El desempleo es una anomalía en el sistema económico. Al menos lo es en un sistema económico libre de interferencias, y estable por lo que se refiere a la evolución macroeconómica. Por eso, porque el paro tiene una causa casi siempre en la política económica, la realidad de los trabajadores que se frustran cuando buscan un empleo resulta especialmente lacerante.
Si una idea está en el núcleo del problema económico, esa es la escasez. No tenemos medios suficientes para cumplir todos los objetivos que podríamos imaginarnos. O, dicho de otro modo, nuestros deseos siempre van mucho más rápido que los medios que tenemos para cumplirlos. Por eso la idea de un paro masivo es absurda, porque siempre hay empleos potencialmente productivos para el trabajo. La cuestión, claro está, es el precio; cuál sea el salario que puedan exigir los trabajadores en tal o cual situación económica.
La situación actual es la del final de una larga, muy larga crisis económica. Lo muestran los datos del paro facilitados este martes por Eurostat para la zona euro. La tasa para el mes de mayo se mantiene en el 11,6 por ciento, pero el dato se encuadra en una tendencia a la baja que se observa desde la segunda mitad de 2013. En España, esa tasa de paro fue del 25,1 por ciento; unos niveles fuera de toda medida lógica. Pero se encuadran dentro de una mejora paulatina, pero consistente.
Europa no ha resuelto el problema del desempleo. Su mercado sigue demasiado atomizado. Su oferta laboral no está preparada por completo para las necesidades del momento. Por lo que sus políticas “activas” de empleo y su sistema educativo, sin ser despreciables, han de reconocer un moderado pero evidente fracaso. Europa ha desaprovechado una buena crisis, decía este martes un cínico titular de periódico. Es cierto, en la medida que hemos desaprovechado la oportunidad de replanteárnoslo todo para dar pasos decisivos hacia una mejora.