Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 16 de mayo de 2008
Nonio recuerda que en el poeta Quinto Ennio “latrocinari” significa “servir como soldado a cambio de una paga”. Y recuerda su hexámetro: “Y los soldados (latrones) empezaron a contarse sus peripecias”. Es decir, los actuales “ladrones” tendrían un significado adquirido por una experiencia trágica y pesimista en relación con la gente armada que a cambio de un salario guerrea o mantiene un orden.
Y la verdad es que la trama de corrupción policial descubierta en Coslada nos retrotrae a la mala evolución connotativa que ha tenido la prístina etimología que usa el gran poeta calabrés Ennio, el gran padre de la Literatura Romana. Estos “latrones” nada épicos, ni merecedores de subirlos a la dactílica cabalgata del hexámetro, han protagonizado extorsión, corrupción, lesiones, agresiones sexuales, apropiación indebida, delitos contra la salud pública, proxenetismo. Desde luego, sin ninguna duda hamletiana, “something is rotten in Coslada village”. Cuando los guardianes de alma de hierro -por decirlo al modo platónico- utilizan su fuerza y sus armas contra los propios conciudadanos que les dan el sueldo y les compran las armas, entonces la ciudad se pierde y la humanidad se degrada a niveles de esclavitud, desapareciendo la ciudad al mismo tiempo que la libertad. Quizás por ello los republicanos romanos afirmaban un deseo unánime de que el final de la libertad en Roma fuese también el final del Roma (“ea esse vota omnium ut qui libertati erit in illa urbe finis, idem urbi sit”).
Jiménez y sus esbirros no deben volver nunca jamás a la policía, a los aparatos armados del Estado, so pena que la etimología de “latrones” reclame sus fueros soldadescos. Pero también este mismo hecho nos llena de pesimismo sobre la pobre condición humana. ¿Cómo se llegó a tan alto porcentaje de criminales en la policía local de Coslada? El hombre tiende a abusar de su autoridad si su superior le invita a ello y el pueblo se esconde apocado. Y el que ahora los viejos esbirros se apresuren a traicionar al jefe de esta banda de “latrones” entraña también un rasgo característico del perfil humano.
Por el contrario, en el lado de la dignidad y la decencia, se encuentra el guardia civil Juan Manuel Piñuel Villalón, abatido por la insaciable barbarie nacionalista, y muchas veces posiblemente confundido, junto a otros muchos compañeros de la Benemérita, por el cinismo sin corazón de la razón de Estado. El presidente Aznar levantó la política de su Gobierno sobre un humanismo ético que hacía de las víctimas y su dolor el fundamento moral del Estado, la única razón de Estado incuestionable por humana. Hasta ahora el PP representaba con dignidad y corazón ese humanismo ético. No lo deberíamos perder del todo.
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