Opinión

Eyal, Gilad, Naftalí y Mohammed

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 06 de julio de 2014

El lunes de esta semana se supo que los jóvenes israelíes secuestrados desde el 12 de junio habían sido asesinados al poco tiempo de su secuestro en Gush Etzion (Cisjordania). Se llamaban Eyal, de diecinueve años, Gilad y Naftalí, ambos de dieciséis. Vivían en Hebrón. Eran inocentes. Si alguien cree que junto a esta frase hay que añadir algún matiz –algo así como “ya, pero eran colonos” o “sí, pero ellos eran parte del conflicto”- tal vez sea mejor que no siga leyendo.


Esos tres jóvenes eran inocentes. No los mataron por nada que ellos hubiesen hecho sino por ser quienes eran: israelíes, judíos, residentes en Hebrón. Esta ciudad, una de las más antiguas del Oriente Medio, tiene un profundo significado en la historia del pueblo judío y es sagrada para el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Allí compró Abraham –a cuyo nombre el judío añade “Abbinu”, que significa “nuestro padre”- la cueva en la que enterrar a su esposa Sara Immenu –“Sara, nuestra madre” y en la que yacer él mismo. Es la llamada Cueva de los Patriarcas, donde están enterrados, además, Isaac, Jacob, Rebeca y Lea. En Hebrón, David fue proclamado rey de Judá, primero, y de Israel después. Ni el tiempo ni las guerras alejaron de Hebrón a los judíos. Este vínculo entre un pueblo y una ciudad se mantuvo por encima de guerras, invasiones y expulsiones. Ni los griegos, ni los romanos, ni los bizantinos, ni los árabes, ni los turcos, ni los británicos lograron separar al pueblo judío de esta ciudad. Es un tiempo muy largo para una historia trágica. En 1929 la judería de Hebrón fue masacrada y 67 judíos murieron a manos de los atacantes árabes. El Estado de Israel ni siquiera se había fundado. No había debate sobre “ocupación” ni territorios en disputa, pero a los judíos ya los mataban por serlo. En 2010 unos terroristas mataron a cuatro judíos de Hebrón que iban camino de Kyriat Arba. Hebrón es uno de los lugares de mayor tensión de la región. Lleva siéndolo mucho tiempo y las agresiones contra los israelíes que viven en la ciudad o en las poblaciones de los alrededores, como Kyriat Arba, son habituales. Aquí, en Hebrón, donde tanta sangre se ha derramado, fueron a aparecer los cuerpos de Eyal, Gilad y Naftalí.


No entraré ahora en el debate de los colonos, la ocupación o los territorios en disputa ni los acuerdos alcanzados, como el Protocolo de 1997. La presencia judía en Cisjordania no necesita de legitimación y es un hecho histórico sostenido a lo largo de más de tres mil años. Hay, sin duda, un conflicto pero hoy no se trata de eso. Ningún conflicto justifica el asesinato de tres inocentes ni la exaltación de sus asesinos –de estos y de otros- que vemos a menudo en Gaza y Cisjordania. Hasta Mahmoud Abbas, Presidente de la Autoridad Palestina –que, desgraciadamente, no sabe escoger entre Hamás y la paz- condenó el secuestro.


A medida que se fue confirmando la identidad de los jóvenes, muestras de dolor se sucedieron por todo Israel y la diáspora. La Comunidad Judía de Madrid convocó una concentración junto a la Embajada de Israel. En distintas ciudades españolas hubo concentraciones y actos de conmemoración por estas víctimas del terrorismo que deben sufrir el doble rasero de justificar por qué no deberían ser asesinadas por mucho conflicto que haya.


El doble rasero: esa salvedad que se introduce cuando se habla de las víctimas israelíes –“bueno, pero eso es distinto…”- o esa atroz necesidad de compensar el sufrimiento de unos y de otros –“los dos bandos han cometido atrocidades”- con la que uno deja su conciencia tranquila porque condena a todos sin más y pasa al siguiente tema.


Tras el hallazgo, siguió la violencia. A las muestras de dolor y el luto por este crimen siguieron los disturbios y los cohetes. Israelíes judíos, árabes israelíes y palestinos se enfrentaron en distintos lugares –Jerusalén entre ellos- y distintos grupos terroristas comenzaron a lanzar cohetes contra las ciudades israelíes desde Gaza, donde gobierna la organización terrorista Hamás, que alcanzó hace poco un nuevo acuerdo con el presidente de la Autoridad Palestina. Para algunos, en este conflicto, son equivalentes una democracia y una tiranía, como si una y otra representasen por igual a los pueblos y tuviesen la misma legitimidad.


El miércoles se produjo un espantoso hallazgo: el cadáver del joven palestino Mohammed Abu Khdeir, de 16 años, residente en Jerusalén Oriental y secuestrado ese mismo día, cuya autopsia reveló que había sido quemado vivo. Esto alimentó, a su vez, la furia entre los palestinos y los árabes israelíes. Como si este fuese el pretexto que necesitaban, muchos comenzaron esas falsas equiparaciones que resultan tan fáciles. “Ahora los judíos han hecho lo mismo con un palestino” como si eso estuviese demostrado y como si eso legitimase el asesinato previo de los tres chicos israelíes. Como si un grupo terrorista israelí hubiese cogido a un palestino en represalia. Como si no se pudiese condenar sin más una muerte solo porque es injusta. Como si ya “estuviese claro” lo que hay detrás de esta atrocidad que aún se sigue investigando.


Mohammed era inocente y nada justifica el asesinato de este adolescente palestino lo haya cometido quien lo haya cometido. Sus responsables deben ser detenidos, juzgados y encarcelados. Tampoco aquí añadiré más porque no hay pretexto ni excusa para este crimen.


Mientras la policía israelí está buscando a los responsables del asesinato del joven Mohammed e investigando las circunstancias del crimen,  siguen cayendo los cohetes en el sur de Israel. Tal vez otro día escriba sobre estos ataques desde Gaza y sobre esas simpatías desconcertantes que despiertan Hamás, la Yihad Islámica y sus amigos entre algunos europeos. Hoy quería escribir sobre otra cosa.


Eyal, Gilad y Naftalí también eran inocentes. Ni vivir en Hebrón, ni ser judío ni nada justifica que los matasen. Mientras sus familias y todo Israel lloraban su muerte –y, junto a ellos, judíos y gentiles de todo el mundo- en Gaza los terroristas aplaudían a los asesinos y lanzaban cohetes contra Israel. Sigue habiendo una diferencia entre una democracia y una tiranía. Sigue habiendo una diferencia entre la razón y la libertad que representa Occidente y la tiranía islamista y terrorista que sufren los palestinos. Israel no tiene a sus ciudadanos como rehenes ni emplaza los arsenales junto a las guarderías y los colegios. Los soldados israelíes no disparan ocultos entre los ancianos y los niños. Ningún cuartel del ejército está situado bajo un hospital como las instalaciones de Hamás y la Yihad islámica. Los padres y madres israelíes lloran por sus hijos pero no enseñan que morir matando es un honor, como hace Hamás en las escuelas de Gaza. Nadie en Israel ha celebrado en las calles ni en otros sitios el atroz asesinato de Mohammed Abu Khdeir, lo haya cometido quien lo haya cometido.


Cuando en Israel apareció un partido político que hacía apología de la violencia –el Kach- la formación fue ilegalizada. Uno de sus partidarios, Baruch Goldstein, mató en Hebrón –de nuevo esta ciudad sagrada y trágica- con un rifle de asalto a 29 musulmanes que oraban en la Tumba de los Patriarcas y luego fue linchado por los supervivientes. El Gobierno israelí condenó la matanza y, entre otras cosas,  prohibió que se erigieran monumentos de exaltación a terroristas.


Hay radicales en todo el planeta. Aquí en España, sin ir más lejos, tenemos como para hacer transfusión. Algunos están en Parlamentos y Ayuntamientos y -como nos sobran- los enviamos incluso más allá de nuestras fronteras. Tenemos algunos por ahí dando vueltas entre Bruselas y Estrasburgo. Israel no es una excepción. Ha tenido un Baruch Goldstein y un Meir Kahane, pero ha reaccionado contra ellos y -en términos cuantitativos- son una minoría irrelevante. El sistema educativo israelí no enseña el odio a los palestinos, a los árabes ni a los musulmanes, sino física, química, matemáticas, tecnología. En el parlamento israelí, hay partidos árabes y su lengua es oficial en las zonas del país donde habitan árabes, por ejemplo en el norte, cerca de la frontera con El Líbano. A Mohammed Abu Khdeir lo han matado uno o varios asesinos y, cuando se descubra quiénes son, nadie exaltará su memoria ni los recordará como héroes. Israel no convierte en modelos de nada a los asesinos.


Los terroristas ya han perdido la guerra aunque puedan cometer crímenes y regar esta tierra con más sangre y más dolor. Hamás, la Yihad islámica y todos sus amigos y aliados podrán seguir alimentando el odio hacia Israel y utilizando a los palestinos como escudos humanos, rehenes y parapetos. Seguirán matando chicos y lanzando cohetes. Nada de eso va a funcionar. Nadie va a conseguir nada asesinando a adolescentes. El pueblo judío ha sobrevivido a la Inquisición y a los pogroms. Ha sobrevivido al Holocausto. Ha construido una democracia estable –la única en la región- librando guerras que no podía perder son pena de ser exterminado. Ha convertido los desiertos en vergeles, como hace Keren Kayemet, ha creado una tierra de libertad donde un hombre puede ser homosexual sin que lo ahorquen o declararse ateo sin que lo lapiden. En Israel hay musulmanes, pero en Gaza y la Autoridad Palestina no puede haber un solo judío sin que eso suponga un “conflicto”. Me sorprende que a casi nadie le sorprenda.


Escribo desde la tristeza más profunda. De algún modo, este dolor es también mío por muchas razones. Como millones de israelíes y como millones de judíos en todo el mundo, quiero la paz entre Israel y los palestinos. No tengo palabras para expresar cómo me gustaría que a los niños palestinos también les enseñasen matemáticas, tecnología, física y química en lugar de odio y violencia. Me encantaría que un joven palestino pudiese declararse homosexual sin ser un proscrito en Cisjordania o un hombre muerto en Gaza. Me gustaría que un asesino fuese considerado un criminal y un culpable en lugar de un héroe cuyo retrato decora las calles. Ojalá las mujeres palestinas gocen algún día de las libertades que disfrutan por igual hombres y mujeres en Israel. No creo en las culpas colectivas ni en los determinismos. Este conflicto terminará algún día y esa esperanza me lleva a seguir escribiendo y hablando.


El pensamiento de la Torah celebra la vida y llora la muerte. Nadie decente ha celebrado ni justificado el asesinato de Mohammed Abu Khdeir. Nadie decente debería celebrar ni justificar el asesinato de Eyal, Gilad y Neftalí. Esta columna hoy eleva una oración por todos ellos.