y de bares en los que “cantos rodados” beben cerveza mientras van de ciudad en ciudad, tratando de olvidar vanamente en la nueva las desgracias con que la anterior les obsequió. Canciones y música que saben a hierba del camino y a té hecho al sol. Lo que pocos saben es que las raíces de esa música y de esas letras se hunden en la tumba de Woody Guthrie, el cantante y compositor de la época del Dust Bowl (la ensaladera de polvo), cuando un viento sin piedad barría el Panhandle (el asa de la sartén o la llanura alargada) tejano, la época de la Gran Depresión. Fue entonces cuando los desheredados migraron del Este de los Estados Unidos al Oeste, buscando un trozo de tierra que, en realidad, era un trozo de esperanza. Woody Guthrie puso música a los niños, a las mujeres y a los hombres de esas caravanas, y sobre todo puso voz y música a su amarga y resignada esperanza.

Guthrie nació en Oklahoma en 1912. De ahí pasó a Pampa, Texas, adonde su padre se había marchado en busca de trabajo. De esa época data su interés por la música. En 1929 se casó, y en los 30 se unió, sin su mujer, a una de las comitivas de desheredados que viajaban hacia California huyendo del viento y la miseria de los años de la Dust Bowl. En California, Guthrie se hizo famoso como cantante de folk y lo que se llamó “hillbilly”, canciones de campesinos y montañeses. En su guitarra tenía una inscripción: “Máquina de matar fascistas”.

California, con su sol, sus naranjas, sus campos de almendros y sus factorías de enlatado de pescado era una meca soñada para muchos que huían de la miseria de las ciudades del Este y las llanuras del centro del país, como retrató Steinbeck. Pero los que vivían en esas llanuras, en el Panhandle de Texas y Kansas, tenían que luchar con el viento, un viento árido y frío que se colaba por las rendijas incesantemente, que no daba tregua. Un viento enloquecedor de espíritus. Sjostrom lo retrató en su magistral película The Wind, y Guthrie lo utilizó de solución en la que nadan los protagonistas de su novela, La casa de tierra, recientemente publicada por Anagrama.

La novela de Guthrie, inédita desde 1947 hasta el 2013, año en el que Johny Depp la rescató para publicarla en Harper, es narrativamente muy simple, pero estilísticamente compleja. Trata de una pareja, Tike y Ella May, que viven en el Panhandle en una cabaña de madera ruinosa, continuamente maltratada por el viento, las termitas y otras alimañas. Su sueño es construirse una casa de adobe, de tierra, resistente al viento, barata, cálida en invierno y fresca en verano. En realidad, su sueño es un sueño. La novela se construye alrededor de dos escenas: un coito muy explícito y un parto igualmente claro. Parece que el tratamiento de estas dos escenas fue lo que retrajo a los editores durante más de sesenta años.

El estilo, sorprendentemente, es denso como la melaza, con muchos toques de whisky ilegal de Kansas: es un mantra, es un delirio poético que va de un monólogo encubierto joyceano a listas y acumulaciones muy a lo Dylan Thomas. Y ahí llegamos al apasionante mundo de la influencia, literaria claro: Guthrie, con esta única novela, anterior en cuatro años a On the Road de Kerouac, se instala en un canon que pasa por Steinbeck, luego por Kerouac, y que tiene ramificaciones delirantes en Faulkner y enigmáticas conexiones con un Dylan Thomas que no hizo sus giras norteamericanas hasta 1950. ¿Lo conocía ya Guthrie, nos podemos preguntar? Aunque no fuera así, Woody Guthrie, Dylan Thomas y Bob Dylan forman una de las trinidades de nuestra modernidad. Una casa de tierra es una de sus interesantes rarezas. Un sueño de tierra en la tierra de las casa de madera.

Por José Pazó Espinosa