Por necesidades he vuelto a leer mis fichas sobre dos libros que hace muchos años me gustaron mucho: “Los judeoconversos en España y América” de Antonio Domínguez Ortiz, y el de Julio Caro Baroja: “Inquisición, brujería y criptojudaismo”. En mi panteón privado, esos dos grandes escritores de Historia ocupan un lugar preferente. Además de que con el paso del tiempo no han envejecido sus análisis y sus relatos del pasado, las obras de don Antonio y de don Julio siguen cautivando al lector por la calidad de su estilo formal.
Esos dos libros fueron escritos cuando don Américo Castro (1885-1972) aún vivía, y sus entonces famosas tesis sobre la influencia del judaísmo en la cultura española -y su agria polémica con otro exiliado republicano: don Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984)- estuvieron presentes en los textos de Caro Baroja y de Domínguez Ortiz.
Mi generación aprendió Historia con ellos dos, con un enfoque metodológico distinto al que empleaban Castro y Sánchez Albornoz en su disputa historiográfica sobre “El Ser de España”. Aunque Caro Baroja y Domínguez Ortiz escribían en 1970 de acuerdo con las modernas técnicas científicas de entonces, sus trabajos de investigación histórica no estaban influenciados por las tendencias de la Escuela de los Annales, cuyo ejemplo más influyente fue el libro de Fernand Braudel: “El Mediterráneo y el Mundo Mediterráneo en la época de Felipe II”.
La Escuela de los Annales, que tiene en su haber algunas de las obras históricas mejores del pasado siglo, se caracterizaba por un determinismo socio-económico, claro componente del materialismo histórico, que en aquellos años era predominante. Caro Baroja y Domínguez Ortiz se apartaron de esa visión determinista, y aplicaron en sus estudios históricos el método empírico, con el cual la Historia carecía de sentido previamente definido, en otras palabras, la Providencia -sea la teológica, la económica o la de la lucha de clases- no estaba presente -en aparente paradoja- en los trabajos de Julio Caro Baroja y Antonio Domínguez Ortiz, ambos caracterizados, en términos políticos, como moderados y liberales. John H. Elliott, en su último libro de ensayos publicado en español, se refiere a que no compartía el enfoque de historiadores franceses, como el citado Braudel, o Pierre Vilar, y por eso sintonizó con Domínguez Ortiz, que nunca perteneció formalmente --como Caro Baroja- a la universidad española, y tal vez por eso sus respectivas formaciones estuvieron alejadas de la Escuela de los Annales, cuya influencia provenía de la universidad francesa, y su extensión en España se produjo en ámbitos científicos universitarios.
Leídos cuarenta años después, esos dos libros siguen dándonos argumentos para conocer el pasado, y también para dotarnos de análisis para entender nuestro presente. En mi caso, necesitaba ejemplos históricos sobre el antisemitismo español y europeo, y al mismo tiempo, que me permitieran hablar con alguna solvencia del problema actual de Israel, de la función de los Estados democráticos para superar el racismo, y en concreto, el papel de la Unión Europea en el mismo sentido.
Creo que ahora he visto mejor que hace cuarenta años la conexión de la religión con el surgimiento del Estado moderno. Las Monarquías europeas -la castellana, aragonesa, inglesa, escocesa y francesa, especialmente- fueron asentando su poder en una lucha contra el Imperio y el papado. El proceso se aceleró durante los siglos catorce y quince, en medio de catástrofes como la peste, la Guerra de los Cien Años, el Cisma de Occidente, las múltiples revueltas sociales y políticas, la crisis de la nobleza, en fin, la destrucción del mundo que procedía de los siglos primeros de la Edad Media.
Algunos monarcas, como los de esos países atlánticos europeos, empezaron a actuar con unos poderes que denominaron, muchos años después, “poderes soberanos”. La Monarquía se había convertido en una figura renacentista: era el triunfo de un individuo -el “monos-arjó” (el “único gobierno”) de la literatura política griega-, y el origen de su poder no era el Dios de la Iglesia, sino un Dios hecho a imagen y semejanza de cada rey.
Esos reyes necesitaron que la religión sirviese a sus designios políticos. Castilla, Aragón, Francia, Inglaterra, Escocia, y las demás monarquías emergentes, controlaron la religión, y además, se apoderaron de las riquezas de la Iglesia. La Monarquía hispánica, al igual que la Monarquía francesa, impusieron su soberanía en los obispados, los monasterios, las posesiones de las Órdenes militares cristianas y toda una suerte de bienes eclesiásticos. Como los reyes ingleses tuvieron menos influencia dentro del papado, Enrique VIII (“el defensor de la fe” proclamado por el papa), rompió con la Iglesia católica cuando no pudo hacer lo que sus colegas españoles y franceses.
Pero en sus reinos impusieron la unidad religiosa, terminando con la tolerancia relativa que había imperado en los siglos en los que el papado y la Iglesia eran los poderes supremos en Europa. En Francia, la unidad religiosa costó guerras civiles, y al final, la expulsión de los cristianos reformados. En Inglaterra, católicos y puritanos sufrieron mucho, y tuvieron que emigrar a América. En España, los judíos, y después, los moriscos (islámicos convertidos al catolicismo) fueron expulsados entre 1492 y 1609. Como España no fue una monarquía soberana en todos sus aspectos (entre otros, su negativa a reconocer que la soberanía política no procedía únicamente del Dios católico, lo que entonces se denominaba “maquiavelismo”), la mezcla entre el poder político con la religión oficializada tuvo unas consecuencias negativas que padecemos todavía: un talante exageradamente dogmático y escasamente liberal.