Opinión

Profesionalización y politización de la Wehrmacht

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 30 de junio de 2014
“Rundstedt se despidió de su Estado Mayor y de sus tropas, y los miembros de aquél se formaron en línea mientras el mariscal subía al coche. Todos los presentes pensaban: “Ahora todo se acabó”. El lancinante comentario que el ayudante del mariscal de campo Von Rundtedt pone en boca de sus principales colaboradores al conocer su relevo del mando supremo de la Wehrmarcht en el frente occidental, dominada ya parte de Alemania por los hombres de Eisenhower y Montgomery, compendia insuperablemente la actitud que el núcleo duro el Ejército alemán mantuvo ante la segunda contienda mundial, que no se daría por resuelta hasta los inicios mismos de la primavera de 1945. (G. Blumentritt, Von Rundstest. El soldado y el hombre. Buenos Aires, 1955, p. 232). Pues, muy lejos de las visiones sesgadas y reduccionistas de su posición como instrumento armado y obsecuente del dictador nazi, fue la conciencia de un desquite o revancha de lo acontecido en la primera el principal motor del ideario castrense, identificado igualmente con una recuperación del liderazgo mundial para su entrañado país. Tras el éxito del desembarco aliado en Normandía y la marcha considerada ya definitiva de su jefe “natural” y más respetado –como encarnación modélica del soldado alemán-, la gran mayoría del generalato y la oficialidad de la Wehrmacht dio por entero esfumado su sueño de victoria ante la conjunción de las fuerzas más aguerridas –las rusas- y mejor dotadas –las anglosajonas-. Glosas como la antecitada revelan con nitidez el profesionalismo al par, por supuesto, que el patriotismo que nutrían el comportamiento íntimo de la que fue durante más de un siglo una de las instituciones clave de la historia y la cultura europeas y, por ende, planetarias. En su desenvolvimiento secular, el nazismo no podía dejar de ser una nota a pie de página, sin que su avasallador influjo llegara a ser siquiera un significativo torcedor de su idiosincrasia. Insigne representante de esta tradición militar fue el ya citado mariscal de campo Von Rundstedt. Su liderazgo moral permaneció invariable a lo largo de la contienda, con poderoso y constante eco en los Estados Mayores y Cancillerías aliadas. Sin pronunciamientos rotundos ajenos a su rocosa modestia y envidiable sentido del honor, garantizó en todas sus responsabilidades un inflexible respeto a las leyes de la guerra y una exquisita solicitud por el cuido y atención a las poblaciones civiles sometidas a las calamidades de una confrontación particularmente sangrienta. Y ello no fue sólo así en Francia, sino de modo singular en Rusia, donde tal comportamiento resultaba más insólito. A la vista de ello se entiende sin esfuerzo que, conciencia viva del genuino espíritu del ejército que modelaran, en sus rasgos más indelebles, Federico II y los grandes guerreros que derrotaron a Napoleón, su ausencia definitiva en febrero de 1945 por desencuentro con Hitler y su halagadora entourage nazi se considerase por los mejores soldados como causa promisoria de la próxima y segura derrota de la Wehrmacht, ganosa en los primeros y deslumbrantes compases de la “guerra relámpago” de llevar de nuevo a su patria a la cima de poder de la que la derribara la primera guerra mundial. Esto es, bien que se produjeran en el clima que precedió al estallido de la segunda defecciones éticas y abdicaciones profesionales en parte de su cúpula, la Wehrmacht se adentró en ella guiada predominantemente por la idea de servicio a los intereses de su pueblo. Un cultivado aristócrata, soldado por raíces ancestrales, permaneció fiel hasta el fin de sus días a su código y conducta, estimados como esencia prístina de la sociedad alemana. También su ejemplo ha de contar a la hora de balances y síntesis, ya que en modo alguno fue único, convergiendo en él la simpatía e identificación de miles de sus conciudadanos sin mezcla alguna de execrables adherencias nazistas. A la fecha, Alemania, junto con España, sigue siendo el único gran país europeo en el que el tema de la “memoria histórica” levanta fantasmas por doquier y vivas discusiones entre los especialistas mismos. Nuestra polémica tiene parámetros propios e intransferibles. Pero aun así, el conocimiento de la realidad cultural alemana hodierna siempre deparará enseñanzas e información de inestimable valor. Cotejos y trasvases habrán de hacerse en dicho campo con suma cautela, mas también con acezante curiosidad. La materia es altamente explosiva y su acceso hoy por hoy ha de restringirse a los profesionales de las disciplinas históricas dotados de un vivo sentido de la responsabilidad.