El brutal asesinato de un adolescente palestino a manos de extremistas judíos ha tenido consecuencias en Israel: se ha detenido a los autores, que serán juzgados y encarcelados -les pueden caer más de 30 años- y las autoridades han condenado un hecho tan execrable e inhumano. Al mismo tiempo, se ha abierto una investigación para depurar responsabilidades por los golpes que otro joven palestino recibió de manos de soldados israelíes. Por su parte, Hamas sigue sin condenar el crimen cometido contra tres jóvenes judíos, al tiempo que sigue lanzando cohetes contra objetivos civiles israelíes y anuncia su intención de recrudecer las acciones violentas.
Son las diferencias entre un estado de derecho y un puñado de islamistas que hacen del terrorismo su único modo de expresión. Israel se ha excedido más de una vez en el uso de la fuerza, aunque no en esta ocasión. Hamas, por su parte, ha vuelto a mostrar su verdadero rostro. Son fuertes en Gaza, así como Mahmud Abbas lo es en Cisjordania. Y es de aquí, sede de la Autoridad Nacional Palestina y supuesto lugar de moderación frente al extremismo reinante en la franja de Gaza, donde debe partir el impulso que detenga esta escalada de violencia. Escalada que no se habría producido si Hamas no hubiese lanzado cohetes contra Sderot y los tres adolescentes israelíes no hubieran sido secuestrados y asesinados.