Es sábado por la mañana. Está nublado. Desde la ancha terraza del hotel Felipe II, en San Lorenzo de El Escorial, contemplo el bello paisaje de la sierra de Abantos. Parece inagotable y a la vez limitado. También este trozo del Parque Nacional del Guadarrama es tan misterioso como diáfano. Veo la claridad del misterio de España. Quizá sea verdad que la patria es el paisaje. No hay nadie en mi entorno. Estoy más solo que la una y me siento dichoso sobre este paisaje. Y sobre mi soledad. Recuerdo al instante que estos paisajes estimularon algunas reflexiones decisivas de las obras de Ortega y Gasset. Las Meditaciones del Quijote, del año 1914, y el breve pero enjundioso ensayo Meditación de El Escorial, de 1915, de Ortega están tan vinculados a estos parajes como el pensamiento del mexicano Octavio Paz a la obra del mismo Ortega, sin duda alguna, uno de los más grandes filósofos del siglo XX. Imagino que hago aquí esta comparación, quizá una funesta metáfora para algunos estudiosos de Paz, porque creo que ha sido este hotel, Euroforum-Felipe II, el lugar elegido para llevar a cabo un curso de verano sobre la obra de Octavio Paz en el centenario de su nacimiento.
La semana pasada dos grandes amigos del desaparecido Premio Nobel mexicano, Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, promocionaron un curso que tenía por objetivo estudiar la vigencia de la obra de Paz para aquí y ahora, según leo en el programa de la Complutense. Reviso la amplia lista de participantes en este foro, todos ellos distinguidos y sabios especialistas en la obra de Paz, y me convenzo al instante de que este detalle, un matiz de lector apasionado, sobre la relación entre Paz y Ortega no habrá pasado inadvertido para estos ilustres profesores. Tiendo incluso a pensar que este marco bellísimo de El Escorial ha sido elegido por el responsable del Seminario para tratar este específico asunto. ¡Quién sabe! En cualquier caso, si yo tuviera que sintetizar la gran influencia de Ortega sobre Paz, no dudaría en elegir tres grandes asuntos tan recurrentes en la obra del español como en la del mexicano, a saber, la crítica de la revolución, la defensa del individuo y el estilo del pensamiento.
La primera aportación de Paz a la cultura de la Modernidad es una crítica a la propia modernidad, que tiene su placenta nutricia en la obra de Ortega. Es, sobre todo, su crítica a la revolución clave para entender a Paz y, quizá también para comprender, porqué es un autor poco leído en su país, México, donde sus élites parecen obsesionadas por mostrar al mundo que "su revolución" es un acontecimiento ejemplar, cuando, en realidad, no deja de ser una de las más crueles y funestas revoluciones de la historia de la humanidad. El pensamiento contrarrevolucionario de Paz choca con el pensamiento políticamente correcto que vende fraudulentamente la revolución, el destrozo de todas las continuidades de la civilización occidental, como democracia. Es cierto que la crítica de la revolución de Paz es más abstracta que la del genial José Vasconcelos, que la hace concreta y directa contra la revolución mexicana, pero nadie puede dudar de que Paz haya dejado de señalar con precisión algunas perversidades de la revolución en su país. En fin, Octavio Paz ha mostrado, en la mejor línea del pensamiento liberal de Ortega, que revolución y democracia son ideas antitéticas. La revolución es la negación de la emancipación del individuo.
Por encima de cualquier tipo de idealismo utópico o racionalismo socialista, la defensa de la autonomía del individuo, el valor de la persona al margen de la presión colectivista, es el segundo asunto prioritario en la obra de Paz. También esta defensa nace del racio-vitalismo de Ortega. La filosofía, el razonamiento y la argumentación de Paz nunca son antídotos para un veneno que llamamos "la vida", según trata de convencernos la palabrería del "superticioso racionalismo". Es falso que la rica realidad se agote en una "fórmula". Lo real, la vida, siempre es más complejo que su concepto. De ningún modo, pues, el pensar, el poetizar, el ensayar, en fin, el filosofar puede ser antídoto para curarnos del veneno de la vida. Falso. La vida es vida. Y sólo se aprende a vivir, como diría Unamuno, viviendo. Y pensar también es una forma genuina y excelsa de vivir. El pensar vital, el pensamiento poético, o mejor, la meditación, genuino genus discendi contra la filosofía universalista y racionalista de la modernidad, es una de las aportaciones de Ortega para nuestra época, que recoge directamente Paz para pensar lo otro, todo eso que ha dejado fuera de nuestro alcance la "filosofía" de las generalidades. Creo que en este punto preciso, poético, Paz ha aprendido tanto de Ortega como de su más grande discípula, María Zambrano. El propio Paz lo ha reconocido explícitamente en 1991: "El pensamiento futuro tendrá que ser pensamiento poético, en el sentido menos blando del término, como quiso María Zambrano. Un pensamiento que recoja lo particular, lo cualitativo, lo sensible, lo sensual" -yo hubiera dicho lo vital- "y lo ponga en relación no avasalladora con el todo."
Del estilo de Paz, el tercer gran influjo de Ortega sobre el mexicano, hablaré otro día más despacio, mas quepa adelantar que ese estilo va más allá de la belleza de la frase, se trata de la utilización de la metáfora como forma y, sobre todo, como contenido de pensamiento. Este asunto capital de la obra de Ortega ha sido llevada hasta sus últimas consecuencias por Paz. Me atrevería a decir que, en la segunda mitad del siglo veinte, nadie como Paz ha alcanzado, en el ámbito del pensamiento de lengua española, el refinamiento, la sutileza y la perfección que nos enseñara Ortega a quienes intentamos pensar a través de la metáfora. La precisión de su pensamiento compite con su belleza. He ahí el principal camino para reivindicar el papel del poeta en la ciudad. Paz ha insertado con renovados bríos al poeta, al pensador vital, en la polis, en la vida pública. Esta es otra gran conquista de Paz para el pensamiento contemporáneo: el poeta tiene un lugar importante en la polis. En otras palabras, el filósofo, el teórico, el sabio especialista, en fin, el dirigente político está condenado al fracaso si prescinde del poeta. Sin el poeta es imposible construir bienes en común. Paz ha reivindicado y engrandecido, como muy pocos pensadores lo han hecho en nuestra época, la función necesaria del poeta en la ciudad. Más aún, Paz ha instituido en el mundo hispánico una forma de pensar genuinamente antiplatónica: la figura del poeta-filósofo y del filósofo-poeta ha sido diseñada, ejercitada, o mejor, como dice el poeta Góngora, ejecutoriada por el propio Paz, quien ha otorgado una nueva prestancia, un original sentido y, sobre todo, un significado genuinamente político al pensamiento de lengua española.