Opinión

Madina se pasa de vueltas

María Cano | Martes 01 de julio de 2014
El PSOE empieza a parecerse al Titanic aquel 14 de abril de 1912. Mientras hace aguas tras chocar con el iceberg de la ausencia de liderazgo desencadenado por la despedida anunciada de Rubalcaba, tres rivales se disputan (uno de ellos casi por sorpresa), la dirección del partido: Eduardo Madina, Pedro Sánchez y José Antonio Pérez Tapias. Este último se ha colado por la puerta de atrás en la contienda al conseguir el sábado, y de forma inesperada, 9.912 apoyos, sólo 38 más de los mínimos exigidos (9.874). Tres rivales. Hasta ahí todo bien si no fuera porque Madina envió el sábado a seis de sus secuaces a Ferraz para que supervisaran el proceso del recuento de votos. Por lo visto, hicieron repetir el recuento una y otra vez hasta las siete de la mañana con la esperanza de que esos 38 votos que convertían a Pérez Tapias en el tercer candidato al puesto deseado desaparecieran como por arte de magia. Cosa que no ocurrió. A Madina le preocupa que la fragmentación del voto le haga perder las elecciones frente a Sánchez, de ahí que prefiriera enfrentarse a solas con él. Pero no fue Pérez Tapias el único motivo de sus desvelos aquella madrugada. Tras su exhibición de desconfianza y recursos, se enfrentó a unos resultados que daban una victoria aplastante a su rival Sánchez, que obtuvo 41.338 avales frente a los 25.238 que logró reunir él. Y tampoco se conformó. Indignado por una presunta conjura de Susana Díaz contra él y pretendiendo demostrar que casi todos esos apoyos de su rival procedían de Andalucía, solicitó que se hiciera público el origen de los apoyos de cada candidato. De nuevo desconfió, de nuevo dio un golpe encima de la mesa y de nuevo se equivocó. Es cierto que Sánchez arrasó en Andalucía (casi el 75 por ciento de los avales emitidos allí apoyaron su candidatura), pero lo que no se esperaba Madina era descubrir que también le venció en el resto de las comunidades autónomas excepto en cinco: Extremadura, Asturias, Cantabria, Cataluña y Murcia. Incluso le ganó en su propia tierra: el País Vasco. Llama la atención su tozudez, además de esa airada desconfianza y esas maneras casi imperativas de acusar sin pruebas. En un clima crispado por las estrecheces, los sacrificios y la angustia, su soberbia y su autoritarismo chirrían aún más justo cuando aumentan las críticas contra el bipartidismo y muchos votantes de la izquierda apoyan nuevas opciones como Podemos (1,2 millones en las europeas, no nos olvidemos). No parece que sea la mejor estrategia a no ser que el electorado le dé lo mismo y esté convencido de que puede ganar porque es mejor que sus oponentes y punto. Y puede que lo piense. Bueno, seguro que lo piensa. Es lo que tiene la soberbia, que no te deja ver más allá de la punta de tu nariz y a partir de ahí se pierde la nitidez y se ve todo feo, deforme y desenfocado. Sobre todo al enemigo o al que uno considera enemigo, que seguramente ni lo sea. Si pierde el próximo día 13 de julio, nunca sabremos si esa derrota era anunciada o si vino determinada por su actuación el pasado fin de semana, pero esperemos que recapacite y reaccione con un gesto noble en vez de exigir un recuento o dudar del resultado.