TRIBUNA
Agapito Maestre | Domingo 13 de julio de 2014
Es ya un clásico de los cursos de verano de El Escorial, y de otras universidades de estío y ocio, organizar un Seminario sobre Ortega y Gasset. Eso está bien. Cuidemos, mimemos y disfrutemos de los clásicos. Entreguémonos a ellos: Leyéndolos. Convirtámonos a sus enseñanzas. Renazcamos con su pensamiento. Hagamos leyenda de sus reflexiones. Actualicemos su legado. Reconozcamos la mayor contribución de Ortega a nuestro tiempo: La filosofía, su filosofía racio-vitalista, tiene vigencia. La filosofía sólo si es vigente, actual, es filosofía. Pensemos, pues, a un siglo de distancia: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Gracias a esa vigencia, a ese concepto rigoroso, Ortega es, entre los clásicos contemporáneos, el más grande filósofo. Un gigante. Enanos, a su lado, todos los cursillistas de El Escorial y del resto de España, es decir del mundo hispanoamericano; Ortega sigue siendo un gigante de la filosofía del siglo veinte, entre otras razones, porque ha tenido discípulos tan sutiles e inteligentes como él mismo. Esto es algo singular en la historia de la filosofía. Ortega es, sobre todo, un maestro de maestros. Filósofo de filósofos. Escritor de escritores. Y, además, Ortega es un escritor para todos los públicos. Un filósofo in partibus infidelium. Zambrano, Gaos, Marías, Paz, García Bacca, Chacel, Dieste y otros muchos autores de nuestra época no hubieran sido posibles sin Ortega. Ya digo, reitero, al lado de Ortega y sus discípulos, los cursillistas de El Escorial, los biógrafos, los especialistas y los que viven de hacer perífrasis de sus obras, que los hay ciento, son casi nada o, mejor dicho, somos nada.
Filosofar, en efecto, pensar contra corriente, pensar, en fin, como lo han hecho Ortega y sus discípulos no es fácil. Exige, sobre todo, dedicación e imaginación para leer con mirada limpia en los libros de Ortega y de la tradición cultural española. Cuestión nada sencilla en un país sin universidad y sin academia digna de tales nombres. Llena de complejos de inferioridad, nuestra pobre vida cultural impide un genuino desarrollo de la llamada vida política. El resentimiento impide leer con alegría a un gran pensador. Impide, en verdad, pensar. Las categorías de Ortega se rebajan a anécdotas y el intérprete se convierte un en un vulgar “hermeneuta” de las bajezas vertidas contra un genio. Uno de los grandes escritores españoles del siglo veinte, Ortega, es vilipendiado, una y mil veces, porque regresó después de la Guerra Civil a España . ¿A qué lugar podría haber ido mejor que a su país? ¡Quizá a los estultos que repiten este chascarrillo les hubiera gustado un exilio de Ortega en la Unión Soviética! Majaderos. Lo grave -las desgracias nunca vienen solas- es que esto lo repite hasta un escritor como Vargas Llosa, que ha hecho de la síntesis de Azorín y Ortega un potente instrumento de su prosa. Llevo dos décadas escuchando esta simpleza en boca del Nobel y siempre le respondo lo mismo: Ortega no vuelve con Franco, sino que regresa a su patria. A sus creencias y a sus ideas. El filósofo español, el filósofo de España, no podía vivir en otro lugar que no fuera su nación. Además, nadie olvide que Ortega se exilia, en 1936, de la República en guerra, pero no se exilia de Sevilla o Burgos, o sea, de ciudades nacionales, sino de la capital de la Segunda República, Madrid.
Pero, seamos sinceros, Ortega retorna por fidelidad a su destino. Intenta serle fiel a su propia obra: “La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre”. Ortega quiere ser fiel a una tradición hispánica de pensamiento que no escinde el pensamiento de la vida del pensador.” Por fortuna, Ortega nunca se arrepintió de haber vuelto. Tuvo coraje y regresó. Vivió, como la inmensa mayoría, en el exilio interior. Contrasta su posición con la de María Zambrano -y no lo recuerdo como objeción sino para levantar acta de la tragedia española-, la gran discípula de Ortega, como es de sobra sabido, siempre se arrepintió en la intimidad de no haber seguido a Ortega en su regreso. La pensadora de España y de Dios, de la religión, jamás dejó de martirizarse por su actitud. “Con sólo cincuenta que hubiéramos acompañado a Ortega”, decía Zambrano a sus íntimos, “habríamos mantenido la continuidad de la cultura y, por supuesto, de la filosofía española”.
Por cierto, esa filosofía española es en la clave de Ortega, sobre todo, filosofía de la libertad. Filosofía política. Espero que sea éste el asunto fundamental que hayan tratado los cursillistas de El Escorial en su seminario dedicado a Ortega y Gasset: liberalismo, socialismo, nacionalismo, autonomismo y federalismo (en el centenario de la generación del 14). Sobre este asunto, les escribiré otro día, porque hoy he sobrepasado el espacio que me asigna la dirección del periódico. Perdón.