El Teatro Real llega a la recta final de su temporada con la mágica producción de la ópera de Gluck, Orfeo y Eurídice, creación de la coreógrafa alemana Pina Bausch e interpretada por el Ballet de la Ópera de París.
Bien está lo que bien acaba. Y a la última ópera – que, en realidad, es una ópera-danza – con la que el coliseo madrileño llega a su recta final, no le falta ningún ingrediente, ningún detalle finamente pulido, para convertirse en uno de los mejores espectáculos que se han subido al escenario del Real desde septiembre de 2013. Y no hay nada más agradecido, para público y teatro, que echar el telón veraniego dejando tan estupendo sabor de boca. En todo caso, y no es por quitar méritos sino todo lo contrario, se apostaba sobre seguro. La creadora alemana Pina Bausch, fallecida hace seis años, estrenó su visión coreografiada de la bellísima ópera de Christoph W. Gluck en 1975 y, desde entonces, la misma ha sido representada siempre con gran éxito, y, en concreto, el Ballet de la Ópera de París la incorporó a su repertorio en 2005. Pero, ¿cómo se baila una ópera? Bausch lo tenía tan claro, que la pregunta, si es que alguien se la había hecho, habrá quedado olvidada, o respondida, nada más levantarse el telón este sábado.
La coreógrafa alemana solía decir que la danza es el único lenguaje verdadero. El único, en todo caso, que se comprende en cualquier cultura y permite una comunicación directa a través del cuerpo, al margen por completo de la lengua. Sin embargo, Bausch, respetuosa con la obra de Gluck – Orfeo y Eurídice fue la segunda obra del compositor barroco que coreografió, antes lo había hecho con Ifigenia en Tauride – y consciente, por supuesto, de que la voz es parte tan fundamental como la música, desdobla los personajes de manera que la danza y el canto colaboren en el relato de la obra. Más que colaborar, la danza viene, quizá, a enfatizar los sentimientos más profundos de los personajes, aquellos que, sí, están contenidos en el canto y en la música, pero que el cuerpo es capaz de “traducir” a ese lenguaje universal de la danza al que se refería siempre la artista. Pero si en Ifigenia en Tauride, Pina optó por que los cantantes estuvieran en los palcos, desde donde llegaba su voz mientras los bailarines se expresaban en el escenario, en Orfeo Y Eurídice – que divide en cuatro retablos: Duelo, Violencia, Paz y Muerte -, la coreógrafa da un paso más. Así, une expresión vocal y corporal en un mismo espacio, y lo hace de una manera tan extraordinaria que parece natural escuchar a la mezzosoprano Riccarda Wesseling mientras su cuerpo, es decir, el de Orfeo, se expresa, unas veces a su lado y otras, en el extremo opuesto del estilizado escenario, a través del bailarín Stéphane Bullion. Y lo mismo sucede con el trágico personaje de Eurídice, “desdoblada” en la voz de la soprano coreana Yun Jung Choi y en la danza de Marie-Agnès Gillot.
Por eso, menos aún podía sorprender que, finalizada la obra, los intérpretes de los dos protagonistas de la ópera que recibían los aplausos de un público entusiasmado no fueran dos, sino cuatro. Pero este desdoblamiento es, en realidad, la originalidad de una producción que anoche cosechó gran éxito por todo el conjunto de la propuesta. De hecho, fueron el coro y la orquesta Balthasar-Neuman – nombre del arquitecto alemán barroco ejemplo de creatividad y aspiración a la perfección cuyos ideales inspiran a ambas formaciones – dirigidas por el impecable Thomas Hengelbrock, los que cosecharon los aplausos más entusiastas de un público embelesado con las notas y las voces que anoche salían del foso. Porque sin su refinada perfección a la hora de interpretar la delicada obra de Gluck, el espectáculo no habría llegado al oro del broche al que hacíamos referencia. Sin olvidar incluir en la consecución del noble metal a los demás integrantes del prestigioso Ballet de la Ópera nacional de París, cuna de la danza clásica – con todo lo que eso supone – con más de tres siglos de historia y que, con una media de edad que gira en torno a los 25 años, constituye una de las compañías actuales más jóvenes. Tradición y juventud al servicio de una de las artes más difíciles de “bordar”.
La producción podrá verse en Madrid solo dos días más, 13 y 14 de julio, antes de que el Real baje el telón por vacaciones después del último espectáculo programado: los conciertos del artista británico Antony, junto a su grupo The Johnsons, los días 18, 19, 20 y 21 de julio.