Opinión

Siria, un foco de insurrección contaminante

TRIBUNA

Víctor Morales Lezcano | Viernes 11 de julio de 2014

 La primavera árabe tuvo un brote sirio entre el 19-25 de marzo de 2011.

Recuérdese: muchos campesinos descontentos del sureste de Siria manifestaron entonces su malestar económico  -y también político- ante el régimen de Damasco. Otro tanto hicieron algunos focos universitarios frente a un régimen nacido al calor del ejército con Hafez al-Asad, su hombre fuerte, a la cabeza del gobierno desde 1970. Como es sabido, su hijo cadete, Bashar, ha continuado rigiendo el destino de la legendaria Siria desde su muerte. Pero fue en la ciudad ancestral de Daraa, situada en el suroeste del país, donde varias tribus significativas  se levantaron en armas contra Damasco y la Siria del litoral. La capital de la nación es de tradición religiosa plural  -chiíes y sunníes, alauíes y drusos,  cristianos y judíos en minoría, convivieron durante cuatro siglos largos bajo soberanía turco-otomana. De inmediato saltó, sin embargo,  la chispa fatídica  -aparentemente una algarada estudiantil- que terminó por desatar una guerra civil entre gubernamentales versus frente cívico sirio por la libertad  y ejército de liberación combinado versus gubernamentales.

         Desde hace tres años largos, la sociedad del estado-nación sirio, que se había perfilado embrionariamente en los acuerdos franco-británicos Sykes-Picot  de 1916,  no ha podido evitar otro potlatcho ritual del derramamiento de sangre hermana. Este generó una oleada de indignación justiciera mundial por la superioridad e implacabilidad armamentística de las que hizo gala el régimen de Bashar al-Assad desde un principio.

         Es así como durante tres años, se ha asistido al baile de unas danzas macabras ejecutado por tirios ytroyanos, con una audiencia internacional -onusina- muy cautelosa  sobre una posible intervención disuasoria en el conflicto civil que aflige Siria. La cima de esta sensibilidad internacional se refleja en la política árabe del presidente Obama. Una política cuya espina dorsal reside en economizar el recurso a las armas en general, muy especialmente, en el marco del mundo árabe-islámico. “Sensibilidad” de  Obama que, a propósito,  no dudó en aprovechar el presidente Putin para brindar una tregua dorada a Damasco, al conseguir que una comisión internacional ad hoc inspeccionase gradualmente los depósitos de armas químicas utilizados por las huestes gubernamentales contra sus hermanos-enemigos. Armas químicas pertenecientes también, a lo que parece, al frente de liberación sirio.

         El trasfondo de la guerra civil en Siria ha hecho emerger a las claras la autoafirmación de pretensiones territoriales, -es más, geopolíticas- por parte de actores regionales en desacuerdo. De una parte, las aspiraciones de la república islámica de Irán en Mesopotamia y, de otra, la inclinación de Arabia Saudí a devenir potencia predominante en los antiguos mandatos del período de entreguerras  -Siria, Iraq, Líbano y Jordania-. Expresado en otras palabras: los mundos chií y sunní enfrentados directamente, o bien a través de conflictos locales interpuestos, han terminado por generar un caldo de cultivo pernicioso. Eso que también se denomina una situación regional propicia al conflicto, muy contaminada por tráficos y antagonismosinimaginables; cuando no se trata de aquellos que sí se encuentran a golpe de vista, como los bombardeos indiscriminados (Alepo) y el éxodo de refugiados en dirección a Turquía y Jordania.

         Si se tiene en cuenta la delicuescencia de las fronteras coloniales establecidas por británicos y franceses en la planicie de Mesopotamia (secular provincia árabe del imperio turco-otomano), y si, además, se incorpora al registro tribal el comportamiento de su población, no puede extrañar que se haya desencadenado desde los territorios del sur de Siria una avalancha de milicianos, muyahidines, candidatos a la recluta improvisada y soldados mercenarios que se han desplazado con rapidez desde las riberas de los ríos Tigris y Éufrates en dirección al norte de Iraq. Supuestamente, se reconoce en ellos la calidad de fervorosos ciudadanos al servicio de un ejército no mal pertrechado con inclinación manifiesta al yihadismo,  y harto desafiante al régimen iraquí de Bagdad. Un régimen, no se olvide, que bendijo Estados Unidos, luego de casi nueve años (2003-2011) de ocupación “preventiva” del país árabe.

         Ante el hecho consumado de una ocupación violenta de ciudades iraquíes como Mosul, Kirkuk y Samarra por parte de los nuevos guerrilleros en el transcurso de unas cuantas semanas, y sin resistencia práctica por parte de las tropas leales a Bagdad, cabe preguntarse muchas cuestiones sobre la conectividad entre la guerra civil endémica en Siria y la aparición súbita de un presunto Estado Islámico con asiento en Siria e Iraq. El jefe del presunto Estado se llama Abu Bakr el-Bagdadi, se autodenomina califa y acapara la atención de noticiarios, redes sociales y otros artilugios de la tecnología de las comunicaciones.

         Es muy probable que dediquemos al personaje algunas cuartillas en fecha próxima.