Opinión

Los vericuetos del populismo

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 07 de julio de 2014

No hace tanto tiempo se pensaba en Europa que el populismo era un fenómeno típicamente latinoamericano en el que había que hallar la causa de que aquel conjunto de países –con escasas y a veces poco duraderas excepciones- no hubieran logrado llegar a los niveles de libertad y prosperidad para los que, en principio, están suficientemente dotados. Se contemplaba esa situación con un cierto distanciamiento y hasta con una perceptible arrogancia porque, desde esta orgullosa Europa, se estimaba que era el fruto de un retraso político y económico y se imponía la obvia conclusión de que, desde luego, ese populismo, forma primitiva, degradada y equívoca de democracia o más bien de pre-democracia, era inimaginable en nuestro modélico continente.

Sin embargo, y desde hace ya algunos años, a lomos, sin duda, de la desbocada crisis económica que tanto estropicio ha producido, es evidente que se está imponiendo en Europa -por supuesto, incluida España- un populismo de la peor especie que ha resucitado las rancias pulsiones de estar contra todo y contra todos; que ha puesto de moda, como un signo de buen tono, cualquier toma de posición “antisistema”; que no disimula su deseo de arrojar por la borda el legado de las “viejas generaciones”, a las que se desprecia y se empuja a un forzado retiro; que tiene como punto primordial de sus programas -si es que esta palabra vale para las ensoñaciones de estos nuevos populistas- un ingenuo adanismo, que encuentra el remedio a todos nuestros males en partir de cero, en un  eterno volver a empezar.

Políticos jóvenes y no tan jóvenes han asumido como propio este populismo que consiste en no tener ideas propias y que descarta arriesgarse a proponer iniciativas que no tengan previamente garantizado el apoyo de un elevado porcentaje de ciudadanos consultados en los sondeos de opinión. Es el “encuestismo” que si llega al poder se transforma en “encuestocracia”, siempre dispuesto, “generosamente” en darle al dios de la política, que no es otro, claro está, que el pueblo, convertido en conjunto de estadísticas, lo que quiere en cada momento. No tiene ningún inconveniente en adaptarse al lenguaje equívoco o confuso que, con entusiasmo, vehiculan los medios de comunicación y las redes sociales, tarea en la que reciben la voluntariosa ayuda de un amplio sector de periodistas que, obsesionados por las menguantes audiencias, hacen también suyo ese populismo. Todos ellos practican ese marxismo (de Groucho) que se sintetiza en la famosa frase: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”…los que usted prefiera, podríamos añadir.

Estamos en aquella situación que ya reflejaba Bertrand de Jouvenel cuando se refería a esos políticos que, cuando ven pasar una manifestación, se suman con entusiasmo a ella, vaya donde vaya y pida lo que pida, eso sí, en primera fila para que se les vea. Y los contraponía al auténtico estadista que cuando ve una manifestación que se dirige al abismo o pide imposibles, es capaz de liderarla, guiarla, impidiendo lo peor. Y ya que hablamos de manifestaciones, vale la pena recordar que este neo-populismo está tratando de sacralizar la supuesta “legitimidad de la calle”, que para ellos se sitúa, faltaría más, por encima de la legitimidad de las instituciones y del Estado de Derecho. Basta reunir en una plaza pública a varios centenares de manifestantes profesionales para concluir que “el pueblo ha hablado”. Aunque todo haya sido poco más que un rebuzno.

Como recordaba hace bien poco un inteligente escritor, Miquel Porta Perales, “la democracia no puede perder la batalla de las ideas”. Y lo decía precisamente en un artículo en que fustigaba a este populismo “que con la intención de construir un mundo mejor, conduce a otro peor”. Por mi parte, dudo de esas buenas intenciones porque en el populismo todo es un enorme engaño al servicio de la voluntad de poder, pero acertaba Porta cuando recordaba un texto de Alcuino de York, que allá por el año 798, criticaba el conocido aforismo medieval, Vox populi, vox Dei, y, con una enorme visión anticipatoria escribía que “la algarabía de la plebe esta cerca de la locura”.

Algarabía rayana en la locura, ínfimo populismo, es lo que se percibe cuando se contempla, por ejemplo, el debate en que, actualmente, se ha metido la izquierda española. Un PSOE, que no sabe cómo salir de la penosa situación (mala gestión y populismo de promesas fáciles e incumplibles) en que le dejó su última etapa de ejercicio del poder, se ha metido en un complicado proceso con primarias para empezar y primarias (o “secundarias”) para terminar, con congreso por medio, sin atender a la crisis de ese sistema electoral basado en primarias que se está sufriendo en el país que lo creó, los Estados Unidos. Se está, por ejemplo, contra el aforamiento –excesivo en España, a todas luces- pero se le confunde con la impunidad, sin explicar en qué consiste. El caso es echar carnaza a la masa gritona. Se están oyendo muchas banalidades y no pocas contradicciones y hasta se utiliza como argumento de marketing electoral la apostura de uno de los candidatos.

Recuerdo un presidente de Brasil, en los años noventa del pasado siglo, Fernando Collor de Melo, que fue elegido, al parecer y como máximo argumento, porque daba bien en televisión y se le reconocía como guapo y elegante. Bush padre le llamó “el Indiana Jones de América Latina”. Le tuvieron que echar del poder por corrupto y mal gestor. Llegar a la cima del poder, en cualquier país, sin haber tenido previamente una experiencia suficiente, un cursus honorum, como decían los romanos, produce estas desagradables sorpresas. Al propio Obama, cuyas cualidades personales no se pueden negar, le acaban de considerar como el peor presidente desde principios del siglo XX. Y es que llegó demasiado pronto. Y esa negativa precocidad se ha notado mucho.

Los tres aspirantes a secretario general del PSOE tienen más coincidencias de las que se pueden percibir a primera vista. Llama la atención su abandono del centro izquierda, como si su campo de batalla fuera esa izquierda radical en que se mueve el de la cola de caballo que, por cierto, si tuviera que pagar la campaña que le están haciendo ciertos medios, incluidos algunos que se auto-sitúan en la derecha, no tendría fondos, ni siquiera con esos millones que dicen que le llegan de Irán o Venezuela. Es una norma elemental de comunicación política       que dar notoriedad a alguien es el primer paso para hacer de él un líder con posibilidades. Hay un viejo dicho que lo expresa: “Que hablen de mí aunque sea mal”. Dejar de pagar la “injusta” deuda pública y establecer una república bolivariana es una fórmula típica del populismo latinoamericano. Pero no hace falta ser profeta para saber que eso no va a suceder aquí, porque esto no es el Caribe. Pero algunos periodistas nos están ensordeciendo con sus gritos de alarma, clamando que viene el lobo y haciéndose eco de sus aullidos. La fascinación de la izquierda más o menos institucional por este fenómeno ectópico pone de relieve su enorme y preocupante despiste.

Creo que a todos los candidatos del PSOE a secretario general se les ha oído decir que no pactarán con el PP “porque ha hecho sufrir mucho a los españoles”. Alguno ha añadido que “ni aquí ni en Bruselas”, ocultando el hecho de que, desde hace años, en Bruselas está vigente un pacto populares-socialistas-liberales, como ahora mismo se acaba de constatar. La Comisión Europea es un “gobierno de coalición” desde hace tiempo, como es lógico en esta Europa diversa y con gobiernos de esas tres tendencias. Alguno quiere suprimir el artículo 135 de la Constitución, que fue una iniciativa del Gobierno Zapatero, aunque ciertamente exigida por la UE. ¿Es que quieren salirse de la Unión? Todo esto es una prueba más de su enorme desorientación, procedente, quizás, como ha subrayado algún experto de que el PSOE no ha llegado todavía a la “socialdemocracia” y no sabe salir del hoyo de un añejo “socialismo” decimonónico. Una palabra esta, socialismo, que  hace algún tiempo el nuevo primer ministro francés, Valls, decía que sería bueno que se borrara del título del partido. Como, por cierto, han hecho ya los italianos. Aquí nadie se atrevería a tanto: Por homenaje al viejo Pablo Iglesias, el fundador, y por miedo –más bien terror- a su actual homónimo.

Mucho más se podría decir de lo que estos aspirantes dicen acerca del federalismo, de la idea de nación, de la supuesta plurinacionalidad de España, de su obsesión laicista, como si estuvieran en un Estado confesional…Pero no vale la pena porque donde dicen digo, mañana pueden decir Diego. El panorama, en suma, muestra una preocupante enanez intelectual, un desprecio por las ideas que es plena garantía de fracaso. Un PSOE es necesario para la estabilidad del sistema porque sería un desastre tener que recurrir a fórmulas tipo “pentapartito” como las que arruinaron a Italia. Pero todo se reduce a una única premisa: No se puede hacer populismo barato ni decir tonterías que el que gane se las tendrá que tragar bien pronto. Los españoles no se lo merecen.