Los Lunes de El Imparcial

Philip Larkin: Poesía reunida

POESÍA

Domingo 13 de julio de 2014

Ed. Bilingüe. Edición de Damián Alou. Lumen. Barcelona, 2014. 256 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 11,99 €

Por Carmen R. Santos


Se reúnen por vez primera en español los tres poemarios más significativos de Larkin, voz imprescindible de la lírica europea del siglo XX




“Creo que deseamos que la vida y la obra sean coherentes. Supongo que en última instancia lo son, pues las dos se refieren a la misma persona”, confiesa el escritor inglés Philip Larkin (1922-1985), de quien, en una muy afortunada iniciativa editorial, se publica conjuntamente por primera vez en español el grueso de su producción poética, poniendo al alcance de los lectores de manera cómoda una de las voces imprescindibles no solo de la lírica británica de la segunda mitad del siglo XX, sino de la europea. Así, este volumen, aunque no puede calificarse de obras completas, ofrece una cabal visión de su trabajo al incluir, en cuidada edición bilingüe, sus tres títulos de madurez: Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974), a los que acompañan una selección de sus mejores poemas dispersos.

Ciertamente, ese deseo de coherencia se halla en Larkin, pero observemos que el propio poeta subraya su condición de deseo. Y ya sabemos que -recordemos a otro gran, enorme poeta, Luis Cernuda- en la fisura entre la realidad y el deseo se cuelan las contradicciones que son parte inevitable de cualquier existencia humana, y que no pocas veces le otorgan su sello absolutamente personal. En el caso de Larkin, estamos ante una personalidad compleja. Sin llegar a los extremos de un J. D. Salinger, Larkin apenas participó del mundanal ruido ni de la feria de vanidades literaria, parapateándose en su puesto de bibliotecario en la Biblioteca Brynmor Jones de la Universidad de Hull, localidad donde habitó la mayor parte de su vida y de la que señala: “Me gusta porque está lejos de todo. De camino a ninguna parte, como alguien lo expresó”. Añadiendo, con la ironía de la que su obra no está ayuna, sino todo lo contrario: “Me encantan todos esos americanos que se suben al tren en King’s Cross con la idea de venir a darme la tabarra, y luego miran todos los transbordos que tienen que hacer y deciden ir a Newcastle a darle la tabarra a Basil Bunting”.

En Larkin, esa aspiración de retiro es muy cierta y así lo consigna en alguno de sus poemas, como el paradigmático “Deseos”, donde a modo de ritornelo se certifica: “el deseo de estar solo” y “un anhelo de olvido”. Pero, a la vez, en “Sapos” leemos: “Y sé que nunca ha de permitir / que con la mía me vaya a salir, / que consiga de una tacada / fama, dinero y a una monada. //  No digo yo que encarne uno / la verdad espiritual del otro uno; pero sí que es difícil perder a alguno / si tienes a los dos, ese par de tunos”. Porque el poeta británico -autor también de notables novelas, como Jill (Lumen), con un componente autobiográfico, y de un gran número de críticas sobre jazz, recogidas en All What Jazz: Escritos sobre jazz (Paidós)- construye un personaje de sí mismo, que se convierte en la voz de sus versos. Un personaje solitario, misántropo, incluso un tanto arisco, nada políticamente correcto y con un punto de provocador.  Se declara abiertamente seguidor de Margaret Thatcher: “Oh, adoro a la señora Thatcher. Reconocer que si no tienes dinero para una cosa no puedes comprarla: esa es una idea que llevaba muchos años desaparecida”, y cuando en una de las escasas entrevistas que concedió le preguntaron por Borges y su compartida condición de famosos escritores-bibliotecarios, respondió: “¿Quién es Jorge Luis Borges? El escritor-bibliotecario que a mí me gusta es Archibald MacLeish”.

No es extraño que la poesía de Philip Larki alcanzara un gran éxito, no solo en cuanto a reconocimiento crítico y académico -el santón de la crítica, Harold Bloom, lo incluye en su célebre canon-, sino popular y comercial. Larki, como bien subraya Damián Alou en el prólogo a este volumen, “mima al lector porque quiere ser comprendido y compartido”. Su línea poética y estilo podrían inscribirse, naturalmente con sus peculiaridades, en el ámbito de la denominada “poesía de la experiencia”, que en nuestro país cuenta con cultivadores de pro como Jaime Gil de Biedma o Luis García Montero. “Mis poemas se explican tan bien solos que cualquier comentario sería superfluo. Todos derivan de cosas que he visto, pensado o hecho”, apunta el propio Larkin, señalando también: “Los poemas no proceden de otros poemas, salen de uno mismo, de la vida”. Esto no significa, no obstante, que Larki no recoja una tradición que, en su caso, tiene como nombres especialmente valorados a Edward Thomas y, sobre todo, a Thomas Hardy. La lectura de los Choosen Poems, de Hardy, le abrió un nuevo camino, que el biógrafo de Larkin, Andrew Motion, resume con claridad y acierto: “En lugar de simbolismo encontró fidelidad a los hechos familiares; en lugar de música grandilocuente encontró el sonido de una mente exigente pensando en voz alta; en lugar de retórica elevada encontró una modesta atención; en lugar de un anhelo de trascender encontró una inmersión total en las cosas cotidianas”.

 Y esto es así, ya que, según leemos en “Recuerdo, recuerdo”: “Nada, y todo, ocurre en todas partes”. No hay que buscar hechos extraordinarios, sentimientos exagerados, pomposa retórica. Únicamente recoger el implacable discurrir de la existencia diaria, cuyos pliegues resultan, si se saben descubrir y explorar, mucho más ricos y significativos de lo que a primera vista pudieran parecer, y donde se esconden numerosos engaños -Engaños se titula precisamente uno de sus poemarios-, que irrumpen “en el desolado desván de la satisfacción”. Larkin no embellece la vida. Tampoco la sume exclusivamente en lo negativo o lo sórdido, por mucho que a veces se haya querido reducir a Larkin en este sentido. El escritor británico nos trasmite ese implacable discurrir de la vida. Y lo hace de manera tan accesible como brillante.