Opinión

Dos guerras, dos diplomacias

Alejandro Muñoz-Alonso | Martes 01 de julio de 2014
El pasado 28 de junio se conmemoró el centenario del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la doble corona de Austria-Hungría, y de su esposa, la condesa checa Sofía Chotek. Desde hace meses una nutrida bibliografía —de la que nos ocuparemos más adelante- viene aportando nuevos datos y nuevos enfoques que, al menos en parte, modifican o, al menos, matizan el consolidado y aceptado relato “canónico” de aquellos hechos y de la guerra que les siguió que, como siempre, había sido elaborado, fundamentalmente, por los vencedores. Se ha oído con frecuencia estos días pasados que aquel doble asesinato marcó el comienzo de la Primera Guerra Mundial, algo que no es, precisamente, exacto. La guerra no se hizo una trágica y brutal realidad hasta los primeros días de agosto y durante el largo mes de julio -y mientras la diplomacia trataba de quitar hierro al conflicto entre Austria-Hungría y Serbia- no se veía como inminente una conflagración europea, al menos hasta su última semana. Predominaba la opinión de que, en el peor de los casos, la situación quedaría localizada en los Balcanes y que, si se iniciaban las hostilidades, serían de corta duración. En 1912 y 1913 habían tenido lugar las dos guerras balcánicas y no pocos pensaron que, quizás, una breve tercera guerra balcánica podría ser el desenlace de aquella crisis. Por otra parte, la noticia del atentado de Sarajevo, ocupó, lógicamente, un lugar destacado en toda la prensa europea pero su eco duró poco, hasta el punto de casi desaparecer. En Gran Bretaña el interés del público y de los políticos lo acaparaba la cuestión irlandesa. Se discutía en el Parlamento la Home Rule para Irlanda, esto es la autonomía, que dividió profundamente a los conservadores, cuyo sector “unionista” no estaba dispuesto a permitir que a la zona de mayoría protestante, el Ulster, se le aplicara el mismo régimen que a los condados católicos. En algún momento hasta se oyó hablar de la posibilidad de una guerra civil. En París, todos los titulares, los comentarios y, podemos añadir, los cotilleos no se ocupaban de otra cosa que no fuera el asunto Cailloux. La esposa de un importante político de este apellido había asesinado, en su propio despacho, al director del diario Le Figaro, Gaston Calmette, que, desde años atrás, venía atacando a su marido acusándole de corrupción y hasta de germanofilia, lo que en aquel momento, en Francia, era para muchos equivalente a traición. Para darle a todo el asunto un picante sabor, muy francés por otra parte, Calmette se había hecho con las cartas de amor intercambiadas entre Cailloux y su esposa, Henriette, durante la etapa inicial de su romance, cuando ella estaba casada en otro matrimonio del que poco después de divorciaría. La amenaza de publicar aquellas comprometedoras cartas fue lo que impulsó a la impetuosa Henriette a presentarse, el 16 de marzo, en el despacho de Calmette y vaciar sobre él todas las balas de la pequeña pistola Browning que empuñaba. El juicio estaba previsto para el 20 de julio y el todo París estaba mucho más pendiente del mismo que de los problemas derivados del asesinato del archiduque heredero. La guerra no fue inevitable, pero en los seis países que estuvieron implicados en ella desde el primer momento (Austria-Hungría, Serbia, Rusia, Alemania, Francia y Gran Bretaña) los políticos que tenían posibilidades de influir en las decisiones estaban divididos entre belicistas y pacifistas. Las razones de unos y otros eran diversas y complejas y no caben en este artículo. Todas ellas eran emanaciones del nacionalismo radical que imperaba entonces en Europa, para el cual “la causa nacional”, la que fuera, justificaba todos los crímenes y todos los horrores, en línea con la conocida máxima my country, right or wrong. Pero hay algo que me llama la atención y es el contraste entre las actitudes diplomáticas que predominaron en las semanas previas al desencadenamiento de las hostilidades en agosto de 1914 y las que se dieron tres décadas después cuando estalló la II Guerra Mundial. Empecemos por este último caso, más cercano a nosotros en el tiempo. Como todo el mundo sabe, fue la política de apaciguamiento ante Hitler practicada por la Inglaterra de Chamberlain y la Francia de Daladier y que está simbolizada por los acuerdos de Munich, la que animó al dictador nazi al Anschluss o anexión de Austria, a la ocupación de los Sudetes en Chequia, a la posterior desaparición de Checoslovaquia como Estado independiente, por no hablar de la subsiguiente ocupación de casi toda Europa. Cuando Hitler ocupó la zona del Ruhr, desmilitarizada por el Tratado de Versalles, en marzo de 1936, sin que Francia y Gran Bretaña movieran un dedo, aunque en aquel momento su capacidad militar era todavía muy superior a la del dictador nazi, éste percibió claramente que tenía el campo libre para realizar sus planes. Esta política de apaciguamiento, que hoy llamaríamos de “rendición preventiva”, fue la causa inmediata de la II Guerra Mundial. Curiosamente, si analizamos lo que se llamó “la crisis de julio”, previa al inicio de la I Guerra Mundial y que es estudiada en los libros recientemente publicados sobre este momento clave de la historia europea (*), lo que se dio entonces fue un auténtico “Anti-apaciguamiento”. Ninguno de los grandes Estados protagonistas de aquella catástrofe quiso ceder porque temían las consecuencias futuras de aparecer como débiles o temerosos de sus adversarios. Se impusieron el honor nacional y el prestigio internacional entendidos de un modo más bien estrecho. Austria-Hungría no se quiso conformar con una posible solución diplomática a su conflicto con Serbia, cuyos servicios de inteligencia, evidentemente, habían estado al tanto y detrás de Gavrilo Princip y sus cómplices en el atentado de Sarajevo. Por eso, aunque muy tardíamente y ya a finales de julio, envió a Belgrado un ultimátum con algunas cláusulas que ningún Estado soberano podría aceptar. Se trataba de provocar una guerra y, para no pocos en la clase dirigente austriaca, borrar a Serbia del mapa. Fue este ultimátum el desencadenante inmediato de la que habría de llamarse Gran Guerra. Creían que si no utilizaban el instrumento militar, el desvencijado Imperio de los Habsburgo correría el peligro de desmoronarse, lo que ocurrió de todas maneras. Rusia, por su parte, creía que su deber moral, como protectora de los pequeños países balcánicos, eslavos y ortodoxos, pero también su propio interés nacional de gran potencia (con su punto de mira en los Balcanes tras su fracaso en Extremo Oriente frente al Japón), era defender a Serbia y asumir el reto de la guerra con Austria-Hungría que, inevitablemente, conduciría también al enfrentamiento con Alemania. Por su parte este país, la potencia en alza en el continente, había olvidado los sabios consejos de Bismarck que no quería en ningún caso enfrentarse con Rusia, pero que siempre previó la posible revancha francesa, a la que había arrebatado Alsacia-Lorena en la guerra franco-prusiana (1870-71). Según su doctrina, había que evitar a toda costa, en una guerra futura, el doble frente este-oeste, una regla de oro que olvidaron tanto el Kaiser y Moltke, su jefe de estado mayor, como años más tarde Hitler. Alemania en 1914, sin más aliado que Austria-Hungría, se veía forzada a secundar los planes militares, poco reflexivos, de Conrad, el belicista jefe de estado mayor del Imperio habsbúrgico. Los dos imperios germánicos, tratando de sobrevivir como tales, labraron su propia ruina. Francia estaba obsesionada con el enemigo alemán y pensó que había llegado la gran ocasión para desquitarse de la humillación de 1870. Tenía firmada una alianza militar con Rusia (una alianza casi contra natura, entre la única república existente entre las grandes potencias europeas y el régimen más autocrático del continente) y soñaba con aplastar a Alemania con la tenaza franco-rusa. Gran Bretaña fue la más reticente a comprometerse, aunque los belicistas germanófobos del Foreign Office, manejaban la idea de que si se conocía que la primera potencia imperial iba a hacer causa común con sus socios de la Entente, las llamadas Potencia Centrales se lo iban a pensar y hasta se podría evitar la guerra. Pero si Gran Bretaña era todavía, indiscutiblemente, la primera potencia naval, su ejército de tierra dejaba mucho que desear y desde Alemania se reían diciendo que “los acorazados no tienen ruedas”. Sobre este complejo y abigarrado telón de fondo, una incalculable e interminable serie de elementos, como los malentendidos entre los políticos de los diversos países e incluso las divisiones y faltas de entendimiento entre los de un mismo país; las dificultades de comunicación, tan distintas de las de nuestro tiempo y, desde luego, sin “teléfonos rojos” ni nada parecido; la práctica desaparición del llamado “Concierto de Europa” (Austria, Prusia, Inglaterra, Rusia y Francia), especie de “consejo de seguridad” avant la lettre, que había mantenido un compromiso de paz entre las grandes potencias durante el siglo XIX; las ingenuidades de las opiniones públicas, inflamadas de un tosco y suicida nacionalismo… y tantos otros condicionantes, condujeron a Europa a su destrucción, rematada a finales de la primera mitad del desgraciado siglo XX con la aún más mortífera II Guerra Mundial. La diplomacia del honor y la dignidad nacionales fracasó en 1914, como fracasaría en 1939 la diplomacia del apaciguamiento. (*)Entre los libros recientes sobre la I G. M. cabe destacar: Margaret Mac Millan: The War that ended Peace. Profile Books. 2013 (Hay traducción española con el título de 1914. De la paz a la guerra. Ed. Turner). Chistopher Clark: The Sleepwalkers.Harper. 2014. (Hay traducción española con el título de Sonámbulos.Galaxia Gutenberg). Sean Mc Meekeen: July 1914. Countdown to War. Icon Books. 2013. Max Hastings: Catastrophe. Europe goes to War 1914.2013 (Hay traducción española con el título de 1914. El año de la catástrofe. Crítica). Tiene también un obvio interés el libro de Fernando García Sanz España en la Gran Guerra. Galaxia Gutenberg. 2014.