Somos muchos los que hemos rendido homenaje al filósofo, sociólogo y ensayista, Julián Marías, al cumplirse el centenario de su nacimiento. Ello, a mi modo de ver, en buena parte se debe a que era un hombre bueno y honrado, un verdadero humanista, una mente prodigiosa, un auténtico intelectual. Intelectual porque asumió desde joven una postura crítica, moral y utópica hacia la realidad personal y social; intelectual también porque supo ser fiel a sí mismo, no dejándose arrastrar por modas pasajeras ni por la opresión de nadie, ni siquiera por la ejercida por los poderosos. Y es que era una persona valiente y responsable. De ahí que propusiera como actitud cervantina en calidad intelectual “hacer lo que no trae cuenta ni será agradecido”. A su modo de ver, lo verdaderamente preocupante de la época actual era el fenómeno de “la opresión de las mayorías por las minorías”. No cabe duda de que supo cumplir a la perfección las tareas de discípulo primero, maestro después. Su fidelidad a Ortega y Gasset fue ejemplar, llevando siempre con gran orgullo haber formado parte de la Escuela de Madrid en los años treinta.
Julián Marías jamás perdió su interés por el saber y el conocimiento, y aunque su pasión por defender, a toda costa la verdad, le trajo en no pocas ocasiones serios problemas, no por ello dejó de ser ésta su mejor compañera a lo largo de su intensa y fructífera existencia. Tanto es así que le ilusionaba pensar que quizás algún día la verdad pudiera llegar hasta los que tienen como profesión resistirse a ella. Y es que a Marías le preocupaba especialmente “la profesionalización de la mentira” aunque todavía más su impunidad, la general pasividad con que la mentira en muchas ocasiones es asumida. De ahí su afirmación: “La verdad es lo que ayuda a que la vida sea auténtica. Si uno dice lo que ve, obra con autenticidad”.
Tuve la suerte de conocerle en 1993, a raíz de una entrevista que le hicimos, por aquel entonces, varios jóvenes filósofos profundamente interesados por su obra y pensamiento. Gracias a su talante receptivo, inquieto y juvenil nos resultó relativamente fácil convertir aquella cita puntual en una excusa para vernos con asiduidad y así entablar una profunda y sincera amistad. Solíamos conversar sobre temas de lo más dispares: política, historia, cine, teatro, vida personal... No necesariamente sobre filosofía. Todo le interesaba y a su lado siempre se aprendía algo nuevo. Su admirable memoria y cultura nos permitía conocer multitud de detalles de épocas pasadas, ilustres pensadores, artistas, libros, etc. Julián Marías era, simplemente, un sabio “generoso” porque le gustaba compartir con los demás lo aprendido y vivido. Cuanto más avanzaba en edad, mayor era su interés por los jóvenes estudiantes a los que se acercaba siempre con humildad e interés, sin tratar de impresionar con superfluas y absurdas erudiciones. Nunca olvidaré cómo nos movilizábamos muchos jóvenes, no necesariamente universitarios, cuando el maestro Marías impartía alguna conferencia o daba algún curso. De hecho, su empeño de que la obra de su mujer, Dolores Franco, España como preocupación, fuera reeditada a finales del siglo XX, vino en parte motivado por su apertura a la juventud española actual.
Su profunda vocación docente e investigadora la pudo desarrollar con éxito en diversas universidades americanas y europeas pero en España, por desgracia e injustamente, únicamente pudo ejercerla “fuera de las aulas” gracias a su activa labor como conferenciante y escritor. Era un excelente comunicador. Sus conferencias no dejaban indiferente a nadie. Tanto por su forma de exposición, elocuente, clara y ordenada, como por su contenido, altamente interesante y riguroso, uno salía siempre enormemente enriquecido y gratamente reconfortado. Lejos de dar recetas filosóficas o defender tesis inamovibles, cuando hacía uso de la pluma o la palabra lo hacía para invitar a la reflexión crítica y al pensamiento libre. Tenía el don de motivar, de despertar inquietudes, de animar a todos los que le escuchaban a la búsqueda del saber, del conocimiento de la realidad, sobre todo, de la realidad humana. Si como él mismo proclamaba “es decisiva, tanto en la vida personal como en la colectiva, la capacidad –y la voluntad- de ”, no queda entonces alternativa: sigamos reflexionando, ahora más que nunca, sobre el legado filosófico y cultural que ha dejado tras de sí Julián Marías para así poder mantenerlo vivo y transmitirlo con veracidad a las generaciones venideras.