El miedo es libre y poderoso. No conoce más límites que el conocimiento y ni siquiera éste se ve capaz, en muchas ocasiones, de impedir que un temor se convierta en una de esas pescadillas que se muerden la cola. A dentelladas. Como si la misma perteneciera a algún otro. En Guinea, Liberia y Sierra Leona, el miedo está provocando que el último brote de Ébola siga ganando terreno hasta alcanzar la indeseable categoría de “brote más grande en términos de casos y de muertes”. Esta vez, los esfuerzos de Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras y de la propia Organización Mundial de la Salud se están viendo frenados por algo tan irracional, pero también tan humano, como el miedo. Ese sentimiento que paraliza y se empeña en hacer oídos sordos a las categóricas advertencias de que sólo acudiendo a un centro hospitalario, los afectados por esta enfermedad viral aguda podrán contar con alguna posibilidad de salir con vida del trance. Porque el virus que lleva desde 1976 matando en África es altamente mortífero, pero no mortal de necesidad. Cierto que no existe un tratamiento específico y que en el hospital lo “único” que podrá hacerse será dar un soporte cardiopulmonar y de medicina intensiva, pero ya se ha comprobado en brotes anteriores como el de Téliméle, también en Guinea, que si la población afectada acude pronto a un centro médico la tasa de mortalidad se reduce de manera considerable.
Las tres organizaciones citadas coinciden, por otra parte, en subrayar la importancia de que las autoridades regionales y locales se impliquen de forma más activa y contundente. Porque, como argumentan desde MSF, “a nosotros nos ven como extranjeros, desconfían de nosotros”. Aunque pueda resultar extraño, cada vez parecen ir a más los rumores de que se trata de una especie de conspiración con fines de exterminio, que si se llevan a los enfermos a los centros de tratamiento es para matarlos allí. Y que el riesgo de propagación del virus incluso después de matar a su portador impida que la familia pueda tocar a su ser querido como parte de las ceremonias de enterramiento, no hace más que elevar el grado de desconfianza. Por eso, muchos enfermos huyen de sus casas, refugiándose en otra población donde tienen familiares. La conclusión no hace falta ni decirla: se extiende el contagio. La epidemia escapa a cualquier control a causa de un miedo convertido en cooperador necesario de la muerte. La muerte del primer afectado y, con bastante seguridad, de algunos de sus familiares, igualmente cómplices del peligroso acto de “jugar” con un virus considerado, incluso, como potencial arma biológica. La Cruz Roja ya ha denunciado muchos problemas a la hora de intentar trasladar a un enfermo para tratarlo y aislarlo en un hospital, porque se han visto amenazados por familiares pertrechados con cuchillos que intentan evitar la evacuación de su pariente moribundo, así como la desinfección de su casa. Mientras, el virus sigue propagándose; y de acuerdo con los últimos datos de los ministerios de salud de los tres países afectados, ya se han presentado un total de 844 casos, incluyendo 518 muertes, desde que la epidemia comenzó en febrero de este año.
Paradójicamente, ese mismo miedo que sienten los enfermos y sus familias a la hora de acudir al hospital se presenta en la otra cara de esta hemorrágica moneda. Así, aquellos que sobreviven y son finalmente dados de alta en el hospital se toparán, a su regreso, con el rechazo de los vecinos. Incluso de sus propios cónyuges u otros miembros de la familia. El miedo a que los supervivientes puedan contagiar con el virus a quienes salieron indemnes del brote, hace que se conviertan en una especie de parias de los que es mejor mantenerse bien lejos. El último brote que afectó a Uganda, del que se calcula que sobrevivió alrededor de la mitad de afectados, demostró que los supervivientes aún tendrían que sobrevivir a otro tipo de patología, la del estigma social. Según un reportaje de The New York Times de 2012, en Uganda se dieron casos de abandono y de acoso por parte de los vecinos, que no dudaron en quemar la ropa y las pertenencias de quienes regresaban con vida del hospital o en levantar un muro alrededor de sus casas, para asegurarse de que el “resucitado” se mantendría a distancia.
Alice Ngonzi Isoke fue una de aquellas supervivientes de 2012 que, después, jamás pudo recuperar lo que había dejado atrás. Cuando salió del hospital, el Ébola ya le había arrebatado a su padre y a la mayoría de sus hermanos pero aún le faltaba descubrir que la gente de la aldea iba a huir de ella y que, por supuesto, lo último que querían en la peluquería donde trabajaba era verla por allí. No importa que las organizaciones sanitarias aseguren que el enfermo, una vez recuperado y transcurridos 21 días, ya se encuentra libre del virus por completo. Que la gente no debe tenerles miedo y pueden llevar una vida normal. La resistencia de las comunidades a acoger a los enfermos que ya se han curado sigue incrementando un estigma difícil de erradicar por el momento. De modo que, aunque el virus que lleva el nombre del río africano afluente del río Congo donde apareció el primer caso, te perdone la vida, esta ya no será como antes. Tendrás, quizás, que aprender a vivir aislado, marcado tal vez para siempre, aunque no te obliguen por ley a vestir de lino marrón y avisar de tu presencia haciendo sonar un cascabel.
Todo apunta, por otra parte, a que aún se tardarán varios años en encontrar una vacuna. Los motivos principales son dos: todavía no se conocen todas las proteínas del virus y solo existen cinco laboratorios en todo el mundo equipados para trabajar con virus de este tipo. Por ello, se hace necesaria la implicación local que piden - ya a gritos - desde MSF, la OMS, la Cruz Roja y otras ONG que trabajan, con enorme riesgo, en la zona. Una intensa campaña informativa y de concienciación social para que pueda atajarse sin más dilación este brote, el peor de la historia. Porque es la primera vez que aparece el virus en África Occidental, la primera ocasión en la que se ven involucrados tres países al mismo tiempo y, también la primera vez, que se dan brotes en las capitales y otros grandes núcleos de población. Esconder a los enfermos y, si sobreviven, apartarse después de ellos parece una maldita broma diabólica. Especialmente, en una época en la que la ciencia es capaz de explicar lo que en otra época pudo achacarse a castigos divinos o inexplicables aojos. Igual que durante siglos ocurrió con la lepra. Y hace no tanto, con el VIH.